domingo, 14 de febrero de 2016

XLI.-Ivy league I: ¿Cuántos puntos en el ranking vale cada suicidio?




*Fragmento de un texto que recoge algunas memorias de mi estancia en Boston en el año académico de 1997-1998.

            Lo vimos Mario y yo sorprendidos al caminar por el MIT, el prestigiado instituto tecnológico donde han estudiado y dado clases eminencias mundiales y muchos premios Nobel: en un poste de alumbrado de la plaza central, justo al lado de una hermosa escultura monumental de Alexander Calder, una especie de altar u ofrenda de muertos como las que ponemos en México en Noviembre. Sobre el poste y en el piso se encontraban pegados un muñequito de peluche, unos cigarros Camel, hojas con reflexiones y una semblanza con la fotografía de este joven, excelente en computación y en música, integrado a la “cienciología” -unas de esas religiones nuevas y extrañas- y buen amigo, joven, veinte años o algo así. La descripción era escalofriante: contaba como, la noche era espléndida en Boston y este alumno entró al piso quince de la torre, vió por la ventana las estrellas y el río y decidió que su vida había de terminar, acto seguido se lanzó por la ventana y cayó justo en esta plaza donde ahora vemos este tributo en el que se refiere que este es el tercer suicidio en este año en el MIT -y estamos empezando abril-.
            Visitando Cornell otro día, preguntábamos a Mari insistentemente cuál era el puente que da a ese río con cascada dentro del campus que es famoso por ser el lugar del que se avientan los que se quieren suicidar. Cada año hay varios y existe en los servicios de salud de la universidad folletería an donde se previene este asunto y se dan terapias cada vez que esto sucede a los amigos cercanos del que se quitó la vida.
            ¿Es este el precio de la “excelencia académica”? ¿es esto realmente “excelencia”? ¿la supervivencia de los más fuertes? ¿cuánto vale en puntos para el ranking de las mejores universidades cada suicidio, cada vida que se pierde?
            Pruebas palpables de que algo anda mal en el sistema de educación superior norteamericano, de que hay supuestos y nociones torcidas en su manera de entender la calidad académica. Sin embargo este asunto no está a debate: la conclusión parece ser que la universidad está bien y que los que están mal son estos alumnos que no resisten la presión para llegar a ser triunfadores...la suposición implícita en estas terapias y programas de atención a los amigos de los suicidados es que el sistema no cambiará porque está correcto y lo que hay que atender es los efectos -seguramente los considerarán marginales y “secundarios” porque estadísticamente no son un alto porcentaje- de esta búsqueda por la excelencia.
            Muchos no llegan al suicidio. Simplemente se van antes de concluir y sintiéndose unos perdedores, simplemente se vuelven insensibles competidores y destrozan a los que están junto con tal de triunfar y destacar ellos porque en esto está cifrado el sentido de su vida, simplemente acatan las reglas del sistema y juegan este juego aún a costa de su vida personal y su salud emocional, simplemente alaban este sistema de ganadores y perdedores y saben, que aunque sientan dolor por las vidas perdidas, esa es parte del sistema, es el precio que algunos pagan para que los demás lleguen a ser exitosos: “maldito sistema educativo que produce profesionistas exitosos para sociedades desintegradas”. Qué sabio suena Gorostiaga en este contexto.

lunes, 8 de febrero de 2016

XIII.-TU PRESENCIA QUE TRAE LA NIEVE, COMO ETERNIDAD QUE CAE DEL CIELO.



*Como por casualidad, explorando mis archivos antiguos para actualizar este blog, me encuentro los textos de unas memorias que escribí con algunas experiencias significativas la primera vez que estuvimos en Boston por un año en estancia de investigación. Aquí comparto la entrada XIII, que recuerda a un gran amigo que acababa de morir cuando nos fuimos.



            Está nevando afuera, por la ventana puedo ver la imperceptible caída del blanco polvo de cielo. Está nevando la primera nevada de mi vida en Boston, la primera nevada de mi vida...y de pronto, escribiendo aquí detrás del doble cristal que me cubre del frío imaginario aún, ajeno a mi experiencia pero pronto presente, mientras escribo y miro por la ventana que empañan la nostalgia y la esperanza, recuerdo a Amaury, ¿te acuerdas?, lo recuerdo narrando una situación similar en algún lugar de la Europa del Este, la de la ahora mítica “cortina de hierro”, describiéndose a sí mismo, mirando caer la nieve por la ventana y escribiendo: “si yo pudiera llevarte a ocultas donde voy y regalarte toda la nieve de un día gris...si yo pudiera de dónde estoy, hacerte venir...”
            Nieve y recuerdos, nieve y este sentimiento que se cuela por la música en la mente, “si yo pudiera de donde estoy...hacerte venir...” y este deseo se cruza con el recuerdo marcado hasta el fondo de tu propio irresistible, pero al final vencido, deseo de vivir: “¡jálenme, no me dejen, llévenme con ustedes!”... y al escribir esto, algún resorte oculto hace que broten las lágrimas que aún no acaban de salir por este motivo. ¿Por qué volver a este dolor, por qué el retorno recurrente? No sé por qué regresas de la foto colgada enfrente de mi escritorio y vuelves y vuelves en imágenes que mi mente compone...No es el vulgar romanticismo de la idealización del amigo al que quise y quiero tanto que no me dí cuenta, que quizás tú nunca te diste cuenta o tal vez, hacia el final, cuando me mirabas con esa mirada que angustiaba por venir desde muy adentro y me decías: “no tienes que hablar, sólo estar conmigo, me encanta que estés aquí...”, no es el mito del amigo al que no me dí, no nos dimos tiempo suficiente para conocer y disfrutar de la vida...entre tanto “trabajo” y tanto “proyecto”, entre tantas “cosas importantes”.
            Quizá es sólo el recrear esta amistad, el querer a Luisa como Gaby y yo la queremos en esta distancia que ahora empieza a volverse blanca y helada. Quizá es que ayer te ví en el Shuttle de Boston College, al subir, cuando alguien leía una tragedia de Eurípides y al voltear luego la cara hacia el otro lado del autobús... estabas allí, sentado con tu mismo gesto, con la mirada absorta en un libro que nunca, a pesar de la curiosidad, pude ver qué contenía. Te veías bien con la barba de candado y el “nuevo look “ del cabello con patillas a la moda y la raya de lado. Estabas contento y tranquilo y sin mirarme nunca en todo el trayecto, como que me dijiste: “sigo aquí, aquí vengo yo también contigo, a “devolverte las visitas a Jalapa”, a consolarte de mi ausencia y de la ausencia que ahora empiezas a vivir por unos meses. Quizá es porque anoche, al hablar de esto en la cena, Maru, Gaby y yo, volvimos a convocarte y a decirte: “síguenos jalando en la vida, ayúdanos a que aquello en que creemos y tú seguramente sigues creyendo, sea poco a poco más real,  tenga más presencia en nuestro pequeño mundo, en el horizonte en el que podemos incidir aunque sea con milímetros de consciencia humana...”
            Quizá sea solamente por eso, o porque afuera cae la primera de muchas nevadas en estos meses por venir, y porque en mi propio porvenir vas a ocupar siempre un lugar, una especie de “coordinación de asesores” para decirlo al estilo “yuppie”, una especie de sabiduría y eternidad que harán falta siempre cuando lo urgente de cada día me vaya absorviendo y se nuble de nueva cuenta mi capacidad de contemplación de los amores y del Amor de Aquél que te debe tener entre sus consentidos, allá donde no sabemos, ni tenemos idea,  pero seguramente algún día nos volveremos a ver cara a cara, con tu rostro y tu voz de siempre, para decirnos lo que no alcanzamos a decirnos por acá en las reuniones del plan, o en aquélla histórica por única “comida de trabajo”, o en Guadalajara en el interuias, o cenando dos días antes en tu casa de “Los sapos”.
            Quizá porque tu presencia simbólica de ayer vino a traernos la nieve, como eternidad que cae del cielo silenciosamente...Quizá porque al caer la nieve, empecé a cantar por dentro: “si yo pudiera de donde estoy...hacerte venir...”
14-11-97

lunes, 18 de enero de 2016

“Vivir para vivir…”: conversar para revertir la violencia en la escuela.




           
 *Texto leído en la presentación del libro:
Pérez Fragoso, A.C. y M. Bazdresch (2010). Las voces del aula. Conversar en la escuela. Colección “Somos Maestros”. Convivencia escolar. México. Ed. SM. En la Ibero León, Febrero 2013.


 “Vivir para vivir
Sólo vale la pena vivir para vivir”
J. M. Serrat

 Cuando el llamado profundo, la verdadera vocación humana es vivir para vivir, se vive hoy en día, se ha vivido mucho tiempo, muchos sujetos humanos se han tenido y se tienen que conformar con vivir para sobrevivir. Las condiciones socioeconómicas, las desigualdades ancestrales, el abuso, la explotación siguen hoy poniendo al ser humano en condiciones que le impiden cumplir con este deseo fundamental: el de vivir para vivir que significa vivir para la realización, vivir para gozar la vida, vivir para dar vida y ayudar a que otros tengan verdadera vida humana, es decir, “vivir para convivir y convivir para vivir”.
            Pero estas condiciones estructurales que impiden a tantas personas cumplir con la vocación humana fundamental de “vivir para convivir y convivir para vivir” porque se arraigan y se institucionalizan generando que todo el sistema social funcione para que se viva para sobrevivir y se conviva para sobrevivir, tienen su máximo impacto negativo, deshumanizante cuando se convierten en cultura. Es entonces cuando no solamente los individuos viven para sobrevivir y el sistema social se organiza para que todos vivan para sobrevivir, para que la convivencia sea en función de la mera supervivencia, sino que este estado existencial individual y colectivo se empieza a mirar como “lo natural”, “lo lógico”, “lo único posible” y hasta como “lo deseable”…y llega el momento en que también se instituye a través de la educación formal e informal: los padres y madres educan a sus hijos para aspirar a la supervivencia, para convivir en función de una guerra por sobrevivir que hay que ganar día a día.
 Las escuelas reciben, reproducen y refuerzan este tipo de educación porque no tienen herramientas para contrarrestar esta fuerza cultural externa, pero también porque en el fondo nacen de ella. La escuela nace de esta forma de vivir y convivir distorsionada que se orienta hacia la reproducción y el reforzamiento del “vivir para sobrevivir”.

1.-Del coexistir al convivir: Algo que se educa..
“Y hacer tuyo el camino,
que tuyas son las botas.
Que una sonrisa pueda
dar a luz tu boca”.
J.M. Serrat
            La coexistencia es algo natural, espontáneo, “inevitable” en el caso de los humanos. Coexistir es la manera de vivir humana que corresponde a la propia naturaleza biológica, psicológica, social, cultural, espiritual, etc. de los “homo sapiens-demens” (Morin, 2003). Porque como afirma Lonergan: “Antes del nosotros que resulta del mutuo amor entre un “yo” y un “tú”, se da un nosotros originario  que precede a la distinción de los sujetos y que persiste  cuando ella se olvida. Ese nosotros previo es vital y funcional…es como si nosotros fuéramos miembros  unos de otros antes de distinguirnos unos de otros”. (1988; p. 61)
            Pero el desafío humano consiste en el tránsito permanentemente inacabado e imperfecto desde esta coexistencia natural hacia la convivencia cultural, es decir, desde el simple “compartir un espacio y un tiempo” con fines de “supervivencia” (vivir para sobrevivir, convivir para sobrevivir) hacia el conversar para compartir y construir juntos (vivir para vivir, convivir para vivir). Este tránsito no se produce espontáneamente sino que tiene que aprenderse. La convivencia se educa y este es otro gran supuesto del libro que hoy comentamos: la convivencia se educa y es necesario educarla, es imprescindible educarla, es improrrogable educarla si queremos salir de este camino sin sentido sembrado de violencia, desigualdad y abuso en el que hoy nos encontramos en este y en muchos países del mundo.
            Educar para la convivencia, educar la convivencia implica romper con las inercias contextuales y aprovechar todos los espacios –no sólo el del aula, que es el “terreno del docente”, sino también el patio de recreo, que es el “terreno de los alumnos-persona” en la escuela para crear nuevos contextos de conversación para la convivencia. Porque las conversaciones crean su propio contexto y configuran un cierto lenguaje de manera que es posible y necesario recrear los contextos escolares y a través de un cambio en el lenguaje, generar conversación auténtica que pueda promover en los alumnos el aprendizaje de las formas de caminar desde la coexistencia natural hacia la convivencia construida en común, desde un conglomerado de personas hacia un grupo-comunidad de significados, desde la proximidad y la “propincuidad” hacia la afinidad, desde el nosotros originario hacia el nosotros libremente creado y responsablemente cuidado.
            Esta es una tarea que implica a todos los sujetos de la educación de manera personal e intransferible: es una responsabilidad de todos y de cada uno de los que participan en el proceso educativo desde el docente hasta el alumno, pasando por el director y los padres de familia y la comunidad que circunda la escuela.
2.-El lenguaje y la conversación:  Para educarnos en el convivir
“Te dejan sus herencias,
te marcan un sendero,
te dicen lo que es malo
y lo que es bueno, pero...”
J.M. Serrat
            La coexistencia humana implica conversación y es indudable que en la escuela se conversa, pero por eso mismo resulta fundamental, si queremos educar para vivir y convivir y no solamente para sobrevivir, preguntarnos continuamente por el tipo de conversación que se vive en la escuela.
Si se investiga este tema, si se indaga el tipo de conversación que se produce en la escuela como lo hacen Pérez Fragoso y Bazdresch (2010) se puede constatar  la necesidad urgente de transformar el lenguaje usado en el aula para regenerar el tipo de conversación y por ende el tipo de convivencia que se da en la escuela. Porque desafortunadamente el tipo de conversación que predomina en la escuela es el de la autoridad vertical, el de las instrucciones unidireccionales, el de la disciplina sin diálogo, el de la violencia simbólica que finalmente abona a la cultura de la violencia escolar.
            Estos investigadores nos muestran de manera fehaciente la prevalencia del lenguaje imperativo y la conversación de poder, que parte de una relación vertical maestro-alumno y de la idea de que el saber es poseído ya por el docente y tiene que ser absorbido por el educando es precisamente la herramienta tradicional de una escuela que ha convertido en cultura el convivir para sobrevivir y que asume que enseña “lo que es malo y lo que es bueno”, “lo que es correcto o falso” sin que el educando aporte nada ni participe en absoluto en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
“El lenguaje no solamente moldea la consciencia que  va desarrollando, sino que estructura también  el mundo que rodea al sujeto” afirma Lonergan (1988; p. 74) y un lenguaje imperativo e impositivo moldea sujetos que imponen o que obedecen ciegamente y estructura un mundo basado en relaciones  e instituciones que aplastan al ser humano en lugar de promover su desarrollo genuino.
            Por ello “las herencias” que deja la escuela y que se ven reflejadas en la sociedad de supervivencia que hoy tenemos. Porque la escuela se ha mostrado incapaz de romper ese círculo vicioso de la sociedad que la produce, porque no se ha empeñado en ser modelo y en modelar otro tipo de convivencia posible en el que el educando reaprenda su modo de entender y ejercitar la convivencia.
            La tan de moda “violencia escolar”, el “bullying”, el “acoso” de los estudiantes a otros estudiantes y aún a docentes no es más que el resultado de este “pecado de omisión” de la escuela que se conforma con reproducir los tipos de lenguaje “de poder y de imposición” que predominan en el exterior, enfatizando el control más que la educación, la enseñanza técnico-instrumental más que el aprender a vivir juntos o a ser humanos.
            Como afirma Morin (2003: p.185): “La sociedad se autorregenera y se autoperpetúa a la vez: -Vía las interacciones entre individuos y entre individuos y sociedad…” Por ello es necesario que los educadores se empeñen, nos empeñemos en educar en la conversación auténtica para generar una convivencia auténtica que busque aportar elementos para la autorregeneración social tan urgente en este cambio de época que no acaba de encontrar el rumbo.
            Este no será un camino fácil por la complejidad humana y la dificultad que implica la construcción de comunidad donde es evidente que al mismo tiempo que el altruismo y la cooperación aparecen siempre el egoísmo y el conflicto.
3.-“Conversar en la escuela”: Invitación e imperativo moral.
“Abrázate a los vientos
y cabalga los montes.
que no acabe el paisaje
con el horizonte”
J.M. Serrat
            “ Que el paisaje” actual de violencia, imposición, intolerancia e indiferencia en el que se produce la convivencia social no “acabe con el horizonte” en el que sabemos,- porque somos humanos y sentimos ese llamado a “vivir para vivir”, a “convivir para vivir”- que otro tipo de convivencia es posible porque otro tipo de sociedad es necesaria. Que el estado actual de las cosas no opaque la esperanza, motor del quehacer educativo hacia la humanización.
            La situación de violencia social que se refleja en la violencia escolar, la situación de violencia escolar que se traducirá en un futuro de violencia social están enviando con gritos silenciosos una invitación a todos los educadores para  “cabalgar los montes” de la vida cotidiana en las escuelas (y universidades) tratando de regenerar los contextos comunicativos para producir conversación que promueva la convivencia auténtica, la que nos lleva a compartir experiencias, saberes, significados y valores, la que nos hace posible la construcción aunque sea imperfecta de comunidad humana.
Esta invitación es al mismo tiempo, un imperativo moral porque los educadores no pueden, no podemos seguir dando la vuelta a esta tarea urgente si realmente nos asumimos como “profesionales de la esperanza”, porque las escuelas no pueden seguir pretendiendo que su única tarea es la enseñanza de contenidos cada vez menos significativos precisamente porque no ayudan a “vivir para vivir” y a “convivir para vivir” en un contexto como el  actual en el que cada día se sale de casa sin saber con certeza si se va a volver.
            La educación tiene hoy el imperativo moral de educar para la convivencia porque es cierto, hoy más que nunca que  “…Sólo vale la pena vivir para vivir...”
REFERENCIAS:
Lonergan, B. (1988). Método en Teología. Salamanca. Ed. sígueme.
Morin, E. (2003). El Método V. La humanidad de la humanidad. La identidad humana. Madrid. Ediciones Cátedra.

domingo, 10 de enero de 2016

No creemos nada, porque creemos todo

 

-Artículo publicado en E-Consulta el 3 de marzo de 2014.


“El conocimiento es reflexión sobre la información, es capacidad
de discernimiento y de discriminación respecto a la información que se
tiene, es capacidad de jerarquizar, de ordenar, de maximizar, etc., la
información que se recibe. Y esa capacidad no se recibe como información.
Es decir, todo es información menos el conocimiento que nos permite
aprovechar la información”.
Fernando Savater. Potenciar la razón.

            La reciente captura de Joaquín “el chapo” Guzmán, el más buscado y poderoso narcotraficante sinaloense suscitó una enorme ola de escepticismo que sigue circulando por las redes sociales a pesar de todas las evidencias que se han venido presentando por parte de las autoridades a la sociedad.
            Comentarios, chistes, fotografías comparativas e incluso reportajes con información falsa o tendenciosamente sesgada o exagerada expresaron la incredulidad respecto a que la persona capturada por la Marina fuera realmente el capo del cártel del Pacífico.
            Pasando por alto que la fisonomía de todas las personas cambia con los años circulan fotografías del Chapo hace quince o veinte años y de la persona capturada señalando los rasgos que supuestamente no coinciden y a partir de estas fotografías algunos medios de dudoso prestigio señalaron incluso el nombre de la persona inocente que supuestamente habría sido detenida para simular la aprehensión del millonario líder delincuencial.
            Los comentarios y reacciones frente a esta lluvia de información que cuestionaba la identidad del personaje hoy encarcelado coincidían en una idea que podría sintetizarse de la siguiente forma: “Digan lo que digan y presenten las pruebas que presenten, yo no creo que se haya capturado al Chapo Guzmán”.
            El argumento más socorrido para explicar este fenómeno que no es nuevo, puesto que se presenta en la opinión pública cada vez que hay un caso de esta magnitud –el asesinato de Colosio o el de Ruiz Massieu, las muertes de los dos Secretarios de Gobernación durante el sexenio de Calderón por mencionar algunos- es el que se basa en el dicho popular: “la mula no era arisca…” y afirma que lo que pasa es que por la forma en que históricamente han procedido las autoridades, los mexicanos ya no creemos en nada.
            Esta respuesta es parcialmente cierta, porque sin duda es verdad que la falta de transparencia y rendición de cuentas de las autoridades, la incapacidad para resolver clara y contundentemente los procesos de investigación, el alto índice de corrupción y de ineptitud que se combinan para que la impunidad siga predominando en lugar de la impartición de una justicia pronta y expedita, han contribuido y siguen contribuyendo a que los mexicanos tengamos la tendencia a “no creer” en las versiones oficiales –como si se tratara de un asunto de fe- a pesar de las evidencias que puedan ser presentadas.
            Esta incredulidad generalizada resulta contraproducente en términos del derecho a la verdad por parte de la sociedad puesto que si el gobierno sabe que diga lo que diga no será creído, tenderá a dar la respuesta más conveniente políticamente aunque sea falsa.
            Pero al mismo tiempo que los mexicanos no creemos nada, podemos afirmar también con razón que creemos todo.
            Porque a la par de este escepticismo que nos lleva a la descalificación sin análisis de toda respuesta emanada del gobierno, los mexicanos hemos desarrollado una actitud de credulidad total a las versiones que contradigan lo que se afirma de manera oficial.
De manera que al mismo tiempo que nos cerramos a aceptar cualquier cosa que diga la autoridad y se presente en los medios de comunicación que consideramos “vendidos” o “cómplices del sistema”, estamos siempre abiertos a creer ciegamente y sin necesidad de ninguna prueba en todo aquello que digan los líderes de oposición y los periodistas o los medios que consideramos “críticos” o “no sujetos a intereses”.
Es así que aceptamos sin analizar teorías del complot, conspiraciones malévolas contra el pueblo, “cortinas de humo”, versiones inverosímiles y simplistas de hechos complejos y todo tipo de declaraciones y opiniones que, si son en contra de lo que afirman quienes detentan el poder económico o político, por ese simple hecho adquieren el estatus de verdades incuestionables.
Tenemos una educación que no desarrolla la capacidad de razonar, es decir, de entender, reflexionar, discernir y discriminar la información, una educación que se concreta a transmitir información y que supone erróneamente, como señala Savater, que tener acceso a mucha información va a desarrollar la razón.
Por eso se piensa que el problema es pasar del acceso a la información desde los medios, periodistas o políticos “oficialistas” al acceso a la información desde medios de oposición y “críticos” de las posturas gubernamentales. De manera que por eso llegamos a la situación en la que no creemos nada porque creemos todo.
La verdadera educación tiene que potenciar la razón. Capacitar a los estudiantes para cuestionar, analizar, reflexionar, discriminar, discernir y tomar postura frente a la información oficial y la no oficial. Desarrollar las competencias necesarias para buscar pruebas y ponderar las evidencias de aquello que se quiere saber con certeza.
Esta es la única manera de aspirar a la formación de ciudadanos libres, de hombres y mujeres verdaderamente autónomos para construir una sociedad racional y razonable.lo que diga no seren en su rostr tendrcreemos en nada, podemos afirmar tambjierno sabe que diga lo que diga no seren en su rostr

lunes, 14 de diciembre de 2015

Mañana será otro día…pero será otro año.




 *Esta fue mi Reflexión de fin-inicio de año 2014-2015. Aquí se las dejo cambiando la fehca, aunque espero que me dé tiempo de hacer y compartir una nueva antes de terminar el año.

“Estás aquí, futuro
hay que ampararte
los emboscados en la amanecida
quieren acribillarte desde el miedo
dejarte sin enigmas…”
Mario Benedetti. Mañana.

“Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.
... Mañana!
Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.”
Angel González. Porvenir.

            En cierta forma hoy pasa mucho y a la vez no pasa nada. Como dice Ángel González, el porvenir está siempre por venir y por lo mismo no llega nunca…o no acaba de llegar nunca. En ese sentido hoy no pasa gran cosa: cenamos, nos abrazamos, nos deseamos cosas buenas pero en el fondo es un miércoles como cualquier otro y mañana será un día como hoy, un jueves más en la larga sucesión de días que forman nuestra vida, en la larga sucesión de vidas que forman la historia.
            Cuando uno empieza a recordar la vida por décadas, los años se van volviendo cada vez más cortos y pasan cada vez más rápido, con velocidad de vértigo, de un vértigo que sin embargo no se siente como un salto en paracaídas sino como el lento y duro ascenso a una montaña a la que se le ve cada vez más cerca la cima, aunque con cada paso parezca alejarse también un paso o al menos uno intente alejarla para tratar de prolongar la travesía lo más posible.
            Pero al mismo tiempo los humanos vivimos en un mundo de significados y parte de nuestros significados tienen que ver con el espacio y con el tiempo, con dividir el infinito en lugares y escenarios, con medir la eternidad en segundos, minutos, días y años.
            En este otro sentido, en el mundo de nuestros significados que aportan sentido a nuestro caminar en el mundo, hoy pasa mucho, porque pasa todo un año.
            Dejamos atrás propósitos de cambio que hace apenas trescientos sesenta y cinco días eran nuevos y estaban frescos y fuertes en nuestro entusiasmo y que hoy son viejos y se han desgastado hasta volverse solamente recuerdo. Dejamos en la memoria momentos felices, logros, avances, encuentros y crecimiento del mismo modo que quedan en el pasado horas de tristeza, fracasos, frustraciones, retrocesos, desencuentros, baches existenciales y pérdidas, pérdidas que aunque suene a cliché son siempre irreparables porque aunque el porvenir no llega, el pasado tampoco puede volver ni nosotros somos capaces de desandar lo andado o traer de regreso a los que partieron.
            Con los pies puestos siempre en el hoy, nos situamos sin embargo –ojalá nos situemos- con esperanza frente al futuro que viene lento, pero viene y que como dice Benedetti es en parte producto de nosotros y en parte producto del azar.
            Estamos en un momento especialmente difícil, a veces incomprensible en el que la terca realidad que se regenera en el ciclo aparentemente indestructible de ambición-corrupción-violencia-impunidad parecen situar a los seres humanos de buena voluntad en la indefensión y la impotencia.
            Terminamos un año en el que –ojalá- esta realidad de decadencia personal, estructural, cultural parece haber tocado fondo. Terminamos un ciclo en el que la sociedad parece haber dicho ahora sí en serio: ¡Ya basta! Basta de violencia, basta de corrupción, basta de impunidad, basta de orientar la vida personal, familiar y colectiva desde la ínfima y miserable ambición de dinero, fama y poder.
            Ojalá iniciemos el siguiente año con la firme convicción de que tenemos que convertir este hartazgo en acción solidaria, inteligente y organizada hacia la construcción conjunta de un país más justo, pacífico, democrático y comprometido con la visión de un futuro en el que todos podamos vivir una vida realmente humana.
            Este es mi deseo de año nuevo para todos mis amigos y para todos los mexicanos que unidos en el hartazgo de la cultura de la muerte que nos invade tengamos la firme convicción de amparar al futuro contra los emboscados que quieren acribillarlo desde el miedo y dejarlo sin enigmas.
            El 2016 nos llama. Ojalá seamos capaces de responder con generosidad y altura de miras.
            Muchas felicidades para todos.

           

lunes, 7 de diciembre de 2015

Competencias en Educación: ¿De lo simple a lo complejo?


 
                                                


*Artículo publicado en El Columnista el 10 de marzo de 2010.

El tema de las competencias en Educación está sin duda en el centro del debate y de los cambios educativos en nuestros días, no solamente en nuestro país sino a nivel internacional.
Si se mira la influencia que está teniendo este enfoque en todos los niveles educativos, se puede afirmar sin duda que puede constituirse en un nuevo paradigma pedagógico. Sin embargo, como sucede con todo lo nuevo, cabría preguntarse si la introducción de las competencias en el mundo escolar y universitario implicará un cambio real de fondo en los procesos de enseñanza-aprendizaje o si estamos frente a un cambio de formas que será, como otros cambios vividos en el pasado: "más de lo mismo".
El tema, como ya se afirmaba, es polémico por naturaleza, tanto por sus orígenes como por sus múltiples posibilidades de interpretación y aún de distorsión ideológica. Es por ello que vale la pena que los actores de la educación dediquen tiempo y espacios suficientes para la discusión, el debate abierto y la construcción crítica de significados más o menos comunes sobre el qué y el cómo de las competencias.
En cuanto a los orígenes del tema, la versión más conocida habla del nacimiento y desarrollo del tema en el mundo de la empresa -como muchos otros elementos que han llegado al campo educativo- y su enfoque esencialmente técnico, puesto que en el mundo industrial se acuñó el término para establecer "normas de competencia" y "normalización de competencias" para la producción de objetos con calidad.
Sin embargo es necesario aludir a otro origen menos conocido del término, que se encuentra en la obra del lingüista estadounidense Noam Chomsky -a quien menos se puede acusar de ser tecnócrata o simpatizante del capitalismo-, que hace ya algunas décadas habló de la "competencia lingüística" como una característica compleja de los seres humanos en relación al ámbito comunicativo.
Pero independientemente de su origen, el término sin duda ha tenido y sigue teniendo en muchos ámbitos escolares y universitarios un sustento y definición teórica y metodológica muy apegadas a la llamada "tecnología educativa" e incluso se la ha señalado como una especie de "neoconductismo" por centrar la mirada del proceso educativo en "desempeños" observables -en muchos casos con pretensiones de medición- de los educandos que han desarrollado determinadas competencias.
Estas visiones propias de la indudable influencia de la visión tecnocrática imperante en la Economía, la política y la sociedad de la globalización del mercado y el consumo, son indudablemente reduccionistas, puesto que enfatizan de manera casi absoluta el desarrollo de habilidades prácticas -centradas en el "saber hacer"- y dejan fuera muchas otras dimensiones humanas y sociales del educando -"saber conocer", "saber ser", "saber convivir"- que son indispensables para hablar de una auténtica educación y trascender la mera capacitación o instrucción.
La crítica a estas interpretaciones reduccionistas de las competencias en el campo educativo, sesgada sin duda por la ideologización del tema que se ha producido por la polarización social y política que vive nuestro sistema educativo por factores internos -propios del proceso de descomposición de las estructuras educativas- y externos -la polarización política que se ha producido a partir de la elección presidencial del 2006-, ha llevado a muchos profesores, directivos y aún investigadores educativos a señalar el enfoque de competencias como si fuera un "engendro del neoliberalismo" construido para producir deliberadamente una educación de personas adaptadas ciegamente al sistema socioeconómico injusto en que vivimos y funcionales y eficientes para este sistema.
Sin embargo, una revisión a las definiciones que más han permeado el ámbito de la reflexión pedagógica, la revisión curricular, la formación docente y aún las dimensiones de gestión directiva y de políticas públicas en los últimos años, muestran que esta interpretación reduccionista no es la imperante y que la idea de competencia y la conceptualización sobre el trabajo curricular y docente con este enfoque ha experimentado una importante modificación crítica y enriquecimiento pedagógico que resulta indispensable revisar y valorar para, como decía la Dra. Benilde García Cbrero en una conferencia
"tomar postura" frente al tema.
En efecto, las definiciones de competencias que se han adoptado muestran que este énfasis en desempeños lleva siempre como adjetivos los términos "reflexivo", "ético", "integral", "crítico" y contienen la idea de que una competencia no es la simple suma de "conocimientos, habilidades, actitudes, valores..." sino que son la "resultante compleja" de una articulación igualmente compleja de estos componentes. Como afirma Perrenoud: "Las competencias no son conocimientos o habilidades sino que ponen en, juego los conocimientos y las habilidades..."
Por otra parte, si se analizan las competencias definidas como deseables en el perfil del egresado que se plantea en varias de las reformas curriculares en nuestro sistema educativo (la Reforma Integral de la Educación Media Superior -RIEMS-, la Reforma del modelo curricular de la Universidad Veracruzana, la "Nueva estructura curricular" de la Universidad Ibero
americana, entre otras) se puede constatar que no se dejan fuera competencias genéricas referidas a la dimensión ética, a la conciencia ecológica, al compromiso social del estudiante, cosa que desmiente la crítica de simplificación tencocrática que se sigue haciendo en muchos medios académicos y de comunicación social.
Tomando postura, coincido con la Dra. García en que la noción de competencia es un elemento "heurístico" que puede aproximarnos progresivamente a una visión más compleja del proceso de enseñanza-aprendizaje si cumplimos con determinadas condiciones en el proceso de construcción de su definición, características y traducción al diseño curricular y didáctico.
Es una noción heurística porque es una noción abierta y polisémica que lo que quiere brindar al proceso educativo es una exigencia de replanteamiento que reoriente el diseño, la instrumentación y la evaluación de los procesos curriculares y de enseñanza-aprendizaje hacia metas o intenciones de búsqueda de una formación que: se centre en el estudiante y su aprendizaje más que en el docente y en la enseñanza, busque una formación compleja que involucre la articulación de conocimientos, habilidades o conjuntos de habilidades cognitivas, afectivas, sociales, ecológicas, etc. y las actitudes y valores de los educandos en formas reflexivas, responsables y concientes de enfrentar las situaciones que la vida real les van presentando en el día a día tanto en lo académico o profesional, como en los ámbitos personal, familiar y ciudadano.
La principal condición para que el enfoque de competencias constituya realmente un paso progresivo desde una visión simple de la educación hacia una visión compleja es la actitud abierta pero simultáneamente crítica y creativa de los sujetos de la educación para que sean capaces de procesar, adaptar, resignificar y llevar a la práctica -en el diseño curricular, la planeación del aprendizaje, la instrumentación didáctica y la evaluación educativa- las competencias con una perspectiva amplia, integral y transformadora de las rutinas docentes tan arraigadas.
Cerrarse a esta perspectiva, atribuyéndole una especie de "maldad neoliberal" intrínseca, resulta sin duda, mucho más cómodo.


**Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com

Cfr. Perrenoud, Ph: Diez nuevas competencias para enseñar. Grao. Biblioteca para la actualización del maestro. SEP, México 2004.

lunes, 30 de noviembre de 2015



*Otros fragmentos de mi libro: Aquí quiero yo verlos. La lucha y la danza en las aulas. Publicado por la UIA Puebla en 1999.


Génesis…

I.
Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza…”, es decir, inteligente, creativo y crítico, buscador de comprensión, incansable investigador del universos que le rodea, abierto al infinito en su deseo de saber, de vivir y de amar… fue por eso que nacieron los maestros…

II.
…Ya después, cometieron el pecado original de sentirse dioses… y ahí parece que seguimos…


Alta traición educativa
(Parafraseando a Jose Emilio Pacheco)

No amo la escuela
su fulgor abstracto es inasible
pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez rincones suyos
cierta gente
alumno, aulas si brillo
gises que profetizan
sueños comunes,
algunos profesores que hacen historia
y tres o cuatro libros.


Pascal tenía razón…

Indudablemente, hay razones de educación que la calificación no entiende…

domingo, 22 de noviembre de 2015

Educación de la libertad y educación emocional: Una relación estructural.




*Ponencia presentada en el X Congreso Nacional de Investigación Educativa celebrado en Mérida, Yucatán en 2009, dentro del Simposio: “Educación de la libertad y construcción del sujeto moral”.

RESUMEN:
            Sustentado en la investigación filosófica sobre la obra de Bernard Lonergan, este trabajo sostiene que la educación moral  en nuestra época debe ser una “educación de la libertad”.
            La estructura moral del ser humano está constituida por una serie de operaciones “recurrentes e interrelacionadas que producen resultados acumulativos y progresivos”, las cuales al ser realizadas en circunstancias concretas van construyendo a las personas como sujetos existenciales o morales (Lonergan, 1988).
            Esto implica que la educación moral no puede consistir en la enseñanza o inculcación  de valores ni en la “clarificación de valores” y que incluso la perspectiva del desarrollo del juicio moral de Kohlberg resulta insuficiente para formar la dimensión moral del ser humano.
            La educación moral tiene que ser una educación de la libertad, que se sustente en la exploración, ejercicio  y apropiación progresiva de las operaciones que constituyen al sujeto existencial.
            Una operación central en esta estructura moral es la que Lonergan (1999) llama “Insight” o “acto de intelección” deliberativa, cuya característica fundamental consiste en que es un “acto de cognición afectiva”, es decir, un acto de intelección que sucede en el tejido complejo de las emociones. Lo anterior implica que, como afirma Lonergan (1988: pp.   ) : “La aprehensión del valor se realiza en las emociones y no en la razón…”
            Es por ello que existe una relación estructural entre educación moral y educación emocional.
            Desde el terreno de la Psicología, Goleman (1997) afirma que la educación emocional no consiste en “agregar inteligencia a las emociones” sino en hacer que las emociones “se vuelvan inteligentes”.
            Desde el ámbito epistemológico y ético que desarrolla Lonergan, la educación emocional consistirá en facilitar los procesos por los cuales el educando vaya ejercitando de manera conciente sus operaciones morales en un tejido afectivo que se va volviendo atento, inteligente, razonable y responsable, es decir, educando su libertad.



EDUCACIÓN DE LA LIBERTAD Y EDUCACIÓN EMOCIONAL: UNA RELACIÓN ESTRUCTURAL.
“El hecho inevitable es que estamos continuamente
haciendo juicios de valor, o sea, conociendo valores
 y viviendo nuestras vidas sobre las bases de estos
 valores. Distinguimos entre buenas y malas escuelas,
 buenas y malas políticas, políticos honestos y deshonestos,
 buenas y malas acciones. Funcionamos en sociedad
 con base en estos valores…”[1]
(Cronin, 2006; p. 5)
            El problema de la educación en valores, educación moral o ética es un asunto que adquiere cada vez mayor relevancia en la educación actual. Frente a la dinámica de descomposición social que hoy se vive a nivel nacional e internacional, la sociedad exige cada vez con mayor fuerza al sistema educativo redoblar esfuerzos por formar de manera explícita, sistemática e intencionada a los educandos en una visión ética de la vida. Toda educación genera una visión ética que la genera, podríamos afirmar hoy con mayor convicción que en ninguna otra época de la historia humana. Pero: ¿Cómo puede la educación enfrentar este reto y brindar una formación ética auténtica y acorde con estos tiempos cambiantes?
            Toda ética tiene como meta la explicitación sistemática y teórica de las características y condiciones para vivir una “buena vida humana”. Esta meta se sustenta en la convicción compartida y expresada de distintas maneras en los diferentes enfoques filosóficos, de que el ser humano aspira no solamente a sobrevivir, sino a “vivir para vivir” como dice Morin (2005), a vivir conforme al “deseo de elegir bien” como dice Lonergan (1988).
            La visión ética de Lonergan parte de un hecho constatable en la experiencia de todo ser humano, del “hecho inevitable” que nos indica que estamos siempre haciendo juicios de valor y decidiendo nuestros modos de actuar en la vida, de acuerdo a esos juicios de valor que hacemos. Este hecho inevitable, pues la renuncia a hacer un juicio de valor y la elección de “lo que sea”, implica también un juicio de valor, tiene que ver con nuestro ser “estructuralmente morales” que surge del inacabamiento humano y de la necesidad de irnos construyendo de manera más o menos humana en el contexto de la realidad que a cada uno le toca vivir.
            La exploración del proceso que sigue todo sujeto humano para llegar a hacer sus juicios de valor y para tomar sus decisiones, la formulación sistemática de esta exploración es lo que sustenta la “posibilidad de la ética”, que Lonergan trata en el capítulo 18 de “Insight” (1999) y en el capítulo 2 de “Método en Teología” (1988).
La ética de Lonergan no es una ética del “deber” sino una ética del “querer”. Se trata de una ética que no surge de un “imperativo categórico” u obligación moral racional que nos indique una forma de comportarnos o un criterio que guíe de manera universal nuestro modo de actuar bajo cualquier circunstancia, a la manera del imperativo kantiano (Kant, 1993), sino de un deseo de elegir que es producto del despliegue del “eros del espíritu humano”. Por ser deseo, este dinamismo que mueve al ser humano hacia la búsqueda de valor está íntimamente ligado a la dimensión afectiva o emocional del sujeto, que es a la vez individuo-sociedad-especie como afirma Morin (2003), por lo que el “deseo de elegir bien” es tanto individual como social y cultural.
            De esto se desprende que existe una relación íntima y estructural entre educación de la libertad –que es el nombre de la educación valoral o ética que proponemos desde la visión lonerganiana (cfr. López-Calva, 2001 y 2009) y educación emocional o educación de los sentimientos.
Los sentimientos son un componente fundamental del bien humano (Lonergan, 1988: cap. 2) porque según este enfoque, la aprehensión de valor se produce en los sentimientos.  El desarrollo de los sentimientos es totalmente diferente al de las habilidades de pensamiento, que son el marco para la toma de decisiones libres y la formación valoral en otros enfoques de educación moral (Cfr. Escámez, S/F). Lonergan toma al filósofo alemán Dietrich Von Hildebrand para describir el desarrollo afectivo de acuerdo a distintos tipos de sentimientos que se mueven en el interior de todo ser humano.
            En esta tipología encontramos en primer lugar, sentimientos espontáneos que son llamados “no intencionales” por no tender hacia ningún objeto y que pueden considerarse como estados de ánimo, tales como: cansancio, mal humor, ansiedad.  Estos estados tienen causas, pero en el sujeto no existe una relación previa con la causa para llegar a producirse el sentimiento –primero nos sentimos ansiosos y luego, tal vez, podemos averiguar la causa-.
            Por otra parte, las respuestas intencionales “…responden a lo que es pretendido, aprehendido o representado” (op, cit.;p. 36), son sentimientos que nos relacionan con objetos. Dentro de las respuestas intencionales tenemos dos tipos muy diferentes: las respuestas a lo agradable o desagradable y las respuestas intencionales al valor. Los primeros, son sentimientos que nos relacionan con objetos de acuerdo a lo que empírica y espontáneamente producen en nosotros. Un objeto puede ser agradable, sensitivamente atractivo o deseable para un ser humano en ciertas circunstancias o puede ser desagradable, sensitivamente repulsivo e indeseable para el mismo sujeto en otras circunstancias o para otro sujeto con distintas preferencias. Los segundos en cambio, no son sentimientos empíricos y espontáneos sino sentimientos más elaborados y conscientes. Son respuestas afectivas que emergen en la aprehensión de valor, en el encuentro con lo que resulta “verdaderamente bueno” o “auténticamente constructivo” para el ser humano.
            “En general la respuesta al valor nos lleva al mismo tiempo,
a la auto-trascendencia y a elegir un objeto o una persona
 por causa del cual o de la cual nos trascendemos a nosotros
 mismos. Al contrario, la respuesta a lo agradable o a lo
 desagradable es ambigua. Lo que es agradable puede,
 desde luego, ser un bien verdadero. Pero sucede también
 que lo que es un bien verdadero puede ser desagradable”.
(Lonergan, 1988; p. 37)
            Los sentimientos que son respuestas intencionales a lo agradable o desagradable, por ser espontáneos y meramente empíricos, son ambiguos y pueden ser engañosos en cuanto al ámbito moral. Los sentimientos que responden al valor son en cambio mucho más sólidos en la orientación que brindan al sujeto, pues por ser sentimientos de carácter más profundo, que resultan de la aprehensión de lo auténticamente humanizante, conducen hacia la autotrascendencia moral, es decir, llevan al sujeto a trascender sus propios límites existenciales y a acceder a un grado más amplio y profundo de experiencia humana.
            El desarrollo afectivo tiene aquí su primera vía o camino heurístico, puesto que entre más desarrolle su mundo afectivo un sujeto humano, tenderá a guiar su actuación por los sentimientos que son respuestas intencionales al valor y no por aquellos que le representan lo agradable o por los estados no intencionales como la ira o la angustia.
            Como resulta evidente por el momento histórico en que vivió, Lonergan no conoció la “teoría de la inteligencia emocional” (Goleman, 1997) ni todo lo que se ha producido a partir de ella resaltando la importancia de la “educación emocional” de los seres humanos. Sin embargo, sin conocer esta teoría, está hablando de la misma realidad por la cual podemos distinguir distintos tipos de sentimientos y podemos hablar de un desarrollo de la afectividad. No se está planteando aquí, de ninguna manera, una idea de cómo la razón deba guiar, orientar o imponerse a los sentimientos para realizar acciones que resulten humanamente valiosas. Se está planteando, al igual que en la teoría de Goleman (op. cit.), que los sentimientos pueden desarrollarse y sin dejar de ser sentimientos, volverse progresivamente más inteligentes, - y en el caso de la estructura completa de la consciencia-, también más razonables y más responsables.[2] Lo anterior requiere de un esfuerzo educativo intencionado y sistemático en el que educación afectiva y educación moral están intrínsecamente ligadas.
            Una segunda vía de desarrollo de la dimensión afectiva se encuentra en la idea de Lonergan de que los sentimientos aprehenden valores que son de distinta naturaleza y pueden agruparse de acuerdo a cierta escala de preferencia. De esta manera, se plantea que podemos distinguir en orden ascendente: “valores vitales, sociales, culturales, personales y religiosos”. (op. cit. p. 36).
            Se distinguen como ejemplos de valores vitales, la salud y la fuerza, son valores relacionados con el mantenimiento de la vida biológica y psíquica. Les siguen los valores sociales, que son los valores que tienen que ver con la organización que garantice la recurrencia de los bienes para todos los miembros de una sociedad –democracia, justicia, igualdad, etc.- y un paso arriba de ellos se encuentran los valores culturales, que se apoyan en los valores vitales y sociales pero resultan superiores, pues tienen que ver con la significación y el valor que los humanos otorgan a su existencia y el modo en que expresan esto simbólicamente. Por encima de los valores culturales están los personales que están constituidos por “…la persona en su autotrascenderse, al amar y ser amada, en cuanto es fuente de valores en sí misma y en su medio…” (op. cit. pp. 37-38). Por encima de los demás valores, se encuentran los valores religiosos, que para Lonergan “…están en el corazón de la significación y del valor de la vida humana y del mundo del hombre…” (op. cit. ; p 38)
            En esta segunda vía, encontramos que el desarrollo de la “inteligencia emocional” tiene que ver con la formación diferenciada del mundo afectivo para que sea capaz de distinguir los distintos niveles de valores y situarlos en su adecuado lugar.
“…una no pequeña parte de la educación consiste en fomentar
 y desarrollar un clima de discernimiento y de gusto, de alabanza
 diferenciada y de reprobación cuidadosamente formulada, que
 ayudará a las capacidades y tendencias propias del alumno o del
 estudiante, ampliando y profundizando su aprehensión de los
valores y ayudándole en su propio auto-trascenderse.”
(Lonergan, 1988; p. 38)
Entre más desarrollemos en las aulas la capacidad de los estudiantes de trascender su espontaneidad de manera que sepan reconocer y diferenciar adecuadamente los sentimientos espontáneos –estados de ánimo, respuestas de agrado o desagrado- de los sentimientos profundos que son respuestas intencionales al valor, y puedan guiarse en sus decisiones relevantes para vivir humanamente por estos últimos, más habremos contribuido a educar su libertad, es decir, a educarlos moralmente.
            Del mismo modo, entre más finamente se desarrolle la inteligencia emocional de los estudiantes para que sean capaces de distinguir y dar su lugar a los diferentes tipos de valores en la construcción de su propia existencia, estaremos formando seres humanos, ciudadanos, miembros de una cultura, más efectivamente libres y por lo tanto, más responsables de sus propias decisiones. Este es un reto fundamental en la educación del cambio de época que hoy vivimos.




REFERENCIAS
Escámez, J. (s/f). La enseñanza de actitudes y valores. Ed. Nau llibres. Barcelona.
Goleman, D. (1997). La inteligencia emocional. México. Javier Vergara eitores.
Kant, I. (1993). Grounding for the Metaphysics of morals. On a supposed right to lie because of philantropic concerns. Translated by James W. Ellington. Hackett Publishing Co. Indianápolis. 3rd. edition.
Lonergan, B. (1988). Método en Teología. Salamanca. Ed. sígueme.
López-Calva, M. (2001). Educar la libertad. Más allá de la educación en valores. México. Ed. Trillas.
López-Calva, M. (2009). “Educación de la Libertad. Un Nuevo Acercamiento para Comprender la Relación Valores-Educación en el Contexto de Pluralidad e Incertidumbre del Mundo Actual”. En. Revista iberoamericana sobre calidad, eficacia y cambio en educación”. Vol. 7, no. 2. Aguascalientes. Ed, Red Iberoamericana de investigación sobre eficacia y cambio escolar. Cfr. http://www.rinace.net/reice/numeros/vol7num2.htm ,ISSN: 1696-4713
Morin, E. (2003). El Método V. La humanidad de la humanidad. La identidad humana. Madrid. Ediciones Cátedra.
Morin, E. (2005). O Método VI. Ética. Brazil. Editora Sulina.



[1] Traducción libre del autor, del texo publicado en inglés que dice: “The unavoidable fact is that we are continously making judgments of value, that is, knowing values and living our lives on the basis of these values. We distinguish between good and bad schools, good and bad policies, honest and dishonest politicians, good and bad actions. We function in society on the bases of these values”.
[2] Un desarrollo más detallado de esta convergencia entre la teoría de la inteligencia emocional y el planteamiento lonerganiano, puede consultarse mi obra: “Una filosofía humanista de la educación”, publicada por editorial Trillas.

Tres imágenes para el día del maestro.

*De mi columna Educación personalizante. Lado B. Mayo de 2012. 1.-Preparar el futuro, “Qué lindo era el futuro...