domingo, 7 de agosto de 2016

Educación y rebeldía





“¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero si niega, no renuncia: es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes toda su vida, de pronto juzga inaceptable un nuevo mandato…”[i]
                  A lo largo de este año el mundo ha vivido una serie de movimientos  sociales y políticos de diversa índole que empiezan a generalizarse y a tomar la forma de una gran manifestación de los ciudadanos comunes contra el sistema económico imperante y, como afirma el escritor Jorge Volpi a expresar que “…ya no podemos tolerar a los políticos que sólo se preocupan por sí mismos.” (http://www.reforma.com/editoriales/nacional/629/1257347/default.shtm )
                  Desde el 15M que comenzó por reunir a miles de españoles inconformes que acamparon por semanas en la Puerta del Sol en Madrid pasando por los movimientos de liberación de los países árabes, hasta el reciente movimiento de “occupy Wall Street”, estas expresiones de inconformidad hacia la situación de  injusticia estructural, falta de democracia real y abuso de los poderosos que exigen sacrificios a la población y recortan el gasto social mientras siguen viviendo en la opulencia, desembocaron este fin de semana en el llamado #15O, que fue la etiqueta usada en Twitter para identificar la protesta mundial que convocó a muchos miles de personas en un gran número de ciudades del planeta.
                  Es difícil predecir en qué van a desembocar estos movimientos y qué impacto puedan tener en nuestro país, sin embargo es importante  preguntarnos cuál es la relación entre educación y rebeldía. ¿Es cierto que la Educación es sólo un “aparato ideológico del estado”( http://www.elortiba.org/althus.html ) que sirve para reproducir la estructura social vigente? ¿Es posible educar para la rebeldía  y la transformación de estas estructuras injustas, como afirmaba el gran pedagogo brasileño Paulo Freire (http://www.elortiba.org/freire.html  )?  ¿Cuál sería el papel de la educación en la formación de ciudadanos capaces de rebeldía ante la injusticia y la falta de libertad?
                  Como afirma Camus, un hombre rebelde es el que dice no. En este sentido la educación tiene hoy un desafío fundamental de carácter ético, porque además de formar ciudadanos y profesionistas eficientes, con una preparación académica de calidad, tiene que formar personas con una conciencia crítica capaz de decir NO, de decir “ya basta” a un sistema socioeconómico y a una cultura basada en el hiperconsumismo de unos cuántos y en la carencia de las mayorías.
                  Pero un hombre rebelde es el que al mismo tiempo dice sí, se pronuncia en favor de una situación distinta que si bien aún no se conoce con claridad, se tiene la convicción de que es posible y el compromiso para aportar a su construcción, desde la protesta pero también desde la organización de la propuesta y la esperanza. La otra cara del compromiso ético del sistema educativo es la de la formación de ciudadanos que digan sí a esta búsqueda de alternativas para un desarrollo realmente sustentable y humanizante.
“Se comprende entonces que la rebeldía no puede prescindir de un extraño amor…El movimiento más puro de la rebeldía se corona…con el grito desgarrador de Karamázov: ¡Si no se salvan todos, para qué la salvación de uno solo!”[ii]
                  El compromiso de educar la rebeldía tiene que ver también con trascender la visión superficial que identifica rebeldía con simple oposición irracional o con activismo que busca destruir violentamente todo lo instituido. Educar la rebeldía significa educar en este “extraño amor” que se identifica con la solidaridad con los que sufren, que en la globalización abarcan ya a todo ser humano que en el planeta sea víctima de injusticia, opresión o falta de libertad. Educar para la rebeldía ante el sistema requiere educar la rebeldía para volverla una rebeldía solidaria, pacífica y creativa, capaz de vivir conforme al grito: si no se salvan todos, para qué mi propia salvación individual.
                  Para lograrlo necesitamos de una reestructuración del sistema educativo y la SEP hacia una organización de alta complejidad (http://www.pueblaonline.com.mx/index.php?option=com_k2&view=item&id=18433:la-sep-en-su-aniversario-el-mejor-regalo&Itemid=137 ) y educadores que trasciendan la visión de ser simples catalizadores del sistema –reproductores de las demandas de eficientismo y competitividad ciegas- o meras víctimas –docentes paralizados ante el sistema o meramente reactivos ante él- para convertirse en “docentes contrapunto” (http://intrigapersonal.wordpress.com/2009/04/01/hargreaves/  ) que eduquen con la calidad que exigen los tiempos, pero con una visión auténticamente crítica y rebelde que sea capaz de trascender el sistema, de decir no al mundo tal como está y decir sí a la búsqueda de un mundo alternativo.
                 


[i] Camus, A. (2003). El hombre rebelde. Madrid. Alianza Editorial. 3ª. Reimpresión. P, 21
[ii] Tomado del mismo libro de Camus, p. 353

lunes, 18 de julio de 2016

EL CAMINO A LA FELICIDAD O LA FELICIDAD COMO CAMINO.



*Mi primera colaboración en la columna Educación personalizante de Lado B en septiembre de 2011.
            A propósito del material en video de Ronald Hubbard distribuido por la SEP en Puebla y al parecer en otros estados de la república y que ha causado tanta polémica en los medios durante las semanas pasadas,  resulta necesario insistir en la reflexión sobre el tema de la educación en valores y las características que debería tener una educación moral que esté a la altura de nuestros tiempos.
            “El camino a la felicidad”, se titula esta propuesta que plantea dieciocho normas o valores a seguir en la vida para poder llegar a la felicidad que se define en la introducción como la “maximización del placer y la minimización del dolor” que es “lo que buscan todos los seres humanos”.
            Estas normas se presentan como una especie de receta que debe seguirse al pie de la letra para lograr una vida plena. Las dieciocho prescripciones van desde “cuidar la salud” –comer sanamente, cepillarse los dientes y “masticar chicle” después de cada comida (¿?), bañarse y lavarse las manos- hasta “no asesinar” –distinguiendo entre matar y asesinar- pasando por “respetar la legalidad”.
            Independientemente del análisis que se debiera hacer de las normas que conforman este código moral  –que tiene muchos elementos de una filosofía individualista liberal de acuerdo a su origen geocultural y de relativismo epistemológico que puede explicarse por la “nueva era” inserta en la posmodernidad en que vive el mundo en el siglo XXI- las preguntas clave que todo educador tendría que hacerse antes de trabajar o no con sus estudiantes este video es: ¿Existe un camino para la felicidad? ¿Este camino consiste en un código moral a seguir? ¿Quién determina cuáles son los preceptos o normas que llevarán a un ser humano a la felicidad? ¿Educar en valores en el mundo de hoy consiste en enseñar a los alumnos este u otro listado de normas o valores morales?
            La investigación educativa y el desarrollo de la ética como disciplina filosófica parecen mostrar que no. En primer lugar, que no existe un camino a la felicidad –universal y único- sino múltiples proyectos imperfectos de felicidad que dependen de cada persona, grupo o cultura. Además, que para hacer posibles estos múltiples proyectos de felicidad es necesario plantear exigencias mínimas de justicia que son la condición indispensable para aspirar a ser felices. Porque la felicidad no puede existir para unos cuantos mientras la mayoría vive sufriendo.
            En segundo lugar, que la búsqueda de la felicidad y sobre todo la búsqueda de la felicidad para los seres humanos del cambio de época en que nos encontramos no consiste en el seguimiento de un código moral o de una serie de normas o preceptos infalibles y descontextualizados sino en el saber caminar tratando de construir una vida lo más auténticamente humana posible, es decir, lo más inteligente, razonable y responsable en un mundo cuyas características distintivas son la incertidumbre y la pluralidad. Porque en el terreno moral, dice el filósofo canadiense Keneth Melchin: “podemos vivir con las respuestas correctas pero las preguntas equivocadas”, es decir, podemos tener el mejor código o listado de normas morales pero la construcción de una vida éticamente válida es algo mucho más dinámico y complejo que consiste en enfrentar los dilemas que el entorno y nuestra propia existencia nos van presentando.
            Por esto mismo finalmente, resulta claro que educar en valores en estos tiempos de crisis civilizatoria no puede ya consistir en enseñar o inculcar determinados valores o normas morales sino en facilitar procesos de introspección y diálogo a través de los cuales los educandos se autodescubran como seres estructuralmente morales, como seres que valoran y deciden en contextos de incertidumbre y pluralidad y que necesitan ir descubriendo cómo buscar la felicidad individual y colectiva tratando de cumplir las exigencias comunes de justicia que el vivir en sociedad reclama a toda persona consciente.
            Educar en valores hoy, no consiste en enseñar valores sino en promover que los alumnos vayan aprendiendo a valorar y decidir cada vez mejor en medio de situaciones dilemáticas y conflictivas.
            De este modo, más que enseñar “el camino a la felicidad” habrá que comprometerse con las futuras generaciones de mexicanos para que aprendan a vivir la felicidad como camino hacia su propia realización y hacia la humanización progresiva de la sociedad en la que viven y de la humanidad a la que pertenecen.
           

domingo, 26 de junio de 2016

Ética, política y escuela: Hacia la formación de ciudadanía planetaria.

*De la columna Educación personalizante en Lado B, Noviembre de 2011.


“No se puede aceptar la disolución de la ética en la política,
que se torna entonces en puro cinismo; no se puede soñar
 con una política al servicio de la ética. La complementariedad
 dialógica entre la ética y la política comporta dificultades,
 incertidumbre, y algunas veces, contradicción”.[1]
Edgar Morin.

            Un país prácticamente postrado ante la violencia, el abuso, la imposición de los monopolios económicos, la dictadura de la partidocracia y de una clase política cuya identidad generacional se define desde el inmovilismo y la falta de voluntad para generar las reformas urgentes que necesita el país, un país en crisis institucional severa es el México de la segunda década del siglo veintiuno.
            Pero además de la crisis institucional, ya de por sí muy grave porque se traduce en un mal estructural que se reproduce y ahonda cada día, vivimos en un país caracterizado por una profunda crisis moral, un país en el que la “ética se ha diluido en la política”, volviéndose puro cinismo que se exhibe en los discursos, en las declaraciones, en las ruedas de prensa y en los spots que nos invaden y nos invadirán cada vez más a partir de este fin de año y hasta que termine el proceso electoral del 2012.
            La situación amerita una reflexión muy seria, puesto que es necesario pensar, -muy probablemente desde movimientos ciudadanos como el de “Paz con justicia y dignidad” que encabeza Javier Sicilia (https://www.facebook.com/pages/Movimiento-por-la-Paz-con-Justicia-y-Dignidad/124809987605763), el de los indignados que está empezando a surgir a partir del ejemplo del 15M, los acampados en la plaza del Sol (http://alt1040.com/2011/06/movimiento-15m) y el “occupy Wall Street”( http://occupywallst.org/)-, en estrategias para que la ética vuelva a la política, porque si bien es cierto que no pueden confundirse, la ética y la política se requieren mutuamente en un círculo dialógico como afirma Morin.
            En efecto, las grandes finalidades éticas necesitan de estrategias políticas para lograr ser instrumentadas como la política necesita de un mínimo de ética para poder con su finalidad de gestión del bienestar colectivo.
            Es así que una ética para el siglo XXI debe ser simultáneamente, como afirma el mismo autor, una autoética –una ética del cuidado de uno mismo y de nuestros seres cercanos-, una socioética –una ética de construcción política del bienestar colectivo- y una antropoética -una ética del cuidado de la especie humana como parte del ecosistema planetario-.
“Necesitamos crear instancias planetarias capaces de enfrentar los problemas vitales y de trabajar para la confederación y la democracia planetarias”[2] al mismo tiempo que creamos instituciones sociales sólidas y democráticas al interior de nuestro país y construimos responsablemente una existencia personal y familiar que apunte hacia aquello que es verdaderamente humanizante.
            Para la creación de las instancias planetarias y de las instituciones sociales es indispensable la relación ética-política, que también está presente sin duda en la construcción personal y familiar si se entienden las personas y las familias como partes inseparables de este todo social y planetario.
            Pero la escuela parece partir de una visión reduccionista y simplificadora en sus esfuerzos de formación valoral. Si analizamos los programas de formación en valores y los enfoques didácticos para la educación moral que se utilizan en los planes de estudio de nuestras instituciones educativas, podemos comprobar que la formación moral se entiende únicamente desde la autoética y desafortunadamente, desde una perspectiva neoconservadora en que la autoética consiste en el aprendizaje y la práctica de ciertas normas o valores considerados como universales y enseñados de manera dogmática.
            Es muy escasa la formación de una socioética y de una antropoética en el sistema educativo, porque implica una formación política de los educandos que quizá es aún considerada como peligrosa para el mantenimiento del statu quo.
            Sin embargo la formación valoral desde una visión compleja que incluya las tres dimensiones citadas y que apunte, desde una formación de conciencia política –entendida esta formación en un sentido no partidista sino cívico y pluralista- hacia la formación de ciudadanía planetaria para la democracia local y global, resulta impostergable si queremos salir de esta profunda crisis ético-política o político-ética que está llevando al país y al mundo entero hacia una degradación cada vez más profunda del tejido social y a un deterioro progresivo de la convivencia humana.
            Ojalá los educadores, directivos, investigadores, padres de familia y la sociedad toda caminemos en la línea de generar un cambio de perspectiva en la formación valoral desde una ética compleja y pongamos las condiciones para una reforma profunda de la ética en la educación y de la educación ética confiando en que como afirma también Edgar Morin: “En las situaciones de crisis hay al mismo tiempo, degeneración y regeneración ética”[3].





[1] Morin, E. (2005). O Método VI. Ética. Brazil. Editora Sulina. P. 80
[2] Op. Cit. P. 169
[3] Op. Cit. P. 85

lunes, 13 de junio de 2016

XXXIV.-El arte que convierte, la pregunta que interpela, la pascua que celebra.





*Fragmento de mis memorias de la experiencia en Boston en el año académico 1997-1998.
           
            Quizá fue uno de los oficios religiosos más impactantes de cualquier jueves santo que yo haya vivido...pero no fue en ninguna iglesia sino en una sala de conciertos. Quizá fue una de las preguntas que más me han hecho reflexionar sobre mi fe...pero no fue hecha por un teólogo sino por un niño. Quizá fue una de las pascuas que más he disfrutado...pero no fue solamente el hecho religioso sino el símbolo cultural que contagia.
            Jueves santo, siete treinta de la noche, simphony hall. El día anterior había yo asistido al ensayo abierto, salí impactado y me sirvió para prepararme espiritualmente para el concierto formal. Pensé que sería como un verdadero oficio religioso...si yo estaba abierto a recibir el mensaje estético pero también su contenido trascendente. “La pasión según San Mateo” de J.S. Bach, interpretada por la sinfónica de Boston conducida por el impactante Seiji Ozawa, asistí con Gaby y con Mario, temía que ellos no estuvieran en sintonía y que se aburrieran, la obra es larguísima, casi tres horas y es cantada toda en alemán. Nos dan programas de mano con traducción al inglés para seguirla...inicia el concierto...la estructura va narrando textualmente los capítulos en los que Mateo cuenta la pasión de Cristo pero con partes intermedias en las que la persona creyente en voz de los solistas va reflexionando cada paso y la fe colectiva representada por un coro va haciendo lo propio. Casi tres horas de desarrollo, una contralto brillante, un coro extraordinario, los demás solistas también excelentes...Es toda una experiencia para mí, Gaby y Mario la disfrutan también muchísimo, no hay cansancio sino un extraordinario sabor de boca al final, un haber sido tocados por el talento de Bach, contagiados de solemnidad, de dolor, de esperanza...El silencio al momento en que narran que Jesús expira es impresionante, todos estamos dentro...
            La pregunta es muy simple: misa de domingo de resurrección, en la homilía el padre dice que un niño -lo llama por su nombre y le pide que se levante para que lo veamos- de doce años, le preguntó el viernes durante el via crucis: ¿Por qué los judíos tienen un Dios poderoso y grande y nosotros creemos en un Dios débil y sufriente que fue mandado a crucificar entre los ladrones? La homilía giró en torno a la respuesta, al final el padre le agradeció al niño por habernos ayudado a pensar en eso. Me quedé pensando en cuantos sacerdotes en Puebla habrían no solamente permitido que un niño interrumpiera el via crucis con una pregunta “tan simple” sino tomado en cuenta la pregunta, organizado la homilía en torno a ella y dado las gracias públicamente a ese niño por haberla hecho. Pero me quedé pensando sobre todo en la pregunta y en lo paradójica que es nuestra fe, siempre a contracorriente de lo que al mundo le parece lo importante, lo destacable, lo obvio. Un Dios dócil y sufriente pero a la vez fuerte y digno porque acepta ese final con toda responsabilidad, porque la acepta por amor a nosotros -aún a ese conocido de Luis que dice que “Jesus gave his life for somedy else, not for me”- por amor a ese padre que ha creado todo, por amor a esa búsqueda humana que termina en el reencuentro con él. Un Dios paradójico sin duda para los criterios humanos: ¿por qué nació pobre y en un pueblo esclavo del imperio romano? ¿por qué no nació romano o aún mejor gringo del siglo veinte? ¿por qué no fue gran empresario, líder político de nuestro tiempo, basketbolista ídolo de multitudes, profesor de Economía en Harvard? ¿Qué implica eso para mí?
            Todo eso me dejó pensando la pregunta “simple” de ese niño. La enorme paradoja que significa aceptar a ese Dios en nuestra propia vida, la implicación de ello que nos hace quizá tener que brillar menos pero dar más calor, ser menos eficientes pero más efectivos, ser más humildes pero a la vez más importantes para la obra de humanización del mundo por el amor.
            Eso es en el fondo la pascua: la celebración del triunfo de una vida a contracorriente, el gozo de la derrota de la muerte no por la ciencia, por la tecnología o por el poder sino por el amor, la búsqueda de criterios más humanos, la crítica a lo establecido, el testimonio sencillo que hace temblar a todo un sistema. El triunfo de ese reino que no es de este mundo pero empieza aquí, en la lucha cotidiana.
            Es por ello que nos llamó la atención la celebración de la Pascua. El poder del símbolo que trasciende el templo y llega a la vida cotidiana hace sin duda que esta celebración se mucho mayor y más notable que en México, quizá también esa cultura que hace que ellos celebren más el triunfo de la resurrección que la aparente derrota de la cruz, en eso somos más trágicos y sufrientes como cultura. Pero aquí la pascua es en grande, es quizá junto con Thaksgiving, el día más importante del año en cuanto a reunión de toda la familia. Lo notamos al entrar al templo, gran número de visitantes, cambio en el vestuario (todos vestidos como de “domingo”, elegantes, muchos de corbata y saco, de fiesta pues), familias completas donde normalmente hay más gente sola o parejas mayores sin los hijos, etc. La celebración continuó al terminar la misa afuera con la búsqueda de los huevos de pascua (el “egg roll”) por los niños, globos con la leyenda: “Jesus ha resucitado, aleluia!!” y café y galletas para todos...Una fiesta importante que hace que incluso el comercio cierre...y para que aquí el comercio cierre...
            Comentaba con Gaby la importancia de que haya símbolos especiales de esa fecha para que se resalte y no se asista a una misa más: el easter bunny, los huevos de pascua, los globos, etc. cosas simples pero que van haciendo que los niños tengan un sentimiento especial ante esa celebración y los grandes evoquen esos sentimientos y participen en la fiesta de manera especial.
            Una semana santa diferente, otros signos movieron sin duda mi interioridad, revitalizaron eso que a veces se vuelve rutina o incluso tedio o rebeldía...

domingo, 5 de junio de 2016

Ética, política y escuela: Hacia la formación de ciudadanía planetaria.



*Una de las primeras entregas de Educación personalizante en Lado B, hace ya casi cinco años.

“No se puede aceptar la disolución de la ética en la política,
que se torna entonces en puro cinismo; no se puede soñar
 con una política al servicio de la ética. La complementariedad
 dialógica entre la ética y la política comporta dificultades,
 incertidumbre, y algunas veces, contradicción”.[1]
Edgar Morin.

            Un país prácticamente postrado ante la violencia, el abuso, la imposición de los monopolios económicos, la dictadura de la partidocracia y de una clase política cuya identidad generacional se define desde el inmovilismo y la falta de voluntad para generar las reformas urgentes que necesita el país, un país en crisis institucional severa es el México de la segunda década del siglo veintiuno.
            Pero además de la crisis institucional, ya de por sí muy grave porque se traduce en un mal estructural que se reproduce y ahonda cada día, vivimos en un país caracterizado por una profunda crisis moral, un país en el que la “ética se ha diluido en la política”, volviéndose puro cinismo que se exhibe en los discursos, en las declaraciones, en las ruedas de prensa y en los spots que nos invaden y nos invadirán cada vez más a partir de este fin de año y hasta que termine el proceso electoral del 2012.
            La situación amerita una reflexión muy seria, puesto que es necesario pensar, -muy probablemente desde movimientos ciudadanos como el de “Paz con justicia y dignidad” que encabeza Javier Sicilia (https://www.facebook.com/pages/Movimiento-por-la-Paz-con-Justicia-y-Dignidad/124809987605763), el de los indignados que está empezando a surgir a partir del ejemplo del 15M, los acampados en la plaza del Sol (http://alt1040.com/2011/06/movimiento-15m) y el “occupy Wall Street”( http://occupywallst.org/)-, en estrategias para que la ética vuelva a la política, porque si bien es cierto que no pueden confundirse, la ética y la política se requieren mutuamente en un círculo dialógico como afirma Morin.
            En efecto, las grandes finalidades éticas necesitan de estrategias políticas para lograr ser instrumentadas como la política necesita de un mínimo de ética para poder con su finalidad de gestión del bienestar colectivo.
            Es así que una ética para el siglo XXI debe ser simultáneamente, como afirma el mismo autor, una autoética –una ética del cuidado de uno mismo y de nuestros seres cercanos-, una socioética –una ética de construcción política del bienestar colectivo- y una antropoética -una ética del cuidado de la especie humana como parte del ecosistema planetario-.
“Necesitamos crear instancias planetarias capaces de enfrentar los problemas vitales y de trabajar para la confederación y la democracia planetarias”[2] al mismo tiempo que creamos instituciones sociales sólidas y democráticas al interior de nuestro país y construimos responsablemente una existencia personal y familiar que apunte hacia aquello que es verdaderamente humanizante.
            Para la creación de las instancias planetarias y de las instituciones sociales es indispensable la relación ética-política, que también está presente sin duda en la construcción personal y familiar si se entienden las personas y las familias como partes inseparables de este todo social y planetario.
            Pero la escuela parece partir de una visión reduccionista y simplificadora en sus esfuerzos de formación valoral. Si analizamos los programas de formación en valores y los enfoques didácticos para la educación moral que se utilizan en los planes de estudio de nuestras instituciones educativas, podemos comprobar que la formación moral se entiende únicamente desde la autoética y desafortunadamente, desde una perspectiva neoconservadora en que la autoética consiste en el aprendizaje y la práctica de ciertas normas o valores considerados como universales y enseñados de manera dogmática.
            Es muy escasa la formación de una socioética y de una antropoética en el sistema educativo, porque implica una formación política de los educandos que quizá es aún considerada como peligrosa para el mantenimiento del statu quo.
            Sin embargo la formación valoral desde una visión compleja que incluya las tres dimensiones citadas y que apunte, desde una formación de conciencia política –entendida esta formación en un sentido no partidista sino cívico y pluralista- hacia la formación de ciudadanía planetaria para la democracia local y global, resulta impostergable si queremos salir de esta profunda crisis ético-política o político-ética que está llevando al país y al mundo entero hacia una degradación cada vez más profunda del tejido social y a un deterioro progresivo de la convivencia humana.
            Ojalá los educadores, directivos, investigadores, padres de familia y la sociedad toda caminemos en la línea de generar un cambio de perspectiva en la formación valoral desde una ética compleja y pongamos las condiciones para una reforma profunda de la ética en la educación y de la educación ética confiando en que como afirma también Edgar Morin: “En las situaciones de crisis hay al mismo tiempo, degeneración y regeneración ética”[3].





[1] Morin, E. (2005). O Método VI. Ética. Brazil. Editora Sulina. P. 80
[2] Op. Cit. P. 169
[3] Op. Cit. P. 85

domingo, 29 de mayo de 2016

La docencia: ¿Chamba, vocación o profesión?



            Si bien es cierto que la responsabilidad de la pésima calidad de nuestra educación no es exclusiva de los profesores, resulta indudable que el camino para lograr una mejor educación que contribuya a construir una mejor sociedad pasa inevitablemente por una política de profesionalización docente.
            Porque a pesar de tener ya el nivel de licenciatura, la carrera docente no está todavía socialmente reconocida al mismo nivel que otras carreras como el Derecho, la Medicina o la Ingeniería. Prevalece aún la visión de que se trata de algo que se estudia cuando no se tiene acceso a una universidad por razones económicas o culturales, como una actividad de orden menor en cuanto a estatus, aun cuando los discursos políticos hablen de la “gran relevancia” de los profesores para la construcción del país.
            Se habla a menudo de la profesión docente como un “apostolado” pero esto implica muchas veces una valoración menor a la de otras profesiones, pues supone una especie de altruismo y generosidad que no se atribuye en general a las profesiones, a las que se les mira como actividades de alta competitividad y calidad orientadas a obtener ingresos económicos por parte de quienes las ejercen.
            Augusto Hortal (2002;p. 51)[1] dice que las profesiones son: “Aquellas actividades ocupacionales: a) en las que de forma institucionalizada se presta un servicio específico a la sociedad, b) por parte de un conjunto de personas (los profesionales) que se dedican a ella de forma estable, obteniendo de ellas su medio de vida, c) formando con los otros profesionales (colegas) un colectivo que obtiene o trata de obtener el control monopolístico sobre el ejercicio de la profesión  y d) acceden a ella tras un largo proceso de capacitación teórica y práctica, de la cual depende la acreditación o licencia para ejercer dicha profesión”  
            A la luz de esta definición, la docencia no es aún una profesión plena, puesto que cumple con los dos primeros requisitos pero no cumple plenamente con los dos últimos. Respecto al tercero de ellos, es evidente que existe un colectivo –el SNTE- que en los hechos tiene solamente el control monopolístico del ejercicio en la educación preescolar y primaria, pero se trata de un control que se ejerce más sobre los maestros que desde los maestros como colectivo democrático.
            En lo relativo a la última condición, los docentes del país no acceden al ejercicio profesional “después de un largo proceso de capacitación teórica y práctica, de la cual depende la acreditación o licencia para ejercer dicha profesión”, puesto que los docentes de educación básica requieren de este largo proceso formativo –cuya calidad es muy cuestionable- pero para ejercer como docente en los demás niveles, a partir de la secundaria, basta con tener una licenciatura en cualquier área disciplinar.
            Lo anterior no quiere decir que aquí se proponga extender el monopolio de la formación normalista hacia los demás niveles educativos puesto que muchos de esos licenciados en otras áreas del saber son mejores docentes que los formados específicamente para la enseñanza. Lo que se requiere es un replanteamiento profundo de ese “largo proceso formativo” para que la acreditación o licencia para ejercer la profesión del magisterio sea realmente de nivel profesional universitario y garantice que quien obtiene esa licencia está verdaderamente capacitado para hacerlo de manera seria, sólida, sistemática y eficiente.
            Además de este proceso urgente de reestructuración que le otorgue a la docencia el verdadero estatus de profesión, equivalente al de cualquier otro campo y con las condiciones de colegialidad, evaluación y acreditación que en otras profesiones se tienen, el caso de la docencia requiere de vocación.
            Hansen menciona que: “Vocación es un trabajo o actividad que tiene un valor social y provee al sujeto que la realiza un sólido significado personal”[2], es decir, una actividad profesional en la que el sujeto profesional realiza un verdadero y eficaz aporte a la sociedad y descubre cotidianamente en ese ejercicio, elementos para su realización personal.
            Lo anterior implica como base la profesionalidad. Tener vocación para la docencia no es un asunto de buena voluntad y “apostolado” exento por ello de las exigencias de calidad y acreditación que se piden a cualquier otro profesional. Por el contrario, la vocación docente exige como base una profesionalidad y es un elemento adicional que enriquece esta profesionalidad, pero no la sustituye.
            En el momento en que la sociedad y los mismos docentes dejemos de ver la vocación docente como un sustituto de la profesionalidad y asumamos que esta vocación tiene como condición de posibilidad la alta calidad profesional, podremos aspirar a mejorar el estatus de la docencia. El primer paso sin embargo, es que sociedad y profesores dejemos de asumir que la docencia es una chamba”, una forma de ganarse la vida a la que puede accederse comprando o rentando una plaza o reprobando un examen de oposición.
           




[1] Hortal, A. (2002) Ética General de las Profesiones, Bilbao, España: Desclée De Brouwer, S. A.

[2] Hansen, D. (1995). The call to teach. New York. Teachers college press/Columbia University.

lunes, 23 de mayo de 2016

¿Sabines o no Sabines?



*Otro fragmento de mi libro: Aquí quiero yo verlos. La lucha y la danza en las aulas. Publicado por la Ibero Puebla en 1999.



“Como ahora no hay maestros ni alumnos, el alumno preguntó a la pared: ¿Qué es la sabiduría? Y la pared se hizo transparente.”
Jaime Sabines. Cómo pájaros perdidos.

I.
Como ahora no hay certezas
ni claridades, el alumno
preguntó al maestro:
¿qué es la verdad? …y el
maestro se hizo invisible.

II.
Como ahora no hay verdad
sino “verdades” a la medida,
el maestro preguntó al
alumno:
¿qué es la verdad? …y el
alumno contestó: ¡Presente!

III.
Como ahora no hay paredes
transparentes, el maestros
preguntó al alumno:
¿qué es la verdad? Y el
alumno respondió:
“lo que viene en el examen”.

IV.
Como ahora no hay razones
sino sensaciones, el maestro
preguntó al alumno:
¿qué es la verdad? Y el alum-
no respondió: “lo que yo siento”.

V.
Como ahora no hay cues-
tiones sino calificaciones, el
maestro preguntó al alumno:
¿qué es la verdad? …y el
alumno respondió: “lo que
usted diga… (mientras dure
su materia)”.

VI.
Como ahora no hay maestros
sino enseñantes, el alumno
preguntó al maestro:
¿qué es la verdad? Y el maes-
tro contestó: “eso no viene
en el programa del curso”.

VII.
Como ahora no hay
preguntas sino disciplina, el
alumno preguntó al maestro:
¿qué es la verdad? Y el
maestro dijo: “¡silencio!,
repitan comigo…”

domingo, 15 de mayo de 2016

Creer para ver. A propósito del día del maestro.




I
El diario Reforma publicó el domingo pasado una nota donde da cuenta de los resultados de la Encuesta Nacional de Educación Básica 2013 del Instituto de Fomento e Investigación Educativa (IFIE).
Uno de los elementos que llama la atención de dichos resultados, es que muestran que los profesores mexicanos “tienen poca fe en sus alumnos”.
Según la encuesta referida en esta nota, seis de cada diez docentes mexicanos de primaria y secundaria de escuela pública consideran que sus alumnos cuando mucho llegarán a estudiar hasta la secundaria. Datos de la misma encuesta revelan que cinco de cada diez profesores de la misma muestra piensan que sus hijos llegarán a estudiar una licenciatura, porcentaje que tampoco muestra un alto grado de confianza.
Estos resultados nos muestran a un magisterio desmoralizado frente al futuro de sus estudiantes, un profesorado que ha perdido la confianza en que sus alumnos puedan desarrollarse y construir una trayectoria escolar exitosa que los lleve a concluir una licenciatura o incluso un posgrado. Los docentes no creen en sus alumnos y esa expectativa negativa produce un “efecto de profecía cumplida”, es decir, el docente no espera nada de sus estudiantes y actúa frente a ellos en el aula transmitiéndoles este pesimismo, condenándolos a hacer realidad el fracaso escolar que está profetizando.
Educar implica “creer para ver”. Si un profesor no cree en el potencial de desarrollo humano y profesional de sus estudiantes será mucho más improbable que pueda promover en ellos este potencial y por ende resultará prácticamente imposible que llegue a ver resultados positivos de su labor.
II
Comparto en twitter la liga a esta nota periodística y una persona me responde: “¿Y la fe se los alumnos a los profesores existirá? ¿Y de los exalumnos y padres de familia también existirá ?” Desafortunadamente, le contesto, creo que esa fe tampoco existe. Los alumnos tampoco muestran hoy mucha fe en sus profesores y los exalumnos y padres de familia tampoco aportan con sus comportamientos elementos para concluir que tienen fe en los profesores que tuvieron y en los docentes que están ahora educando a sus hijos.
Festejamos esta semana en México el día del maestro y lo hacemos en un contexto en el que la imagen y el estatus de los docentes en nuestra sociedad se encuentran cada vez más deteriorados. Los resultados de la muy deficiente calidad de los aprendizajes de nuestros niños y jóvenes de escuelas públicas y privadas en el contexto nacional e internacional, las constantes huelgas, paros, plantones y manifestaciones de las organizaciones magisteriales oficiales o disidentes, las muestras de acciones cada vez más violentas por parte de los profesores que se oponen a la reforma educativa en Guerrero o de los normalistas de Michoacán y muchos otros elementos han ido contribuyendo a que la sociedad crea cada vez menos en los educadores.
Educar implica “creer para ver”. Si los padres de familia, los empresarios, los medios de comunicación no creemos en nuestros docentes y en su capacidad y compromiso para formar a las nuevas generaciones estaremos también contribuyendo al “efecto de profecía cumplida” y será cada vez más difícil observar un mejoramiento en los resultados de la calidad educativa en nuestra sociedad.
III
 “Una de las causas por las que los maestros consideran que su labor no es efectiva, y por tanto sus alumnos no llegarán muy lejos, es porque los maestros han estado abandonados”, refirió Milagros Fernández, directora del IFIE en la entrevista concedida a este diario para comentar los resultados de la encuesta. En efecto, según los datos recabados en este estudio, un 37 por ciento de los docentes no recibe retroalimentación, ni del asesor técnico pedagógico, ni del supervisor de la zona escolar. Además de ello, el 33 por ciento señaló que es poco frecuente que los profesores en la escuela observen y discutan la práctica docente de otro maestro.
En efecto, una de las múltiples causas de que los maestros no crean en sus alumnos y piensen que no llegarán muy lejos estriba en el abandono en que se encuentran en su labor cotidiana. El sistema educativo que tenemos fue construido en la lógica de control burocrático y vigilancia política que requería la estructura corporativista del partido único en el poder y no con la finalidad de un seguimiento y retroalimentación académica de los profesores.
Lo anterior implica que los supervisores escolares actúen generalmente, salvo contadas excepciones, como “inspectores” que vigilan la asistencia y participación en actividades de la secretaría y el cumplimiento de la entrega de documentación y demás requisitos burocráticos y no como facilitadores de oportunidades de mejora para los docentes de las escuelas que están bajo su coordinación. El asesor técnico pedagógico tiene en esta lógica un papel de asistente administrativo del supervisor y no ejerce generalmente labores auténticas de asesoría técnica y pedagógica.
Pero lo más grave de esta situación, consecuencia en parte de este abandono académico, en parte del deterioro de la imagen social y en parte también de la propia pasividad y rutina que envuelve con facilidad el trabajo docente cotidiano es que los docentes no creen que sus alumnos llegarán muy lejos porque “consideran que su labor no es efectiva”, es decir, porque en el fondo los profesores no creen en su propio trabajo, no creen en sí mismos como factores reales de cambio en las condiciones de vida de sus estudiantes y no consideran que su labor tenga relevancia e impacto real en la sociedad que hoy vivimos.
Educar implica “creer para ver”. Si los docentes no creen en su propia labor, si no creen que su trabajo pueda tener impacto para transformar la sociedad injusta, desigual, excluyente, intolerante, violenta y corrupta en que hoy vivimos, será prácticamente imposible que lleguen a ver resultados del trabajo que realizan cotidianamente.
IV
“Y sin embargo, yo fui tal como ustedes,
joven, lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras del diamante:
Aquí me tienen hoy
Detrás de este mesón inconfortable,
Embrutecido por el sonsonete
De las quinientas horas semanales.”
Y sin embargo, yo fui tal como ustedes, podrán decir muchos maestros cansados por los años, atrapados por la rutina, encerrados en la chamba. Yo fui tal como ustedes y tuve ideales, pero estoy ahora aquí, embrutecido por el sonsonete que yo mismo he creado y que no he tratado de modificar, por el sonsonete en el que me ha metido un sistema educativo corporativo y burocrático centrado en el control político y no en el desarrollo educativo, por el sonsonete en que me ha metido una sociedad que exige docentes de alta calidad pero obstaculiza su labor de muchas maneras.
Como dice Hansen (1995), la docencia es una de las profesiones donde es clave la persona que la ejerce. En muchas profesiones basta con tener a cualquier persona que sepa los procesos, los pasos, el manejo de las máquinas. En la docencia hay siempre una relación interpersonal, una relación entre visiones del mundo y proyectos de vida, y cuando el proyecto de vida del profesor está marcado por la desmoralización, lo único que podrá comunicarse es desánimo y desesperanza.
Pero si el docente está continuamente cuidando y desarrollando su vocación, es decir, tratando de que su práctica cotidiana le siga aportando, en términos del mismo Hansen: elementos de desarrollo personal y profesional y compromiso con la transformación social, entonces será un docente que crea en sí mismo y en sus estudiantes y con ello irá recuperando la fe de los mismos estudiantes, de los padres de familia y de la sociedad en su conjunto.
 Mi deseo para este día del maestro es que los docentes, los estudiantes, los padres de familia y toda la sociedad volvamos a creer en lo que expresa la frase de Henry Brooks Adams ”Los profesores afectan a la eternidad; nadie puede decir donde se termina su influencia” . Felicidades.

domingo, 8 de mayo de 2016

Del Eclesiastés a la educación



*Fragmento de mi libro: Aquí quiero yo verlos. La lucha y la danza en las aulas. Publicado por la Ibero Puebla en 1999.


a Gabriel Anaya Duarte S.J.

“para todo hay una estación y hay un tiempo
para cada cosa bajo el cielo… “
(3, 1-9)


Un tiempo para nacer y un tiempo para
morir…
Un tiempo para crecer y un tiempo para
profundizar…
Un tiempo para sembrar preguntas
inquietudes y deliberaciones, y un tiempo
para cosechar hombres que sienten, piensan
y viven humanamente…
Un tiempo para destruir los viejos prejuicios
y la apatía, y un tiempo para construir la
comprensión del universo y el interés por
seguirlo conociendo.
Un tiempo para llorar por los problemas y las
frustraciones de los alumnos, y un tiempo
para reír por sus logros, sus satisfacciones y
su testimonio de vida…
Un tiempo para separar los elementos de la
realidad y un tiempo para unirlos en visiones
comprensivas…
Un tiempo para ganar en experiencias y
reconocimientos, y un tiempo para perder por
errores e incomprensiones…
Un tiempo para conservar los valores auténticos
de nuestra herencia, y un tiempo para buscar y
descubrir nuestros valores…
Un tiempo para callar y esperar a que surja la
inteligencia del grupo, y un tiempo para hablar
y orientar la búsqueda de inteligencia de los
estudiantes…
Un tiempo para amar a los estudiantes hasta la
entrega incondicional y un tiempo para odiar
todo lo que les impide abrirse a su propio
desarrollo…
Un tiempo para la guerra contra los prejuicios
y las injusticias, y un tiempo para la paz que
educa en el amor…
Un tiempo para planear y un tiempo para
testificar lo planeado... un tiempo para facilitar
el aprendizaje, y un tiempo para evaluar los
frutos…

Tres imágenes para el día del maestro.

*De mi columna Educación personalizante. Lado B. Mayo de 2012. 1.-Preparar el futuro, “Qué lindo era el futuro...