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lunes, 19 de diciembre de 2016

La buena y la mala




            “Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de Dios. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de salud, de suerte, de seguridad. Y luchamos por tenerlo todo. Todo menos Dios”.
José Antonio Pagola.
           
Escuchando un podcast en el que entrevistan al padre jesuita James Martin S.J. de quien mi familia y yo nos hemos vuelto fans desde hace algún tiempo, me gustó un chiste que contó durante la entrevista que le hacen y pensé que podría servir como pretexto para esta reflexión que los invito a hacer con motivo de la Navidad que se acerca y del fin de año que está a la vuelta de la esquina.
            El chiste es algo que le decía su director espiritual: “te tengo una noticia buena y una mala. La buena es que hay un Mesías, la mala es que no eres tú”.
            Me quedé pensando mucho al escucharlo porque creo que la Navidad encierra ambas noticias: la buena y la mala y creo que este año podemos centrar nuestra reflexión en este simple par de noticias.
            La buena noticia es más clara y de hecho –si no hemos sucumbido aún a la avalancha comercial, consumista y cursi de las fiestas navideñas- la celebramos cada diciembre. Porque la Navidad es la buena noticia por excelencia, la gran noticia de la Kenosis de la que habla Gianni Vattimo en su libro Creer que se cree: la noticia de que Dios siendo tan grande se debilitó para hacerse persona como nosotros y con-vivir en el mundo para invitarnos a con-vivir con él en la plenitud de un horizonte que empieza aquí y ahora pero va mucho más allá de este mundo.
            La buena noticia es que Dios se hace como nosotros, vive con nosotros y muere por nosotros pero también –y sobre todo- resucita por y para nosotros, para abrirnos las puertas hacia la eternidad. La buena noticia es que existe un Mesías, un Salvador que ha dado la vida para que todos tengamos vida plena, para que no nos conformemos con sobrevivir sino que aspiremos y trabajemos por vivir.
            Pero normalmente no celebramos tanto la mala noticia. En este horizonte en el que la mercadotecnia y la publicidad nos hacen creer que somos el centro, el principio y el fin de todo el universo, resulta muy complicado para muchos aceptar que nosotros no somos el Mesías, que nosotros no vamos a ser los salvadores, ni a lograr solos la felicidad, la realización de nuestra existencia y la transformación de esta sociedad injusta y excluyente.
            “La humildad es andar en verdad”, decía sabiamente Santa Teresa de Jesús y asumirnos con la verdad que implica la humildad sería el fruto de la meditación en la mala noticia de que nosotros no somos el Mesías, de que no somos autosuficientes, de que no tenemos la fuerza y la sabiduría para poder decidir con plenitud lo que realmente nos conviene y lo que conviene al mundo en que vivimos y que por ello somos indigentes, necesitados de los demás, creados como seres únicos e irrepetibles pero al mismo tiempo comunitarios, movidos por el deseo de amar y ser amados.
            Que esta Navidad seamos capaces de meditar profundamente sobre el significado de la buena noticia del nacimiento de Jesús, el Mesías, el Dios que se encarna y se hace como nosotros, el camino trascendente, la auténtica verdad y la vida con sentido y que a partir del mensaje que nos da el nacimiento de Cristo en nosotros podamos también reflexionar seriamente sobre la “mala noticia” que para ubicarnos en nuestra justa dimensión como seres imperfectos, necesitados, errantes, siempre en camino, siempre “ya y todavía no”, para desterrar todas nuestras actitudes de autosuficiencia, soberbia, superioridad y cerrazón a los demás que son los principales obstáculos para experimentar el amor que nos libera y nos construye, los muros que nos imposibilitan para ser capaces de “encontrar a Dios en todas las cosas” como plantea San Ignacio en los Ejercicios espirituales.
            Muy feliz Navidad a todos y un nuevo año lleno de esperanza.

domingo, 9 de marzo de 2014

Educación de la compasión. Una paradójica aportación para la búsqueda de la felicidad.



            De la clásica frase de Terencio: “Soy humano y nada de lo humano me es ajeno”, el mundo de nuestros días parece haber transitado hacia una versión totalmente contraria. En efecto, apoyados en la idea del respeto a la libertad de cada individuo y de la “tolerancia” y el respeto que se deben tener hacia los demás, los seres humanos de esta época de crisis-cambio-globalización parecen más bien responder a la sentencia: “Soy humano, sufro bastante como para tener que preocuparme por el dolor ajeno”.
            Nos ha tocado un tiempo tan complicado, tan lleno de realidades injustas, indignas e indignantes, dolorosas e incomprensibles, que nuestra capacidad de asombro y nuestra sensibilidad hacia el sufrimiento humano parecen haberse diluído en una cómoda indiferencia disfrazada de respeto a la vida de los demás. Mientras a mí no me afecte lo que hace y le pasa al otro y mientras yo no afecte al otro con lo que hago o me pasa, la vida puede transcurrir con total “normalidad”.
            Pero esta manera de enfrentar la vida, de defendernos inconscientemente de la crueldad de la vida, tiene al menos dos problemas evidentes que tendrían que ser considerados. En primer lugar, que es imposible, viviendo en sociedad, que a mí no me afecte el comportamiento de los demás y que a los demás no les afecte mi propio modo de proceder. En segundo lugar, que este deseo de “no ser afectados” y de “no afectar” a los demás, se convierte en una coraza que nos aísla a todos de todos y va diluyendo las redes de cohesión y de solidaridad social.
            ¿Cómo respondemos hoy a las demandas de justicia de los más afectados por una organización social regional, nacional y mundial que es excluyente, egoísta y generadora de sufrimiento humano?
            Las respuestas parecen ir desde la simple evasión que adquiere formas de racionalización de nuestro egoísmo –“los pobres, los que sufren, tienen la culpa de lo que les pasa”- o de simple estetización cómoda de la propia vida –“esa realidad no existe, no tiene nada que ver conmigo, puesto que no soy una de las víctimas de la situación”- hasta lo que Lipovetsky[i] llama el “altruismo indoloro de masas” –“yo soy bueno y apoyo a los que sufren puesto que redondeo mi cuenta del súper y llamo para donar dinero al teletón”- mediante el cual creemos colaborar con los demás, pero en el fondo estamos simplemente curando nuestra propia conciencia y haciéndonos sentir bien a nosotros mismos.
            La educación informal –la de la casa, los medios de comunicación, los amigos, la calle- y la educación formal –la de la escuela y la universidad- refuerzan esta insensibilidad hacia el dolor ajeno y van formando generaciones de personas, de hombres y mujeres, profesionistas y ciudadanos, que crecen con una visión que busca siempre ver para sí mismos y que evitan al máximo comprometerse con la búsqueda común de bienestar, porque no se sienten verdaderamente parte de una comunidad.
            Pero como decía Ortega y Gasset: “si no salvo mi circunstancia, no me salvo yo” y la educación individualista y competitiva que estamos promoviendo, lleva en el fondo, no solamente a ahondar la injusticia social sino también a generar personas que no pueden alcanzar su propio proyecto de felicidad.
            En su libro “Aprender a vivir”, José Antonio Marina[ii] plantea la necesidad de educar en la compasión, de educar la compasión como parte de una educación que capacite a las nuevas generaciones para construir su proyecto de felicidad sobre bases sólidas. Puesto que aunque parezca paradójico –puesto que la lógica simple diría, como señala este autor que “si sufro no sólo por lo que me sucede a mí, sino también por lo que les sucede a los demás, mis probabilidades de felicidad disminuyen”- la educación de la compasión genera personas más felices, puesto que los capacita para sumarse a “una lucha mancomunada contra el dolor” y hace crecer en una dinámica positiva la relación dialógica entre lo íntimo y lo social, que son los dos ámbitos fundamentales e inseparables en los que se desarrolla toda educación y toda vida humana.
            Educar la compasión, educar la capacidad de “sentirse afectado por el dolor de los demás” es un desafío importante para todos los padres de familia y profesores en este “cambio de época”. Enfrentarlo con éxito implica asumir que la compasión no es simplemente un  sentimiento sino un “hábito operativo”, un talante o estilo de ser persona, lo cual significa el desarrollo de un horizonte afectivo e intelectual completamente distinto al que está desarrrollando actualmente nuestra educación orientada hacia el éxito individual, que se sustenta muchas veces en el fracaso social.

-Artículo publicado en Síntesis, 25/03/2007.

           


[i] Lipovetsky, G.  (1994). El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos. Barcelona: Anagrama
.

[ii] Marina, J. A. (2004). Aprender a vivir. Barcelona. Ed. Ariel.

Tres imágenes para el día del maestro.

*De mi columna Educación personalizante. Lado B. Mayo de 2012. 1.-Preparar el futuro, “Qué lindo era el futuro...