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domingo, 9 de marzo de 2014

Educación de la compasión. Una paradójica aportación para la búsqueda de la felicidad.



            De la clásica frase de Terencio: “Soy humano y nada de lo humano me es ajeno”, el mundo de nuestros días parece haber transitado hacia una versión totalmente contraria. En efecto, apoyados en la idea del respeto a la libertad de cada individuo y de la “tolerancia” y el respeto que se deben tener hacia los demás, los seres humanos de esta época de crisis-cambio-globalización parecen más bien responder a la sentencia: “Soy humano, sufro bastante como para tener que preocuparme por el dolor ajeno”.
            Nos ha tocado un tiempo tan complicado, tan lleno de realidades injustas, indignas e indignantes, dolorosas e incomprensibles, que nuestra capacidad de asombro y nuestra sensibilidad hacia el sufrimiento humano parecen haberse diluído en una cómoda indiferencia disfrazada de respeto a la vida de los demás. Mientras a mí no me afecte lo que hace y le pasa al otro y mientras yo no afecte al otro con lo que hago o me pasa, la vida puede transcurrir con total “normalidad”.
            Pero esta manera de enfrentar la vida, de defendernos inconscientemente de la crueldad de la vida, tiene al menos dos problemas evidentes que tendrían que ser considerados. En primer lugar, que es imposible, viviendo en sociedad, que a mí no me afecte el comportamiento de los demás y que a los demás no les afecte mi propio modo de proceder. En segundo lugar, que este deseo de “no ser afectados” y de “no afectar” a los demás, se convierte en una coraza que nos aísla a todos de todos y va diluyendo las redes de cohesión y de solidaridad social.
            ¿Cómo respondemos hoy a las demandas de justicia de los más afectados por una organización social regional, nacional y mundial que es excluyente, egoísta y generadora de sufrimiento humano?
            Las respuestas parecen ir desde la simple evasión que adquiere formas de racionalización de nuestro egoísmo –“los pobres, los que sufren, tienen la culpa de lo que les pasa”- o de simple estetización cómoda de la propia vida –“esa realidad no existe, no tiene nada que ver conmigo, puesto que no soy una de las víctimas de la situación”- hasta lo que Lipovetsky[i] llama el “altruismo indoloro de masas” –“yo soy bueno y apoyo a los que sufren puesto que redondeo mi cuenta del súper y llamo para donar dinero al teletón”- mediante el cual creemos colaborar con los demás, pero en el fondo estamos simplemente curando nuestra propia conciencia y haciéndonos sentir bien a nosotros mismos.
            La educación informal –la de la casa, los medios de comunicación, los amigos, la calle- y la educación formal –la de la escuela y la universidad- refuerzan esta insensibilidad hacia el dolor ajeno y van formando generaciones de personas, de hombres y mujeres, profesionistas y ciudadanos, que crecen con una visión que busca siempre ver para sí mismos y que evitan al máximo comprometerse con la búsqueda común de bienestar, porque no se sienten verdaderamente parte de una comunidad.
            Pero como decía Ortega y Gasset: “si no salvo mi circunstancia, no me salvo yo” y la educación individualista y competitiva que estamos promoviendo, lleva en el fondo, no solamente a ahondar la injusticia social sino también a generar personas que no pueden alcanzar su propio proyecto de felicidad.
            En su libro “Aprender a vivir”, José Antonio Marina[ii] plantea la necesidad de educar en la compasión, de educar la compasión como parte de una educación que capacite a las nuevas generaciones para construir su proyecto de felicidad sobre bases sólidas. Puesto que aunque parezca paradójico –puesto que la lógica simple diría, como señala este autor que “si sufro no sólo por lo que me sucede a mí, sino también por lo que les sucede a los demás, mis probabilidades de felicidad disminuyen”- la educación de la compasión genera personas más felices, puesto que los capacita para sumarse a “una lucha mancomunada contra el dolor” y hace crecer en una dinámica positiva la relación dialógica entre lo íntimo y lo social, que son los dos ámbitos fundamentales e inseparables en los que se desarrolla toda educación y toda vida humana.
            Educar la compasión, educar la capacidad de “sentirse afectado por el dolor de los demás” es un desafío importante para todos los padres de familia y profesores en este “cambio de época”. Enfrentarlo con éxito implica asumir que la compasión no es simplemente un  sentimiento sino un “hábito operativo”, un talante o estilo de ser persona, lo cual significa el desarrollo de un horizonte afectivo e intelectual completamente distinto al que está desarrrollando actualmente nuestra educación orientada hacia el éxito individual, que se sustenta muchas veces en el fracaso social.

-Artículo publicado en Síntesis, 25/03/2007.

           


[i] Lipovetsky, G.  (1994). El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos. Barcelona: Anagrama
.

[ii] Marina, J. A. (2004). Aprender a vivir. Barcelona. Ed. Ariel.

lunes, 26 de agosto de 2013


OBSESIÓN, PERFECCIÓN, COMPASIÓN. 
Un texto de homenaje a GABRIEL ANAYA DUARTE S.J.

 (Este texto fue escrito y leído en un acto de celebración del padre Anaya por sus 50 años como jesuita, en septiembre de 2005).



“Entonces se sentó, llamó a los doce y les dijo:
Si alguno quiere ser el primero, que se haga el
último de todos y el servidor de todos”.
(Marcos 9, 35)



OBSESIÓN:

“La dificultad de vivir es,
paradójicamente, normal.”
M. Oraison.[1]

            Un primer vistazo a Gabriel, nos daría la impresión de que la dificultad de vivir, que es, paradójicamente, normal, no es tan normal para él sino que se le impone como un deber que hay que cumplir muy estrictamente y que por lo tanto tiene que planearse (siempre en la misma agenda que renueva sus hojas cada año y que se va trayendo por trimestres, como para no agobiarse con la visión del año completo), planearse muy detallada, minuciosa, obsesivamente.
            Ese primer vistazo, cuando todavía no hay un mayor conocimiento o interacción con él, es a veces o para algunos lo ha sido, una experiencia que produce cierto temor, distancia acaso, respeto exagerado por decir lo menos.
            Porque en la superficie uno ve la obsesión por el orden, por el rigor, por la claridad, por la brevedad y la ve como un problema, como algo que incomoda o inquieta o pone nervioso al interlocutor novato.
            Pero luego se descubre, por la fuerza del convivir cotidiano y del conocimiento que curiosamente, al menos en mi caso, es un conocimiento predominantemente afectivo a pesar de la aparente seriedad o el aspecto un tanto hosco, uno descubre digo que esas obsesiones son solamente un reflejo de algo más profundo, de una obsesión con mayúsculas: la obsesión por vivir y porque otros vivan, la obsesión por quitar obstáculos que impidan disfrutar la dificultad de vivir y hacerla disfrutable a otros y otras.

PERFECCIÓN:

“El afán de corregir el perfeccionismo lo agudiza”.
R. Peter. Etica para errantes.

            Las obsesiones en el fondo manifiestan una búsqueda de perfección, una continua insatisfacción por las fallas o los errores que pueden evitarse (por ejemplo perforar en dos lugares distintos un documento desengrapado y vuelto a engrapar). Las obsesiones de Gabriel son un anhelo de perfección quizá siguiendo el texto evangélico (“Sed perfectos como es perfecto vuestro  padre que está en el cielo” Mt. 5, 48) que cuestiona y reinterpreta Ricardo Peter en su libro: Una terapia para la persona humana.
            Como ejemplo ilustrativo alguien me contó recientemente que él es el único empleado de la universidad que apunta religiosamente (al fin sacerdote) todos los días, el número de las placas de su coche (perdón, de su Volkswagen) en el boletito del estacionamiento. Yo por supuesto, sin saber si es cierto,  lo creí (también religiosamente). Quizá por su ser físico (me refiero a su profesión de origen), esta sistematicidad y orden se han vuelto como su segunda naturaleza.
            El perfeccionismo de Gabriel también tensiona, genera nerviosismo a su alrededor, si no se comprende, genera aún cierta distancia por no querer equivocarse frente a él o en algo relacionado con él.
            Pero paradójicamente este perfeccionismo genera también ese sello por el que se le conoce, se le admira y , quizá más importante, se le quiere. Porque Gabriel es famoso por este anhelo de perfección que para mí es como un signo claro de que su deseo de infinito no le cabe en el cuerpo, de que su alma generosa, encarnada, siempre con los pies en la tierra, es una alma desbordada y desbordante que busca el infinito desde ya...HOY, HOY , HOY (para decirlo en lenguaje de moda).
            El es conciente de este perfeccionismo, es tan conciente que cuando trata de remediarlo quizás lo agudiza (querer corregir este único “defecto” lleva a buscar la perfección y así se sigue el círculo). Por eso lo vive, lo goza, lo comparte y lo reparte por toda la universidad.
            Para gozarlo y no complicarse de más, alguna vez le ha confiado a varios de nosotros, tres recetas infalibles y perfectas que yo tomé a broma al principio pero que he aplicado últimamente con excelentes resultados para mi salud emocional:
            -No hagas hoy lo que puedes hacer mañana.
            -No hagas tú lo que puedan hacer otros.
            -No hagas lo que puede quedarse sin hacer (de este último ya no me acuerdo bien, pero para poner los tres porque el tres es el número perfecto, entre que lo invento y lo recuerdo).
            Por este perfeccionismo yo me atrevería a decir sin temor a ser desmentido, que Gabriel es PERFECTAMENTE querido por toda la comunidad universitaria.

COMPASION:

“La compasión resulta – a mi manera de ver- el fundamento
mismo del comportamiento ético. Todo el acontecer ético se
mueve en el eje dialéctico “Me duele tu dolor/ no me importa
tu dolor”.
O. Pfiser en carta a S. Freud, 1930.

            Pero la obsesión y la perfección son solamente modos visibles de expresión de la compasión, que es lo que a mi modo de ver y desde la amistad que generosamente me ha regalado, puedo destacar como la verdadera forma de ser, decir y hacer que define a Gabriel Anaya.
            En el eje dialéctico que se mueve entre “me duele tu dolor y no me importa tu dolor”, Gabriel está siempre, definidamente, decididamente, ilimitadamente, obsesivamente, perfeccionistamente, del lado del “me duele tu dolor”. Desde el dolor de la comunidad en general hasta el de cada persona en particular, desde el dolor de un director que se duele de problemas que resolver, decisiones que tomar o sensaciones de soledad hasta el dolor de un académico, de una secretaria, de una persona de mantenimiento o un profesor de asignatura.
            A Gabriel le duele siempre nuestro dolor y se conmueve ante él. Le duele profundamente y le duele activamente porque siempre busca espacio (entre los múltiples pendientes apuntados en sus tarjetitas) para hablar con alguien que pueda aliviar este dolor o buscar una solución que lo mitigue.(Por supuesto cada dolor aliviado es rigurosamente borrado de la lista de pendientes en la que seguramente ya se la acumularon otros tres o cuatro. Quién le manda ser tan popular).
            Lo maravillosamente cristiano del caso, es que a Gabriel le importa siempre el dolor de los demás, incluyendo el dolor de aquéllos cuya vida es un “no me importa tu dolor” permanente. Le importa ese dolor y le duele el que haya personas a quienes no les duela el dolor del prójimo.
            La compasión es la marca, la “ventaja competitiva” de Gabriel como jesuita y por eso desfilamos todos por su cubículo, generalmente para compartir nuestros dolores, pero muchas veces también, para compartir nuestros logros y nuestras alegrías.

CON PASION:

“Todo ser humano
por el mero hecho de serlo,
merece un homenaje”.
J.L. Sampedro.

            Gabriel vive interiormente rindiendo homenaje a cada ser humano por el mero hecho de serlo y por eso cree en la gente. Pero si cree en la gente y si rinde homenaje a los humanos, es porque cree en algo más profundo y trascendente, que no es otro sino Jesús, ese “hombre en conflicto” al que se refiere Carlos Bravo S.J. en su libro, ese que entregó su propia vida porque le dolió hasta la muerte y hasta la resurrección el dolor de todos los otros existentes y por existir.
            Con verdadera pasión Gabriel vive esta fe y esta esperanza y por eso es compasivo y activo en el compromiso universitario en el que todos admiramos su rigor académico, su claridad y brillo en la expresión, su vehemencia y el testimonio que siempre muestra a alguien que está tratando de encarnar lo que enseña.
            Gabriel vive con pasión su lucha consigo mismo, su lucha con lo que nos oprime a los demás y su lucha por llevar a todos esa buena noticia que hay que anunciar en tierras de cristianos encerrados en  formas y rituales. Contra esta fe ritualista es siempre su más claro y contundente mensaje que ahora llega hasta “todo Puebla” por la radio cada mañana de los martes (siempre perfectamente en punto).
            Con pasión también goza y es capaz de ser un compañero, uno más entre nosotros en los días de clases o de trabajo, en las juntas o comités. Uno más entre nosotros, un jesuita compañero de todos, en los festejos de fin de año, compartiendo un whisky o un ron (derechos) o un baile con alguna secretaria, maestra o coordinadora. (¿Irá también ahora a abrir brecha, bailando por primera vez con alguien del equipo de rectoría? Quizá el ejemplo de Ramiro vaya extendiéndose).
            Con pasión ama a Jesús, a San Ignacio y a la ibero (no sé si en ese orden) y con pasión ha entregado por eso cincuenta años de su vida al servicio de los demás.


[1] Todas las citas , salvo la del Evangelio, están tomadas de: Peter, Ricardo. (2000). Etica para errantes. Ed. BUAP. Puebla.

Tres imágenes para el día del maestro.

*De mi columna Educación personalizante. Lado B. Mayo de 2012. 1.-Preparar el futuro, “Qué lindo era el futuro...