domingo, 29 de mayo de 2016

La docencia: ¿Chamba, vocación o profesión?



            Si bien es cierto que la responsabilidad de la pésima calidad de nuestra educación no es exclusiva de los profesores, resulta indudable que el camino para lograr una mejor educación que contribuya a construir una mejor sociedad pasa inevitablemente por una política de profesionalización docente.
            Porque a pesar de tener ya el nivel de licenciatura, la carrera docente no está todavía socialmente reconocida al mismo nivel que otras carreras como el Derecho, la Medicina o la Ingeniería. Prevalece aún la visión de que se trata de algo que se estudia cuando no se tiene acceso a una universidad por razones económicas o culturales, como una actividad de orden menor en cuanto a estatus, aun cuando los discursos políticos hablen de la “gran relevancia” de los profesores para la construcción del país.
            Se habla a menudo de la profesión docente como un “apostolado” pero esto implica muchas veces una valoración menor a la de otras profesiones, pues supone una especie de altruismo y generosidad que no se atribuye en general a las profesiones, a las que se les mira como actividades de alta competitividad y calidad orientadas a obtener ingresos económicos por parte de quienes las ejercen.
            Augusto Hortal (2002;p. 51)[1] dice que las profesiones son: “Aquellas actividades ocupacionales: a) en las que de forma institucionalizada se presta un servicio específico a la sociedad, b) por parte de un conjunto de personas (los profesionales) que se dedican a ella de forma estable, obteniendo de ellas su medio de vida, c) formando con los otros profesionales (colegas) un colectivo que obtiene o trata de obtener el control monopolístico sobre el ejercicio de la profesión  y d) acceden a ella tras un largo proceso de capacitación teórica y práctica, de la cual depende la acreditación o licencia para ejercer dicha profesión”  
            A la luz de esta definición, la docencia no es aún una profesión plena, puesto que cumple con los dos primeros requisitos pero no cumple plenamente con los dos últimos. Respecto al tercero de ellos, es evidente que existe un colectivo –el SNTE- que en los hechos tiene solamente el control monopolístico del ejercicio en la educación preescolar y primaria, pero se trata de un control que se ejerce más sobre los maestros que desde los maestros como colectivo democrático.
            En lo relativo a la última condición, los docentes del país no acceden al ejercicio profesional “después de un largo proceso de capacitación teórica y práctica, de la cual depende la acreditación o licencia para ejercer dicha profesión”, puesto que los docentes de educación básica requieren de este largo proceso formativo –cuya calidad es muy cuestionable- pero para ejercer como docente en los demás niveles, a partir de la secundaria, basta con tener una licenciatura en cualquier área disciplinar.
            Lo anterior no quiere decir que aquí se proponga extender el monopolio de la formación normalista hacia los demás niveles educativos puesto que muchos de esos licenciados en otras áreas del saber son mejores docentes que los formados específicamente para la enseñanza. Lo que se requiere es un replanteamiento profundo de ese “largo proceso formativo” para que la acreditación o licencia para ejercer la profesión del magisterio sea realmente de nivel profesional universitario y garantice que quien obtiene esa licencia está verdaderamente capacitado para hacerlo de manera seria, sólida, sistemática y eficiente.
            Además de este proceso urgente de reestructuración que le otorgue a la docencia el verdadero estatus de profesión, equivalente al de cualquier otro campo y con las condiciones de colegialidad, evaluación y acreditación que en otras profesiones se tienen, el caso de la docencia requiere de vocación.
            Hansen menciona que: “Vocación es un trabajo o actividad que tiene un valor social y provee al sujeto que la realiza un sólido significado personal”[2], es decir, una actividad profesional en la que el sujeto profesional realiza un verdadero y eficaz aporte a la sociedad y descubre cotidianamente en ese ejercicio, elementos para su realización personal.
            Lo anterior implica como base la profesionalidad. Tener vocación para la docencia no es un asunto de buena voluntad y “apostolado” exento por ello de las exigencias de calidad y acreditación que se piden a cualquier otro profesional. Por el contrario, la vocación docente exige como base una profesionalidad y es un elemento adicional que enriquece esta profesionalidad, pero no la sustituye.
            En el momento en que la sociedad y los mismos docentes dejemos de ver la vocación docente como un sustituto de la profesionalidad y asumamos que esta vocación tiene como condición de posibilidad la alta calidad profesional, podremos aspirar a mejorar el estatus de la docencia. El primer paso sin embargo, es que sociedad y profesores dejemos de asumir que la docencia es una chamba”, una forma de ganarse la vida a la que puede accederse comprando o rentando una plaza o reprobando un examen de oposición.
           




[1] Hortal, A. (2002) Ética General de las Profesiones, Bilbao, España: Desclée De Brouwer, S. A.

[2] Hansen, D. (1995). The call to teach. New York. Teachers college press/Columbia University.

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