domingo, 15 de enero de 2017


 


*Otros fragmentos de mi libro: Aquí quiero yo verlos. La lucha y la danza en las aulas, publicado por UIA Puebla en 1999.

Génesis…

I.
Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza…”, es decir, inteligente, creativo y crítico, buscador de comprensión, incansable investigador del universos que le rodea, abierto al infinito en su deseo de saber, de vivir y de amar… fue por eso que nacieron los maestros…

II.
…Ya después, cometieron el pecado original de sentirse dioses… y ahí parece que seguimos…


Alta traición educativa
(Parafraseando a Jose Emilio Pacheco)

*Para Jorge Abascal, lector y buscador de poesía

No amo la escuela
su fulgor abstracto es inasible
pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez rincones suyos
cierta gente
alumno, aulas si brillo
gises que profetizan
sueños comunes,
algunos profesores que hacen historia
y tres o cuatro libros.


Pascal tenía razón…

Indudablemente, hay razones de educación que la calificación no entiende…


De Herodes a Pilatos…

I
Los “santos inocentes”: A esta educadora le decían Herodes porque tenía siempre la palabra y la actitud más eficaces para matar la creatividad y la autoestima de sus pequeños estudiantes.

II
Pilatos: Cuando se desataba “la pasión” en las discusiones de clase, este profesor siempre “se lavaba las manos”.

III.
Pilatos 2: Este profesor nunca falla: en cualquier conflicto en el grupo, siempre deja libre al “Barrabás” y “crucifica” al inocente.

domingo, 8 de enero de 2017

Ética, política y escuela: Hacia la formación de ciudadanía planetaria.


“No se puede aceptar la disolución de la ética en la política,
que se torna entonces en puro cinismo; no se puede soñar
 con una política al servicio de la ética. La complementariedad
 dialógica entre la ética y la política comporta dificultades,
 incertidumbre, y algunas veces, contradicción”.[1]
Edgar Morin.

            Un país prácticamente postrado ante la violencia, el abuso, la imposición de los monopolios económicos, la dictadura de la partidocracia y de una clase política cuya identidad generacional se define desde el inmovilismo y la falta de voluntad para generar las reformas urgentes que necesita el país, un país en crisis institucional severa es el México de la segunda década del siglo veintiuno.
            Pero además de la crisis institucional, ya de por sí muy grave porque se traduce en un mal estructural que se reproduce y ahonda cada día, vivimos en un país caracterizado por una profunda crisis moral, un país en el que la “ética se ha diluido en la política”, volviéndose puro cinismo que se exhibe en los discursos, en las declaraciones, en las ruedas de prensa y en los spots que nos invaden y nos invadirán cada vez más a partir de este fin de año y hasta que termine el proceso electoral del 2012.
            La situación amerita una reflexión muy seria, puesto que es necesario pensar, -muy probablemente desde movimientos ciudadanos como el de “Paz con justicia y dignidad” que encabeza Javier Sicilia, el de los indignados que está empezando a surgir a partir del ejemplo del 15M, los acampados en la plaza del Sol  y el “occupy Wall Street”, en estrategias para que la ética vuelva a la política, porque si bien es cierto que no pueden confundirse, la ética y la política se requieren mutuamente en un círculo dialógico como afirma Morin.
            En efecto, las grandes finalidades éticas necesitan de estrategias políticas para lograr ser instrumentadas como la política necesita de un mínimo de ética para poder con su finalidad de gestión del bienestar colectivo.
            Es así que una ética para el siglo XXI debe ser simultáneamente, como afirma el mismo autor, una autoética –una ética del cuidado de uno mismo y de nuestros seres cercanos-, una socioética –una ética de construcción política del bienestar colectivo- y una antropoética -una ética del cuidado de la especie humana como parte del ecosistema planetario-.
“Necesitamos crear instancias planetarias capaces de enfrentar los problemas vitales y de trabajar para la confederación y la democracia planetarias”[2] al mismo tiempo que creamos instituciones sociales sólidas y democráticas al interior de nuestro país y construimos responsablemente una existencia personal y familiar que apunte hacia aquello que es verdaderamente humanizante.
            Para la creación de las instancias planetarias y de las instituciones sociales es indispensable la relación ética-política, que también está presente sin duda en la construcción personal y familiar si se entienden las personas y las familias como partes inseparables de este todo social y planetario.
            Pero la escuela parece partir de una visión reduccionista y simplificadora en sus esfuerzos de formación valoral. Si analizamos los programas de formación en valores y los enfoques didácticos para la educación moral que se utilizan en los planes de estudio de nuestras instituciones educativas, podemos comprobar que la formación moral se entiende únicamente desde la autoética y desafortunadamente, desde una perspectiva neoconservadora en que la autoética consiste en el aprendizaje y la práctica de ciertas normas o valores considerados como universales y enseñados de manera dogmática.
            Es muy escasa la formación de una socioética y de una antropoética en el sistema educativo, porque implica una formación política de los educandos que quizá es aún considerada como peligrosa para el mantenimiento del statu quo.
            Sin embargo la formación valoral desde una visión compleja que incluya las tres dimensiones citadas y que apunte, desde una formación de conciencia política –entendida esta formación en un sentido no partidista sino cívico y pluralista- hacia la formación de ciudadanía planetaria para la democracia local y global, resulta impostergable si queremos salir de esta profunda crisis ético-política o político-ética que está llevando al país y al mundo entero hacia una degradación cada vez más profunda del tejido social y a un deterioro progresivo de la convivencia humana.
            Ojalá los educadores, directivos, investigadores, padres de familia y la sociedad toda caminemos en la línea de generar un cambio de perspectiva en la formación valoral desde una ética compleja y pongamos las condiciones para una reforma profunda de la ética en la educación y de la educación ética confiando en que como afirma también Edgar Morin: “En las situaciones de crisis hay al mismo tiempo, degeneración y regeneración ética”[3].





[1] Morin, E. (2005). O Método VI. Ética. Brazil. Editora Sulina. P. 80
[2] Op. Cit. P. 169
[3] Op. Cit. P. 85

lunes, 19 de diciembre de 2016

La buena y la mala




            “Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de Dios. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de salud, de suerte, de seguridad. Y luchamos por tenerlo todo. Todo menos Dios”.
José Antonio Pagola.
           
Escuchando un podcast en el que entrevistan al padre jesuita James Martin S.J. de quien mi familia y yo nos hemos vuelto fans desde hace algún tiempo, me gustó un chiste que contó durante la entrevista que le hacen y pensé que podría servir como pretexto para esta reflexión que los invito a hacer con motivo de la Navidad que se acerca y del fin de año que está a la vuelta de la esquina.
            El chiste es algo que le decía su director espiritual: “te tengo una noticia buena y una mala. La buena es que hay un Mesías, la mala es que no eres tú”.
            Me quedé pensando mucho al escucharlo porque creo que la Navidad encierra ambas noticias: la buena y la mala y creo que este año podemos centrar nuestra reflexión en este simple par de noticias.
            La buena noticia es más clara y de hecho –si no hemos sucumbido aún a la avalancha comercial, consumista y cursi de las fiestas navideñas- la celebramos cada diciembre. Porque la Navidad es la buena noticia por excelencia, la gran noticia de la Kenosis de la que habla Gianni Vattimo en su libro Creer que se cree: la noticia de que Dios siendo tan grande se debilitó para hacerse persona como nosotros y con-vivir en el mundo para invitarnos a con-vivir con él en la plenitud de un horizonte que empieza aquí y ahora pero va mucho más allá de este mundo.
            La buena noticia es que Dios se hace como nosotros, vive con nosotros y muere por nosotros pero también –y sobre todo- resucita por y para nosotros, para abrirnos las puertas hacia la eternidad. La buena noticia es que existe un Mesías, un Salvador que ha dado la vida para que todos tengamos vida plena, para que no nos conformemos con sobrevivir sino que aspiremos y trabajemos por vivir.
            Pero normalmente no celebramos tanto la mala noticia. En este horizonte en el que la mercadotecnia y la publicidad nos hacen creer que somos el centro, el principio y el fin de todo el universo, resulta muy complicado para muchos aceptar que nosotros no somos el Mesías, que nosotros no vamos a ser los salvadores, ni a lograr solos la felicidad, la realización de nuestra existencia y la transformación de esta sociedad injusta y excluyente.
            “La humildad es andar en verdad”, decía sabiamente Santa Teresa de Jesús y asumirnos con la verdad que implica la humildad sería el fruto de la meditación en la mala noticia de que nosotros no somos el Mesías, de que no somos autosuficientes, de que no tenemos la fuerza y la sabiduría para poder decidir con plenitud lo que realmente nos conviene y lo que conviene al mundo en que vivimos y que por ello somos indigentes, necesitados de los demás, creados como seres únicos e irrepetibles pero al mismo tiempo comunitarios, movidos por el deseo de amar y ser amados.
            Que esta Navidad seamos capaces de meditar profundamente sobre el significado de la buena noticia del nacimiento de Jesús, el Mesías, el Dios que se encarna y se hace como nosotros, el camino trascendente, la auténtica verdad y la vida con sentido y que a partir del mensaje que nos da el nacimiento de Cristo en nosotros podamos también reflexionar seriamente sobre la “mala noticia” que para ubicarnos en nuestra justa dimensión como seres imperfectos, necesitados, errantes, siempre en camino, siempre “ya y todavía no”, para desterrar todas nuestras actitudes de autosuficiencia, soberbia, superioridad y cerrazón a los demás que son los principales obstáculos para experimentar el amor que nos libera y nos construye, los muros que nos imposibilitan para ser capaces de “encontrar a Dios en todas las cosas” como plantea San Ignacio en los Ejercicios espirituales.
            Muy feliz Navidad a todos y un nuevo año lleno de esperanza.

domingo, 11 de diciembre de 2016

La eternidad constante: Educar para cerrar ciclos.





1.-La eternidad constante: A manera de introducción.
Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.
Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras...»
            J.L. Borges. La noche cíclica (Fragmento)
            Como bien afirma Borges los seres humanos desde la antigüedad  hemos sabido que “los astros y los hombres vuelven cíclicamente”, que hay ciertas cosas que se repiten y vuelven como si nuestra vida y la vida misma fuera esa “serpiente que se muerde la cola” a la que aluden algunos mitos de nuestras culturas ancestrales.
            Sin embargo, al mismo tiempo que hemos sabido de esta especie de continuo girar sobre lo mismo que nos presentan la naturaleza y la vida,  también hemos sabido desde siempre que este caminar en rotación implica al mismo tiempo un cambio, un avance, un apuntar hacia metas nuevas y situarse quizá en el mismo sitio pero siempre parados en otra perspectiva, de manera que esta imagen cíclica parece más una espiral que avanza y retrocede que un círculo cerrado dando vueltas sobre sí mismo.
            En efecto, el devenir del universo y de los astros, el proceso de reproducción de la vida vegetal y animal y aún el continuo caminar de la humanidad en la historia tienen algo de “eternidad constante”, de movimiento estable o estabilidad en movimiento.
 2.-Los ciclos de la vida, la vida como ciclos.
 ”El pensamiento ecológico ha puesto en su centro la idea de cadena y la idea de ciclo…Sin embargo, no hay UN gran bucle eco-organizacional sino un gran Pluribucle o Bucle uniplural constituido por grandes ciclos, cadenas…Por este hecho, cada momento de un ciclo constituye al mismo tiempo el  momento de uno o varios otros…”
Morin, 1997; P. 46[1]
            Esta idea de ciclos nos viene antes que de la experiencia psicológica o del análisis de la historia, de la simple observación de la naturaleza. La naturaleza requiere de ciclos que se repiten una y otra vez para garantizar la continuidad de la vida, como la rotación de los planetas alrededor del sol, el continuo repetirse de las estaciones del año, el ciclo del agua que explica la relación recurrente entre los mantos acuíferos, ríos, mares y nubes que provocan la lluvia cuando ocurren ciertas condiciones atmosféricas[2].
            El ciclo de la vida se sostiene gracias a estos fenómenos del universo que se mantiene en virtud de la existencia de ciclos recurrentes y permanece también debido a otro ciclo al que podemos llamar la cadena alimenticia en la que unas especies viven gracias a que se alimentan de otras que a su vez se alimentan de otras especies más, garantizando un equilibrio en este movimiento constante.
            Pero estos ciclos no pueden ser cerrados e inmutables. De esta manera los ciclos van abriéndose y cerrándose continuamente pero también van mezclándose con otros ciclos y produciendo bajo ciertas condiciones muchas veces azarosas, nuevas emergencias, fenómenos o acciones distintas y superiores en complejidad que funcionarán estableciendo a su vez nuevos ciclos.
            Esta es la dinámica de la evolución en la naturaleza y de las especies que fueron naciendo desde los ciclos compuestos por la vida elemental de organismos unicelulares hasta ciclos de organismos más complejos que culminan en la emergencia de la consciencia, propia de la especie humana.
Es también la dinámica de los individuos humanos que a su vez van viviendo con base en ciclos físicos, químicos, biológicos, psicológicos, reproductivos y que van dando lugar a la emergencia de las sociedades humanas, del Estado, de formas de organización diversas que  construyen sus propios ciclos de funcionamiento.

3.-La experiencia humana y sus ciclos: una exploración que no cesa.
 “Con el impulso de este amor y la voz de este llamado no cesaremos de explorar y el final de nuestra búsqueda será arribar al lugar donde iniciamos y conocer el sitio por vez primera”
T.S. Elliot
            La experiencia humana de la vida, la existencia de las personas es también una sucesión de ciclos. Ya no digamos los ciclos básicos que soportan la vida (los ciclos bioquímicos, celulares, de nuestro metabolismo) sino los ciclos propiamente existenciales que son los ciclos conscientes que van constituyendo el proceso de nuestra vida, construyendo paso a paso el “drama” de nuestra propia existencia en convivencia.
            El drama personal de la vida de cada quien con sus propios ciclos –infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez- se entrelaza al mismo tiempo en un ciclo con el drama social –y sus ciclos de organización, instituciones, gobierno- y con el drama de la humanidad con sus propios ciclos de evolución como especie que necesita “salvarse, realizándose”, es decir, convertirse en cada día más humana para poder sobrevivir y cumplir su vocación en el cosmos.
            En esta experiencia existencial que podríamos llamar fundante porque está en el eje de lo que nos constituye, de lo que define quiénes somos en lo individual, social y colectivo, se sustenta la necesidad vital de identificar los ciclos , de comprender la dinámica de estos ciclos y de cerrar ciclos para abrir continuamente nuevos ciclos.
4.-Los ciclos del aprendizaje, el aprendizaje como ciclos
“Cada generación hereda una cultura de la anterior; se apropia de ella, la renueva, la recrea y la transmite a la siguiente; de tal modo que las culturas son en esencia, dinámicas y cambiantes y la educación intencional da por sentado que le corresponde determinar qué es válido y transmitirlo a la generación siguiente…”
Latapí, (2009, p. 29)[3]
            Si la Educación tiene que ver fundamentalmente con formarnos como seres humanos, con enseñarnos humanidad unos a otros y si la humanidad es cíclica en este sentido paradójico de repetición-avance, entonces el proceso de identificación, comprensión y cierre de ciclos es algo fundamental en el proceso educativo.
            No existe realmente educación si no se da esta capacitación a las nuevas generaciones para ubicarse en el gran ciclo del universo –para ser capaces de “obedecer a la vida y guiar la vida” - y en el gran ciclo de la historia y la cultura –para “ser conservadores de lo que haya que conservar y revolucionantes de lo que haya que revolucionar”- (Morin,1995 y 2003)[4].
            Porque la educación es en si misma un gran ciclo, una rueda que gira sobre el eje de la cultura y avanza con la fuerza de dos grandes motores: la herencia y el descubrimiento.
            El sistema educativo se plantea de hecho a partir de ciclos. La educación en cualquier país se organiza curricularmente a partir de los ciclos de vida y aprendizaje de los niños, adolescentes, jóvenes y adultos. Es así que se estructuran niveles educativos como el jardín de niños, la primaria, la secundaria, el bachillerato, la licenciatura y el posgrado pensando en las características que tiene un estudiante en las distintas etapas de su vida. Por otro lado, la educación se vive a través de ciclos escolares.
            Seguramente recordamos la expectativa y la emoción que nos daba el inicio de un nuevo ciclo escolar y el misterio de cómo sería la maestra o los profesores que nos darían clase, en qué grupo de compañeros íbamos a estar, cómo sería lo que viviríamos ese año en el aula.
            Sin embargo de manera contradictoria existe también en nuestra experiencia como educandos el recuerdo de cómo poco a poco esta expectativa y emoción se iban convirtiendo en tedio y aburrimiento por la rutina en la que iba sucediéndose el transcurrir de los días en el aula y porque se llegaba al final sin una clara visión de “cierre de ciclo”.
            ¿Por qué siendo la educación algo tan explícitamente organizado en ciclos no puede preparar en los hechos para cerrar ciclos y para abrir nuevos ciclos?
            Tal parece que el problema está en que falta en el sistema educativo en general un elemento central en los ciclos de  la existencia humana. Este elemento es el del sentido.
            Los ciclos naturales y humanos son de “eternidad constante”, es decir, de girar en torno a un eje estabilizador pero al mismo tiempo avanzar en un horizonte que genera nuevas emergencias en el caso de la naturaleza y abre nuevas posibilidades en el caso de lo humano. Se trata pues de procesos de repetición que avanza hacia un horizonte de sentido y este horizonte es el que está muchas veces ausente en el proceso educativo que se vuelve rutinario y se vive entonces como una rueda de noria que gira incesante sobre su propio eje sin ir a ningún lado, simplemente, como decía Paz: “exprimiendo la sustancia de la vida…”[5]
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
Joven, lleno de bellos ideales,
Soñé fundiendo el cobre
Y limando las caras del diamante:
Aquí me tienen hoy
Detrás de este mesón inconfortable
Embrutecido por el sonsonete
De las quinientas horas semanales.
              Nicanor Parra. Autorretrato
            Si la escuela no enseña a cerrar ciclos es porque muchas veces los mismos profesores no aprendieron nunca a ver el proceso educativo como un ciclo que se abre, se desarrolla y se tiene que cerrar. Muchos docentes se formaron sin esta capacidad de autorreflexión y aunque en el inicio de sus carreras,  fueron jóvenes, “llenos de bellos ideales…” terminaron enajenados por la rutina escolar hasta llegar a quedar “embrutecidos por el sonsonete de las quinientas horas semanales”.
            Lo mismo sucede en el proceso de conocimiento que predomina desafortunadamente todavía en las aulas de nuestros días. El proceso de aprendizaje se vuelve una acumulación enciclopedista de datos, de información desarticulada y descontextualizada carente de sentido y no un proceso en el que los conocimientos de ponen en ciclo, se ponen a circular con una finalidad.
            Algo similar encontramos en el campo de la ética en la educación donde tampoco se hace este cierre de ciclos porque se vive por una parte, un total aislamiento entre conocimiento y ética, entre juicios de hecho (lo que es verdadero o correcto) y juicios de valor (lo que es bueno o humanizante) y por otra en una visión de la educación ética que consiste en “enseñar” valores aislados, desarticulados y desencarnados a los estudiantes.
Por una parte se estudian materias en las que se aprenden contenidos y se piensa la realidad desde las distintas facetas que toca cada asignatura y por otro lado, totalmente diferente, se incluyen materias que buscan que se aprendan valores cívicos o éticos, formas socialmente aceptadas de “vivir bien”.
Además de esto, en las materias que forman en lo moral, se trabaja para que los alumnos aprendan “valores universales”, es decir, un listado de normas y comportamientos que la sociedad considera propios de un “buen ser humano” en abstracto pero no a que ponga en ciclo información, preguntas, ideas, imágenes, sentimientos y valoraciones para construir en concreto su propia existencia de la manera más humana posible.
5.-Ciclos abiertos, aprendizajes sin sentido
“…Se va un día más
En el que no cumpliste con tu deber.
Dejaste todo
Para un mañana lleno de nunca…”
J.E. Pacheco. Las cinco

            Y así se van los días, los meses, los años escolares y el estudiante no aprende a explicitar los ciclos vividos, a vivirlos conscientemente y a cerrarlos en el momento y de la forma en que deben ser cerrados.
            De manera paradójica la educación se vive a través de ciclos pero no capacita para cerrar ciclos y abrirse a nuevos desafíos.
            Por eso los estudiantes van acumulando ciclos escolares (año tras año), ciclos educativos (primaria, secundaria, bachillerato, universidad) y ciclos vitales sin caer en la cuenta de su riqueza y dejando siempre esos ciclos abiertos, sin posibilidades de recuperación y aprendizaje real más allá del de los contenidos –intelectuales y valorales- que se olvidan al salir de un ciclo y llegar al siguiente precisamente porque no hubo un cierre que los ubicara en el marco amplio de la vida y les diera un significado en ese marco.
            Un ejemplo clarísimo es lo que sucede en nuestras escuelas en las últimas semanas de un ciclo escolar. .
            Hace ya casi veinte años se amplió el calendario escolar a doscientos días “efectivos” de clases. En realidad no son tan efectivos, puesto que la documentación oficial que implica calificaciones finales se sigue pidiendo en las mismas fechas, por lo que los niños y los maestros tienen que seguir asistiendo a la escuela por varias semanas cuando ya todo el ritual oficial ha terminado.
            Pero en lugar de aprovechar esas semanas de “gratuidad escolar” en las que alumnos y maestros se siguen encontrando en el aula sin la obligación del cumplimiento de un programa de estudios y de una calificación, en lugar de planear ese tiempo valioso precisamente para “cerrar el ciclo”, para que los alumnos recuperen su experiencia, la interpreten, valoren lo aprendido, relacionen ese año vivido en la escuela con su propio proceso existencial y su plan de vida, esas semanas se vuelven semanas carentes del mínimo sentido, semanas de perder el tiempo y de hacer simplemente que pase el tiempo.
6.-Cerrando ciclos: algo que se aprende
            A cerrar ciclos se aprende y este aprendizaje es básico para afrontar la vida, para entender el misterio de cada instante de la vida y plantearse continuamente esas preguntas que por ser tan esenciales no tienen nunca respuesta definitiva: ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué voy a hacer de mí?
            Pero ¿Cómo se aprende a cerrar ciclos en la vida, cómo podría la escuela capacitarnos para hacerlo?
            Como afirma Latapí (2009, p. 51): “Humana y solo humana es la capacidad de concebir la existencia como destino, con principio y fin, con sentido de realización….” , es decir, la capacidad humana de ver la vida como un ciclo compuesto de ciclos que tienen también principio y fin, origen y destino.
            Pero como toda capacidad humana, la capacidad de concebir los ciclos  que conforman la existencia tiene que desarrollarse, cultivarse, ejercitarse de manera continua y cooperativa y la clave principal para hacerlo es promover la explicitación consciente de estos ciclos y la búsqueda constante de sentido de realización.
            En una escuela del noreste de Estados Unidos, se acostumbraba una práctica sencilla que puede ser un ejemplo de cómo desarrollar la capacidad de cerrar ciclos. Resulta que en la semana se iban dejando distintos trabajos y tareas dentro del horario de clase y el viernes se daba un tiempo para que los niños revisaran todas las tareas de la semana y completaran el “old work”, es decir, el trabajo atrasado, todos los ejercicios que habían dejado a medias a lo largo de la semana.
            De esta manera los niños que desarrollaban el hábito de iniciar un ejercicio y continuar en él hasta concluirlo, el viernes tenían opción de jugar, leer o platicar mientras los demás hacían el “old work”.
            Este ejercicio sencillo de disciplina –no dejar una tarea o un problema hasta que se ha concluido- es un modo fundamental de desarrollar en los niños la capacidad de cerrar ciclos. El desarrollo de la disciplina, que conlleva la “posposición de la satisfacción”[6] en los niños y adolescentes puede y debe trabajarse tanto en la escuela como en la casa.
            Otra línea de trabajo para educar la capacidad de cerrar ciclos es el desarrollo de la “inteligencia intrapersonal”[7]. Enseñar a dialogar con uno mismo aprendiendo el hábito de tener momentos de silencio cada determinado tiempo es otra manera de educar para cerrar ciclos que puede y también debiera hacerse tanto en el aula como en la casa.
            Una tercera forma fundamental de educar para cerrar ciclos es el aprovechamiento de todos los fines de etapas de la vida cotidiana (la navidad y el año nuevo, el fin de un año escolar, el término de un nivel educativo, etc.) para establecer un diálogo reflexivo con los alumnos o los hijos para que aprendan a hacer balances, síntesis y evaluación de lo vivido y a sacar conclusiones con miras al futuro.
7.-El cierre de ciclos como experiencia de trascendencia.
“…Esto es urgente porque la eternidad se nos acaba..."
Jaime Sabines

            Finalmente, aprender a cerrar ciclos en la vida, enseñar en la familia y la escuela a cerrar ciclos  es algo que puede ayudarnos para un acercamiento progresivo a la comprensión de la vida toda como un ciclo, para entender que esa “eternidad constante” que se repite cíclicamente a lo largo de nuestros días es algo finito y frágil que acabará por extinguirse cerrando el ciclo de ciclos de nuestra estancia en la tierra y abriendo quizá, si lo entendemos desde la fe, un nuevo ciclo en otra dimensión.
            Comprender esto puede hacernos conscientes de la urgencia que tiene para cada uno aprender a cerrar ciclos, porque “la eternidad se nos acaba” y es necesario llegar preparados a ese instante en que el ciclo de nuestros ciclos en este mundo se cierre para siempre.
Preguntas para la reflexión
1.-¿Cómo reconocer cuando un ciclo se acaba?
2.-¿Cuáles son los elementos más importantes para cerrar un ciclo de manera constructiva?
3.-¿Cómo hacer que la educación familiar y escolar incorpore entre sus metas la formación para cerrar ciclos?
Bibliografía recomendada.
Barbery, M. (2007). La elegancia del erizo. México. Seix barral.
Latapí, P. (2009). Finale prestíssimo. Pensamientos, vivencias y testimonios. México. Ed. Fondo de Cultura Económica.
Marina, J. A. (2004). Aprender a vivir. Barcelona. Ed. Arial. 3a. edición.
Morin, E. (1995).  Mis demonios. Barcelona. Ed. Kairós
Peck, S. (1994). La nueva Psicología del amor. Argentina. Ed. EMECÉ.

[1] Morin, E. (1997).  El Método II. La vida de la Vida. Madrid. Ediciones Cátedra.

[2] Morin, E. op, cit..

[3] Latapí, P. (2009). Finale prestíssimo. Pensamientos, vivencias y testimonios.México. Ed. Fondo de Cultura Económica.
[4] Morin, E. (1995).  Mis demonios. Barcelona. Ed. Kairós y Morin, E. (2003). El Método V. La humanidad de la humanidad. La identidad humana. Madrid. Ediciones Cátedra.
.

[5] Octavio Paz: Poema: Piedra de sol.
[6] Peck, S. (1994). La nueva Psicología del amor. Argentina. Ed. EMECÉ.

[7] Gardner, H. (1993b). Multiple intelligences: the theory in practice. New York. Basic           books, Harper Collins ed.

domingo, 4 de diciembre de 2016

¿Sabines o no Sabines?


*Otro fragmento de mi libro: Aquí quiero yo verlos. La lucha y la danza en las aulas, publicado por Ibero Puebla en 1999.



“Como ahora no hay maestros ni alumnos, el alumno preguntó a la pared: ¿Qué es la sabiduría? Y la pared se hizo transparente.”
Jaime Sabines. Cómo pájaros perdidos.

I.
Como ahora no hay certezas
ni claridades, el alumno
preguntó al maestro:
¿qué es la verdad? …y el
maestro se hizo invisible.

II.
Como ahora no hay verdad
sino “verdades” a la medida,
el maestro preguntó al
alumno:
¿qué es la verdad? …y el
alumno contestó: ¡Presente!

III.
Como ahora no hay paredes
transparentes, el maestro
preguntó al alumno:
¿qué es la verdad? Y el
alumno respondió:
“lo que viene en el examen”.

IV.
Como ahora no hay razones
sino sensaciones, el maestro
preguntó al alumno:
¿qué es la verdad? Y el alum-
no respondió: “lo que yo siento”.

V.
Como ahora no hay cues-
tiones sino calificaciones, el
maestro preguntó al alumno:
¿qué es la verdad? …y el
alumno respondió: “lo que
usted diga… (mientras dure
su materia)”.

VI.
Como ahora no hay maestros
sino enseñantes, el alumno
preguntó al maestro:
¿qué es la verdad? Y el maestro 
contestó: “eso no viene
en el programa del curso”.

VII.
Como ahora no hay
preguntas sino disciplina, el
alumno preguntó al maestro:
¿qué es la verdad? Y el
maestro dijo: “¡silencio!,
repitan comigo…”


domingo, 6 de noviembre de 2016

Alimento del espíritu.




*Fragmentos de mi libro: Aquí quiero yo verlos. La lucha y la danza en las aulas, publicado por la UIA Puebla en 1998.

I.
Es cierto que la educación es el alimento del espíritu, el problema es que con algunos profesores se puede uno dar verdaderos banquetes pero con otro se tiene uno que conformar con “fast food” tipo Mac Donald´s y con los peores, de plano con un “gansito” y una “coca cola”…

II.
La educación alimenta el espíritu… el problema es que muchas veces los alumnos se conforman con comida “chatarra” o con simples “golosinas”.

III.
La educación alimenta el espíritu… pero muchos alumnos parece que nunca tienen hambre.

IV.
La educación es el alimento del espíritu, pero mira cuántos anémicos andan por allí presumiendo su título de licenciatura.

V.
La educación es el alimento del espíritu… y el problema de la desnutrición crece aceleradamente en nuestro país.

domingo, 30 de octubre de 2016

Educación y rebeldía: A propósito del #15O.



*Texto publicado en mi columna Educación personalizante en Lado B en octubre de 2011.


“¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero si niega, no renuncia: es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes toda su vida, de pronto juzga inaceptable un nuevo mandato…”[i]
                  A lo largo de este año el mundo ha vivido una serie de movimientos  sociales y políticos de diversa índole que empiezan a generalizarse y a tomar la forma de una gran manifestación de los ciudadanos comunes contra el sistema económico imperante y, como afirma el escritor Jorge Volpi a expresar que “…ya no podemos tolerar a los políticos que sólo se preocupan por sí mismos.” (http://www.reforma.com/editoriales/nacional/629/1257347/default.shtm )
                  Desde el 15M que comenzó por reunir a miles de españoles inconformes que acamparon por semanas en la Puerta del Sol en Madrid pasando por los movimientos de liberación de los países árabes, hasta el reciente movimiento de “occupy Wall Street”, estas expresiones de inconformidad hacia la situación de  injusticia estructural, falta de democracia real y abuso de los poderosos que exigen sacrificios a la población y recortan el gasto social mientras siguen viviendo en la opulencia, desembocaron este fin de semana en el llamado #15O, que fue la etiqueta usada en Twitter para identificar la protesta mundial que convocó a muchos miles de personas en un gran número de ciudades del planeta.
                  Es difícil predecir en qué van a desembocar estos movimientos y qué impacto puedan tener en nuestro país, sin embargo es importante  preguntarnos cuál es la relación entre educación y rebeldía. ¿Es cierto que la Educación es sólo un “aparato ideológico del estado”( http://www.elortiba.org/althus.html ) que sirve para reproducir la estructura social vigente? ¿Es posible educar para la rebeldía  y la transformación de estas estructuras injustas, como afirmaba el gran pedagogo brasileño Paulo Freire (http://www.elortiba.org/freire.html  )?  ¿Cuál sería el papel de la educación en la formación de ciudadanos capaces de rebeldía ante la injusticia y la falta de libertad?
                  Como afirma Camus, un hombre rebelde es el que dice no. En este sentido la educación tiene hoy un desafío fundamental de carácter ético, porque además de formar ciudadanos y profesionistas eficientes, con una preparación académica de calidad, tiene que formar personas con una conciencia crítica capaz de decir NO, de decir “ya basta” a un sistema socioeconómico y a una cultura basada en el hiperconsumismo de unos cuántos y en la carencia de las mayorías.
                  Pero un hombre rebelde es el que al mismo tiempo dice sí, se pronuncia en favor de una situación distinta que si bien aún no se conoce con claridad, se tiene la convicción de que es posible y el compromiso para aportar a su construcción, desde la protesta pero también desde la organización de la propuesta y la esperanza. La otra cara del compromiso ético del sistema educativo es la de la formación de ciudadanos que digan sí a esta búsqueda de alternativas para un desarrollo realmente sustentable y humanizante.
“Se comprende entonces que la rebeldía no puede prescindir de un extraño amor…El movimiento más puro de la rebeldía se corona…con el grito desgarrador de Karamázov: ¡Si no se salvan todos, para qué la salvación de uno solo!”[ii]
                  El compromiso de educar la rebeldía tiene que ver también con trascender la visión superficial que identifica rebeldía con simple oposición irracional o con activismo que busca destruir violentamente todo lo instituido. Educar la rebeldía significa educar en este “extraño amor” que se identifica con la solidaridad con los que sufren, que en la globalización abarcan ya a todo ser humano que en el planeta sea víctima de injusticia, opresión o falta de libertad. Educar para la rebeldía ante el sistema requiere educar la rebeldía para volverla una rebeldía solidaria, pacífica y creativa, capaz de vivir conforme al grito: si no se salvan todos, para qué mi propia salvación individual.
                  Para lograrlo necesitamos de una reestructuración del sistema educativo y la SEP hacia una organización de alta complejidad (http://www.pueblaonline.com.mx/index.php?option=com_k2&view=item&id=18433:la-sep-en-su-aniversario-el-mejor-regalo&Itemid=137 ) y educadores que trasciendan la visión de ser simples catalizadores del sistema –reproductores de las demandas de eficientismo y competitividad ciegas- o meras víctimas –docentes paralizados ante el sistema o meramente reactivos ante él- para convertirse en “docentes contrapunto” (http://intrigapersonal.wordpress.com/2009/04/01/hargreaves/  ) que eduquen con la calidad que exigen los tiempos, pero con una visión auténticamente crítica y rebelde que sea capaz de trascender el sistema, de decir no al mundo tal como está y decir sí a la búsqueda de un mundo alternativo.
                 


[i] Camus, A. (2003). El hombre rebelde. Madrid. Alianza Editorial. 3ª. Reimpresión. P, 21
[ii] Tomado del mismo libro de Camus, p. 353

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