domingo, 22 de mayo de 2011

Educación cívica y ética: dos imágenes.

El tema de la formación moral de los educandos volvió no hace tanto tiempo a la escuela a través de la asignatura de “Formación cívica y ética” que persigue básicamente el desarrollo de valores humanos y la formación de ciudadanía, ejes que pueden ubicarse dentro de dos de los grandes pilares para la educación del siglo XXI que el famoso libro de la “Comisión Delors” de la UNESCO (La educación encierra un tesoro) llamó “aprender a ser” y “aprender a convivir”.

No es necesario explicar por qué esta formación es urgente en nuestras escuelas y universidades hoy en México. Basta mirar cualquier noticiario de radio o televisión o leer cualquier periódico e incluso escuchar las pláticas en casa o en cualquier lugar de reunión para constatar que estamos viviendo una de las peores crisis históricas en términos de delincuencia organizada, violencia, intolerancia, impunidad y falta de respeto a la dignidad humana.
Ante esta situación, la pregunta que surge de inmediato es: ¿Qué tan eficientes son estas asignaturas de formación cívica y ética? ¿Qué tanto está logrando la escuela revertir esta cultura de muerte, violencia e intolerancia en la que crecen los niños y jóvenes mexicanos en la actualidad?
Ante este cuestionamiento, considero pertinente plantear una reflexión sencilla ilustrada por dos imágenes que sostienen la necesidad de un paso de lo abstracto a lo concreto en la formación cívica y ética para lograr que un espacio curricular como este, tenga un impacto educativo real hacia la transformación de la convivencia social.

1.-Primera imagen.

Miro por la televisión el tradicional desfile del cinco de mayo en nuestra ciudad y veo marchando a muchísimos estudiantes de secundarias y bachilleratos en un despliegue de vistosos uniformes, carros alegóricos con diseños llamativos, música, coreografías, etc. y me pregunto por la cantidad de dinero que implica todo esto y las horas de trabajo invertidas para llegar a este momento que termina en un poco más de dos horas.
Todo este gasto podría tener una justificación si el desfile fuese un espacio significativo de formación cívica y ética para los estudiantes. Podría serlo si hubiera una estrategia educativa detrás, en la que se planeara esta actividad como parte de un proceso en el que los educandos reflexionaran sobre el significado profundo de estas conmemoraciones y su trasfondo valoral y político-social.
Sin embargo todos sabemos que no es así y que el desfile es un acto aislado de cumplimiento y lucimiento sobre todo de las autoridades escolares ante sus superiores, pero no es parte de un proceso de aprendizaje significativo para la formación ciudadana.

2.-Segunda imagen.

Mientras veo la transmisión en vivo de la “marcha nacional por la paz con justicia y dignidad” convocada por Javier Sicilia a propósito de la situación crítica de violencia e impunidad que se vive en el país y miro con esperanza una plaza llena de ciudadanos que quieren participar en transformar a México para bien, volteo a ver a dos adolescentes que están rondando alrededor de la televisión, uno de ellos estudiante de bachillerato en una institución muy prestigiada, la otra, alumna de secundaria de una escuela privada, que también se supone es una institución de vanguardia. Ninguno de ellos sabe nada de la marcha, ni ubica quién es Javier Sicilia ni como poeta ni como padre de un joven asesinado recientemente. Ninguno parece estar interesado en las imágenes que se están viendo en la pantalla.
Comparando estas dos imágenes, me queda claro que nuestro sistema educativo y nuestros docentes están equivocando las prioridades y pensando que la formación cívica y ética consiste en enseñarles leyes, normas, valores y comportamientos abstractos y en obligarlos a participar en ceremonias cívicas y en desfiles que para la mayoría resultan ya vacíos de significado y cuyos símbolos no evocan en ellos sentimientos de identidad nacional, compromiso con el país, valoración de la democracia y la convivencia basada en el respeto y la tolerancia sino muchas veces, simplemente indiferencia y flojera.
Por más que gastemos en desfiles y ceremonias cívicas, mientras no formemos a nuestros niños y jóvenes en el interés, el análisis, la reflexión y el compromiso con la realidad “real”, cercana y actual que nos está llamando con urgencia, la formación cívica y ética seguirá siendo simplemente una utopía discursiva, una serie de buenas intenciones y una inversión inútil de tiempo y dinero.

*Artículo escrito para publicarse en e-consulta. Pendiente de publicación.

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