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domingo, 11 de enero de 2015

Educación y tolerancia




Publicado en: E-consulta, 26 septiembre 2006


Uno de los grandes valores emergentes en la sociedad del siglo XXI es sin duda el de la tolerancia. La búsqueda de una ética global, de la “Etica planetaria” que plantea Edgar Morin, parece dejar claro que uno de los pilares sobre los que se debe sustentar la convivencia humana en un mundo cada vez más plural es precisamente el valor de la tolerancia.

Los tiempos que corren en México y en el mundo, tiempos de polarización y de una fuerte tendencia a reducir los fenómenos y guiar los comportamientos por criterios de simplicidad y maniqueísmo – “buenos contra malos”, “libertarios contra terroristas”, “izquierda contra derecha” - parecen subrayar contundentemente la centralidad de la tolerancia para promover una convivencia humana ya no digamos constructiva y fraterna sino simplemente sostenible y no autodestructiva.

Si aceptamos lo anterior, podemos estar de acuerdo también en que su progresiva instauración en el imaginario colectivo y en la vivencia social requiere de un esfuerzo serio y decidido por educar a las nuevas generaciones en la tolerancia y para la tolerancia.

En efecto, se escucha y se lee cada vez más en el medio educativo internacional, nacional y local que las instituciones educativas y los profesores deben enfocar sus esfuerzos hacia la educación para la tolerancia con miras a un mejor comportamiento moral individual y una convivencia cívica constructiva.

Sin embargo, si queremos realmente educar en la tolerancia y educar para la tolerancia, tendríamos antes que nada que construir un significado más o menos claro y más o menos compartido sobre ¿Qué significa la tolerancia?

Porque como todo valor emergente, la tolerancia es un término que se acepta y se promueve pero que no tiene aún un significado claro entre nuestros profesores o padres de familia.

Por ejemplo, se puede entender fácilmente de manera equívoca, que tolerar a alguien es soportarlo pasivamente, es decir, dejarlo ser y dejarlo expresarse con cierta molestia resignada de nuestra parte y sin interesarse realmente en escucharlo o en poner atención a sus ideas y acciones. Otra manera posible pero también falsa de entender la tolerancia consiste en pensar que tolerar es ser indiferente frente al otro, frente al que es o piensa distinto. En esta concepción cae muchas veces nuestro comportamiento ciudadano en el que el individualismo parece estar a la orden del día: yo tolero al otro, quiere decir muchas veces, dejo que actúe y piense cómo le dé la gana siempre y cuando no me afecte y me deje también a mí, pensar y actuar como yo quiera.

Tolerar se vuelve entonces una actitud cerrada y evasiva que podría sintetizarse en la frase: “Ni ellos se meten connmigo ni yo me meto con ellos”.

Pero si pensamos en la tolerancia como un valor: ¿Podríamos decir que la tolerancia puede ser entendida como simple resignación o como indiferencia hacia el otro? ¿Cómo podría la tolerancia entendida de esta manera, ayudarnos a construir una mejor sociedad?

Retomemos a Morin y veamos cómo una ética planetaria tendría que construirse sobre una base de tolerancia entendida de una manera radicalmente distinta. Este influyente pensador francés contemporáneo nos plantea una definición de tres niveles:

-La primera tolerancia consiste en estar plenamente convencidos del derecho del otro a ser, pensar y actuar de manera distinta a la mía, a la manera en que Voltaire afirmaba: “puedo no estar de acuerdo con tus ideas, pero defenderé hasta la muerte el derecho que tienes de expresarlas”.

-La segunda tolerancia es la que debe estructurar la vida democrática y trasciende la definición anterior, porque no solamente acepta el derecho a la diferencia sino que tiene la convicción de que para que exista una sociedad verdaderamente democrática “es deseable que existan” grupos y sectores que piensen y vivan de distinta manera y que sean capaces de poner en diálogo estas diferencias.

-La tercera tolerancia, que es todavía más retadora, es aquella en que no solamente se acepta el derecho a la diferencia y se busca este disenso dialogado para construir una sociedad democrática sino que se está plena y profundamente convencido de que “hay una verdad en la idea antagónica a la nuestra y esa verdad debe respetarse”, al modo en que Niels Böhr afirmaba que: “lo contrario de una idea profunda es otra idea profunda”.

Una educación en y para la tolerancia que nos lleve a construir un mejor país en medio de la polarización actual, tiene que partir de la reflexión seria y el convencimiento profundo de estas tres tolerancias. Pero esto implica un esfuerzo serio de apertura generosa al otro: ¿Estaremos dispuestos a hacerlo?

lunes, 3 de febrero de 2014

Hacia una educación que regenere la sociedad que la genera.




*Artículo publicado en Síntesis, 10-03-2008

"La renuncia al mejor de los mundos no es de
 ninguna manera la renuncia a un mundo mejor”.
(Morin, 2000; p. 89)[1]

            La educación genera a la sociedad que la genera, por lo tanto si se persigue la construcción de una sociedad-mundo que trascienda la crisis en que hoy vive la especie humana, es necesario trabajar por la trans-formación de la educación. Pero para lograr esta trans-formación de la educación es necesario impulsar una trans-formación de la sociedad. 
El punto de partida central para enfrentar este reto de transformación, se sustenta en la idea moriniana de que “la renuncia al mejor de los mundos no es de ninguna manera la renuncia a un mundo mejor”, con la que se refrenda que la educación, como profesión de la “organización de la esperanza” social, tiene bases para formar personas que busquen un mejoramiento progresivo de las condiciones de vida humana en el planeta, a pesar de encontrarnos en un mundo en el que se han desvanecido las utopías sociales.
Pero simultáneamente, el planteamiento de la reforma educativa en su dimensión social tiene que sustentarse en una inversión de la frase de Morin, para afirmar que: “La búsqueda de un mundo mejor no es de ninguna manera la búsqueda del mejor de los mundos”, pues la educación, como profesión de la “formación de la consciencia de reflexión crítica y libertad responsable”, tiene que superar el falso dilema entre responsividad y adaptación ciega a las exigencias del statu quo o trabajo revolucionario para la construcción de una utopía social, concentrando sus acciones estratégicas en el trabajo revolucionante para la trans-formación profunda pero progresiva de la sociedad, con la clara consciencia de que la organización social es siempre imperfecta y está en continua tensión entre elementos de progreso y de decadencia.



[1] Morin, E. (2000). La mente bien ordenada. Barcelona. Ed. Seix Barral.

Tres imágenes para el día del maestro.

*De mi columna Educación personalizante. Lado B. Mayo de 2012. 1.-Preparar el futuro, “Qué lindo era el futuro...