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domingo, 22 de enero de 2017

Aprender a ser: Educarlos o padecerlos



*De mi columna Educación personalizante en Lado B, publicado en febrero de 2012.


“Los hombres han nacido
los unos para los otros;
edúcales o padécelos.”
Marco Aurelio.*
                  1.-Padecernos.
                  Si circulamos por las calles de Puebla al volante de nuestro auto y continuamente podemos observar la creciente falta de respeto de los automovilistas por la señales de tránsito: autos pasándose el alto “porque no viene nadie y yo tengo prisa”, vehículos detenidos en la esquina invadiendo el área de cruce peatonal “porque no sirven para nada”, coches circulando en sentido contrario “porque así cortamos camino”, personas que se estacionaron en doble fila “porque es muy rápido, nada más espero que mi hijo salga de la escuela, solamente voy a comprar mis papás del ruso, voy a dejar un papel y regreso” y una larga lista de etcéteras.
                  Si pretendemos estacionarnos en un centro comercial, resulta que por la flojera de caminar vemos a medio mundo  dejando su coche en los lugares de discapacitados o parados justo enfrente de las tiendas ancla al lado de la banqueta, donde no hay cajones de estacionamiento. Pero no importa, como esas personas van a comprar y “el cliente siempre tiene la razón”, Angelópolis y otros centros comerciales han preferido pintar los cajones donde la gente se estaciona imprudentemente  antes que sancionar de alguna manera a los clientes que cometen estas faltas de respeto al reglamento. En el hospital más Angeles los visitantes no respetan los lugares para discapacitados, destinados a quienes llegan con enfermos y ahora incluso se estacionan en la rotonda de circulación frente a la puerta, también con la complacencia de las autoridades del lugar. (http://yfrog.com/hwu7hepj )
                  Si por el contrario somos peatones también estamos continuamente dejando de respetar las normas viales y cruzando la calle corriendo en vez de usar el paso peatonal elevado o ir a la esquina a cruzar en la zona destinada para hacerlo, etc.
                  En las tiendas o supermercados vemos continuamente también cómo la gente se mete indebidamente en la fila al menor descuido de quienes están formados, trata de sacar ventaja de cualquier situación y obstruye el paso de personas que requieren apoyo especial sin importarles mayormente cualquier cosa que vaya más allá de su prisa.
                  2.-Educarnos.
                  Nos hemos referido en este espacio a uno de los “cuatro pilares de la educación del siglo XXI”: el aprender a convivir (http://ladobe.com.mx/2012/01/aprender-a-convivir-el-pilar-y-sus-cimientos/ ). Es importante ahora referirnos a otro de estos pilares fundamentales que señala la comisión Delors por encargo de la UNESCO: Aprender a ser (http://www.unesco.org/education/pdf/DELORS_S.PDF).
                  Aprender a ser implica la educación de la individualidad de cada estudiante para capacitarlo en la construcción de su propia existencia, que es quizá el mayor desafío personal que todo ser humano tiene que enfrentar .  Orientar la educación hacia el desarrollo humano de cada sujeto que vive cotidianamente en las aulas no es una tarea fácil en una sociedad con rasgos posmodernos en los cuales, en nombre de una recuperación de la subjetividad se ha caído en el subjetivismo cognitivo y moral y con el pretexto de la educación para la realización y la felicidad de cada individuo se ha llegado a un individualismo aplastante que rompe la búsqueda de comunidad y pone en grave riesgo la convivencia democrática.
                  Este pilar fundamental para la educación de una humanidad que sea capaz de salvarse realizándose, tiene como tarea básica, según el texto de Delors, educar “ para que florezca mejor la propia personalidad y se esté en condiciones de obrar con creciente capacidad de autonomía, de juicio y de responsabilidad personal…” (http://www.unesco.org/education/pdf/DELORS_S.PDF p. 36)
                  Lo anterior implica una labor conjunta entre maestros, padres de familia, directivos escolares, medios de comunicación y otras instancias sociales para formar personas que realmente sean autónomas, es decir, capaces de autodeterminarse en medio de las circunstancias que les toca vivir según su contexto histórico-social-económico-político-cultural. Esta autonomía no significa de ninguna manera personas que “hagan lo que se les antoje” o que impongan su voluntad o sus intereses egoístas a los demás porque implica, como dice esta obra, el juicio y la responsabilidad personal.
                  Sin embargo el contexto subjetivista e individualista en que vivimos parece confundir aprender a ser con imponer nuestro parecer a los demás y ser autónomos con hacer lo que nos plazca sin ser contrariados. Muchos padres de familia se enfrentan hoy a los docentes o a la escuela de sus hijos porque “se atrevieron” a corregirlos o a ponerles límites o a enfrentarlos a la frustración para desarrollar la tolerancia, cuestión fundamental en el aprendizaje del ser auténticamente humanos y verdaderamente autónomos, es decir, responsablemente libres.
                  La moda nos dice que nuestros hijos deben ser felices a toda costa y no se les puede contrariar so pena de generarles traumas y problemas de autoestima para el resto de su vida. Paradójicamente con esta forma de actuar les estamos condenando a la infelicidad porque no tendrán herramientas para enfrentar la vida que no es siempre como queremos ni nos consiente que hagamos absolutamente lo que se nos antoje.
                  Educarnos o padecernos, era la disyuntiva que planteaba Marco Aurelio a partir de que aprendemos a ser siempre con otros y no podemos ser si pasamos por encima o ignoramos a esos otros. Educarnos o padecernos sigue siendo el desafío de un aprendizaje sano para el desarrollo de la individualidad en los tiempos ególatras que vivimos.
                  Ojalá reflexionemos sobre este desafío y tratemos de enfrentarlo en la educación de las nuevas generaciones para no padecerlas en el futuro como estamos padeciéndonos hoy en cada escenario de nuestra vida social.

domingo, 27 de marzo de 2016

Educación y crisis moral



*Publicado en Puebla on line en septiembre de 2011.


“El hecho inevitable es que estamos continuamente
haciendo juicios de valor, o sea, conociendo valores
 y viviendo nuestras vidas sobre las bases de estos
 valores. Distinguimos entre buenas y malas escuelas,
 buenas y malas políticas, políticos honestos y deshonestos,
 buenas y malas acciones. Funcionamos en sociedad
 con base en estos valores…”[1]
(Cronin, 2006; p. 5)

            Desde hace algunas semanas varios analistas de la realidad nacional han dedicado sus columnas periodísticas al tema de la crisis moral que subyace a la situación de violencia que está apoderándose de gran parte de nuestro país.
            El tema es polémico puesto que el hablar de moral parece para algunos –con visión científica positivista- cuestión de simple “literatura” y para otros –con perspectiva sociológica de izquierda- puede convertirse en una manera de justificar el estado de cosas y relevar de su responsabilidad a las autoridades encargadas de proporcionarnos seguridad.
            Sin embargo considero necesario que los ciudadanos y los actores de la educación reflexionemos sobre esta dimensión de la realidad en que vivimos, porque me parece que es la raíz más profunda y difícil de revertir de esta espiral de muerte que azota al país de manera creciente.
            Porque como afirma la cita que aparece al inicio de este artículo, es un hecho inevitable que los seres humanos hacemos juicios de valor y esto implica que conocemos ciertos valores y vivimos conforme a ellos nuestra existencia individual y social.
            “…Distinguimos entre entre buenas y malas acciones…” menciona la cita y el problema en que estamos involucrados los mexicanos de esta segunda década del siglo XXI tiene que ver con que nuestra sociedad parece estar perdiendo la capacidad de distinguir estas cuestiones que son fundamentales para vivir una vida y construir una sociedad que puedan calificarse como humanas.
            En efecto, si bien resulta innegable que en la situación actual, la violencia y el crimen tienen que ver con acciones particulares de individuos  que podríamos considerar como “malas personas”, es evidente que  no puede explicarse únicamente desde esta perspectiva particular o estadística.
            También es cierto que la situación actual que vive México tiene que ver con una severa crisis institucional que ha deformado las dinámicas de interacción social, las estructuras policíacas, el sistema de justicia, la forma de legislar y aplicar las leyes, las políticas públicas y su forma de operar y todo el sistema social en el que predominan la impunidad, la corrupción y los intereses particulares y de grupo o partido por encima del bienestar de la sociedad.
            Esta crisis institucional es una explicación más amplia y pertinente pero no agota los elementos o niveles de análisis para comprender en toda su complejidad la situación que estamos viviendo.
            Es necesario también caer en la cuenta de que como afirma el intelectual francés Edgar Morin entre muchos otros autores, estamos viviendo además de una crisis institucional una profunda crisis moral que exige una reforma ética de largo aliento.
            Esto no significa que como dicen algunos, “se hayan perdido los valores”, porque los valores no están en la realidad externa, no son algo que podamos perder y “recuperar” o “rescatar” del pasado o de algún lugar misterioso en el que están depositados. Los valores se construyen en las interacciones que realizamos con el mundo natural, con los objetos construidos, con los demás seres humanos, con la sociedad toda y con la especie humana a partir de los juicios de valor que hacemos.
            Hay muchos signos de que estas interacciones se han distorsionado y de que nuestra sociedad ha perdido la capacidad de distinguir entre “buenas y malas acciones…”  pues incluso empieza a percibir como “natural” o lógica la resolución violenta –verbal o física- de los conflictos y diferencias.
            El sistema educativo tendría que asumir su responsabilidad en esta crisis moral y empezar a establecer políticas que comiencen a crear una nueva conciencia moral en los estudiantes. Una conciencia capaz de distinguir entre “lo humano y lo inhumano” en nuestro contexto de cambio de época, una conciencia capacitada para hacer buenos juicios de valor que resuelvan las diferencias a través del diálogo y el respecto activo. Una conciencia capaz de conmoverse con el sufrimiento que genera la violencia y de manifestarse pacíficamente a favor de la paz.
            Solamente así podremos reformar las instituciones y lograr que la crisis estructural que reproduce la violencia pueda ser revertida.
             


[1] Traducción libre de un fragmento del libro: Value Ethics de Brian Cronin (página 5).

domingo, 13 de marzo de 2016

La fiebre de los “Beanie babies” y el límite moral del mercado “libre”.


           

*Otro fragmento de mis anécdotas de la vida en Boston (1997-1998).

            “¿Tendría usted hambre extra?”, me pregunta un señor de unos cuarentaytantos años en inglés, la pregunta me desconcierta, yo voy llegando con Gaby al Mac Donald´s del centro de Boston para comer un lunch ligero mientras llega la hora de la comida. Tenemos un ratito antes de tomar el metro para ir por las niñas a la escuela y esto es lo más rápido y barato. El lugar se encuentra hoy especialmente lleno hasta el tope, seguramente porque hoy sí coincidió nuestra hambre con el horario de lunch habitual para este país. “¿Perdón?” le contesto y él me dice extendiéndome una bolsa de papel de las que usan para meter aquí los pedidos para llevar: “es que yo compré estas comidas pero solamente quiero los beanie babies, ¿aceptaría usted comerse está comida?, yo sólo quiero los beanie babies”, repite como para que yo vea que no hay engaño y que la comida está limpia y recién envuelta, yo de inmediato le contesto que sí, tomo la bolsa y le digo a Gaby que solamente compre los refrescos porque ya nos salió la comida gratis...veo al interior de la bolsa y efectivamente, hay tres hamburguesas pequeñas, de esas que vienen en las “happy meals” de los niños con sus respectivos paquetitos de “french fries”. Llega Gaby con los refrescos y comentamos el curioso incidente, comemos las hamburguesas y las papitas y comentamos que, salvo que este hombre pidió las hamburguesas sin queso, pues qué buena onda que nos ahorramos el lunch.
            Hasta allí todo sería simplemente para decir: “qué suerte”, si no fuera por lo que esto significa no como un hecho aislado sino como un comportamiento que está llegando a enfermedad colectiva. En efecto, tan sólo tres días antes en Poughkiepsie, Rita Lewis y su hijo nos comentaban de esta fiebre por los famosos “Beanie babies” y de lo absurdo que esto les parecía dado que son simplemente unos animales de tela, de esos rellenos que ha habido desde hace muchos años con distintos nombres. La obsesión por estos “obsequios “ que hace Mac Donald´s tan “generosamente” junto con la comida para niños ha llegado al grado que nos comentaba Timothy, el hijo de Rita, que una señora presentó una protesta legal contra la empresa porque le puso un límite de “happy meals” que podía comprar de un jalón. Increíble pero cierto, esta persona llegaba a la tienda a comprar prácticamente toda la dotación de “beanie babies” que tuvieran en ese local en “happy meals” que seguramente -salvo que posea además el record Guiness de “comedora de hamburguesas y papas fritas”- tiraría a la basura conservando solamente los dichosos juguetitos.
            Nosotros ya habíamos llegado un par de veces a comer hamburguesas y al pedir el paquete para las niñas nos habían dicho que no había “beanie babies”, una vez nos los cambiaron por otro juguete y una galletita, otra vez de plano no hubo juguete, pero nunca pensamos que fuera debido a esta fiebre colectiva de coleccionistas.
            Pero aquí estaba yo, “beneficiario” azaroso de esta enfermedad del consumo irracional y ciego, constatando como, un esclavo de la publicidad indiscriminada de esta empresa multinacional, había llegado a comprar hamburguesas queriendo en realidad tener un juguete -lo cual sucede a veces con los niños que van a Mac Donald´s más por eso que porque les guste la comida rápida, pero dije bien EN LOS NIÑOS-. ¿Cuántas hamburguesas y papas venderán en esta promoción de esta forma, es decir, vendiendo solamente el juguete? ¿qué hubiera hecho el señor si no encuentra rápidamente quien aceptara la comida que ofrecía? ¿Cuánta comida -de Mac Donald´s, pero comida al fin- se tirará a la basura diariamente por los fanáticos de los beanie babies? ¿A cuántos hombres, mujeres y niños del planeta se podría aliviar un poco del hambre con esta comida tirada por el estúpido deseo de un juguete de trapo? ¿Qué tan grande puede ser la mercadotecnia que los que quieren beanie babies van a Mac Donald´s a comprar beanie babies en vez de comprarlos en una juguetería donde cuestan prácticamente lo mismo que una happy meal o menos? ¿Qué tan grandes serán los márgenes de ganancia -y cómo se obtendrán- de esta empresa que puede dar una hamburguesa, unas papas, un refresco y un juguete por este precio? Esta y otras muchas preguntas se me vinieron a la mente a raíz de esta experiencia. Pero sobre todo, la pregunta que me hice y que me hago es: ¿No habrá límites morales que puedan regular este mercado salvaje y absurdo supuestamente “libre”? ¿Hasta dónde llega mi libertad para comprar la comida que pueda con mi dinero y tirarla porque es mía, porque yo la compré, sin pensar en la gente que muere de hambre? ¿Hasta dónde puede llegar un sistema que propicia estos absurdos y genera estas desigualdades crecientes?

domingo, 22 de noviembre de 2015

Educación de la libertad y educación emocional: Una relación estructural.




*Ponencia presentada en el X Congreso Nacional de Investigación Educativa celebrado en Mérida, Yucatán en 2009, dentro del Simposio: “Educación de la libertad y construcción del sujeto moral”.

RESUMEN:
            Sustentado en la investigación filosófica sobre la obra de Bernard Lonergan, este trabajo sostiene que la educación moral  en nuestra época debe ser una “educación de la libertad”.
            La estructura moral del ser humano está constituida por una serie de operaciones “recurrentes e interrelacionadas que producen resultados acumulativos y progresivos”, las cuales al ser realizadas en circunstancias concretas van construyendo a las personas como sujetos existenciales o morales (Lonergan, 1988).
            Esto implica que la educación moral no puede consistir en la enseñanza o inculcación  de valores ni en la “clarificación de valores” y que incluso la perspectiva del desarrollo del juicio moral de Kohlberg resulta insuficiente para formar la dimensión moral del ser humano.
            La educación moral tiene que ser una educación de la libertad, que se sustente en la exploración, ejercicio  y apropiación progresiva de las operaciones que constituyen al sujeto existencial.
            Una operación central en esta estructura moral es la que Lonergan (1999) llama “Insight” o “acto de intelección” deliberativa, cuya característica fundamental consiste en que es un “acto de cognición afectiva”, es decir, un acto de intelección que sucede en el tejido complejo de las emociones. Lo anterior implica que, como afirma Lonergan (1988: pp.   ) : “La aprehensión del valor se realiza en las emociones y no en la razón…”
            Es por ello que existe una relación estructural entre educación moral y educación emocional.
            Desde el terreno de la Psicología, Goleman (1997) afirma que la educación emocional no consiste en “agregar inteligencia a las emociones” sino en hacer que las emociones “se vuelvan inteligentes”.
            Desde el ámbito epistemológico y ético que desarrolla Lonergan, la educación emocional consistirá en facilitar los procesos por los cuales el educando vaya ejercitando de manera conciente sus operaciones morales en un tejido afectivo que se va volviendo atento, inteligente, razonable y responsable, es decir, educando su libertad.



EDUCACIÓN DE LA LIBERTAD Y EDUCACIÓN EMOCIONAL: UNA RELACIÓN ESTRUCTURAL.
“El hecho inevitable es que estamos continuamente
haciendo juicios de valor, o sea, conociendo valores
 y viviendo nuestras vidas sobre las bases de estos
 valores. Distinguimos entre buenas y malas escuelas,
 buenas y malas políticas, políticos honestos y deshonestos,
 buenas y malas acciones. Funcionamos en sociedad
 con base en estos valores…”[1]
(Cronin, 2006; p. 5)
            El problema de la educación en valores, educación moral o ética es un asunto que adquiere cada vez mayor relevancia en la educación actual. Frente a la dinámica de descomposición social que hoy se vive a nivel nacional e internacional, la sociedad exige cada vez con mayor fuerza al sistema educativo redoblar esfuerzos por formar de manera explícita, sistemática e intencionada a los educandos en una visión ética de la vida. Toda educación genera una visión ética que la genera, podríamos afirmar hoy con mayor convicción que en ninguna otra época de la historia humana. Pero: ¿Cómo puede la educación enfrentar este reto y brindar una formación ética auténtica y acorde con estos tiempos cambiantes?
            Toda ética tiene como meta la explicitación sistemática y teórica de las características y condiciones para vivir una “buena vida humana”. Esta meta se sustenta en la convicción compartida y expresada de distintas maneras en los diferentes enfoques filosóficos, de que el ser humano aspira no solamente a sobrevivir, sino a “vivir para vivir” como dice Morin (2005), a vivir conforme al “deseo de elegir bien” como dice Lonergan (1988).
            La visión ética de Lonergan parte de un hecho constatable en la experiencia de todo ser humano, del “hecho inevitable” que nos indica que estamos siempre haciendo juicios de valor y decidiendo nuestros modos de actuar en la vida, de acuerdo a esos juicios de valor que hacemos. Este hecho inevitable, pues la renuncia a hacer un juicio de valor y la elección de “lo que sea”, implica también un juicio de valor, tiene que ver con nuestro ser “estructuralmente morales” que surge del inacabamiento humano y de la necesidad de irnos construyendo de manera más o menos humana en el contexto de la realidad que a cada uno le toca vivir.
            La exploración del proceso que sigue todo sujeto humano para llegar a hacer sus juicios de valor y para tomar sus decisiones, la formulación sistemática de esta exploración es lo que sustenta la “posibilidad de la ética”, que Lonergan trata en el capítulo 18 de “Insight” (1999) y en el capítulo 2 de “Método en Teología” (1988).
La ética de Lonergan no es una ética del “deber” sino una ética del “querer”. Se trata de una ética que no surge de un “imperativo categórico” u obligación moral racional que nos indique una forma de comportarnos o un criterio que guíe de manera universal nuestro modo de actuar bajo cualquier circunstancia, a la manera del imperativo kantiano (Kant, 1993), sino de un deseo de elegir que es producto del despliegue del “eros del espíritu humano”. Por ser deseo, este dinamismo que mueve al ser humano hacia la búsqueda de valor está íntimamente ligado a la dimensión afectiva o emocional del sujeto, que es a la vez individuo-sociedad-especie como afirma Morin (2003), por lo que el “deseo de elegir bien” es tanto individual como social y cultural.
            De esto se desprende que existe una relación íntima y estructural entre educación de la libertad –que es el nombre de la educación valoral o ética que proponemos desde la visión lonerganiana (cfr. López-Calva, 2001 y 2009) y educación emocional o educación de los sentimientos.
Los sentimientos son un componente fundamental del bien humano (Lonergan, 1988: cap. 2) porque según este enfoque, la aprehensión de valor se produce en los sentimientos.  El desarrollo de los sentimientos es totalmente diferente al de las habilidades de pensamiento, que son el marco para la toma de decisiones libres y la formación valoral en otros enfoques de educación moral (Cfr. Escámez, S/F). Lonergan toma al filósofo alemán Dietrich Von Hildebrand para describir el desarrollo afectivo de acuerdo a distintos tipos de sentimientos que se mueven en el interior de todo ser humano.
            En esta tipología encontramos en primer lugar, sentimientos espontáneos que son llamados “no intencionales” por no tender hacia ningún objeto y que pueden considerarse como estados de ánimo, tales como: cansancio, mal humor, ansiedad.  Estos estados tienen causas, pero en el sujeto no existe una relación previa con la causa para llegar a producirse el sentimiento –primero nos sentimos ansiosos y luego, tal vez, podemos averiguar la causa-.
            Por otra parte, las respuestas intencionales “…responden a lo que es pretendido, aprehendido o representado” (op, cit.;p. 36), son sentimientos que nos relacionan con objetos. Dentro de las respuestas intencionales tenemos dos tipos muy diferentes: las respuestas a lo agradable o desagradable y las respuestas intencionales al valor. Los primeros, son sentimientos que nos relacionan con objetos de acuerdo a lo que empírica y espontáneamente producen en nosotros. Un objeto puede ser agradable, sensitivamente atractivo o deseable para un ser humano en ciertas circunstancias o puede ser desagradable, sensitivamente repulsivo e indeseable para el mismo sujeto en otras circunstancias o para otro sujeto con distintas preferencias. Los segundos en cambio, no son sentimientos empíricos y espontáneos sino sentimientos más elaborados y conscientes. Son respuestas afectivas que emergen en la aprehensión de valor, en el encuentro con lo que resulta “verdaderamente bueno” o “auténticamente constructivo” para el ser humano.
            “En general la respuesta al valor nos lleva al mismo tiempo,
a la auto-trascendencia y a elegir un objeto o una persona
 por causa del cual o de la cual nos trascendemos a nosotros
 mismos. Al contrario, la respuesta a lo agradable o a lo
 desagradable es ambigua. Lo que es agradable puede,
 desde luego, ser un bien verdadero. Pero sucede también
 que lo que es un bien verdadero puede ser desagradable”.
(Lonergan, 1988; p. 37)
            Los sentimientos que son respuestas intencionales a lo agradable o desagradable, por ser espontáneos y meramente empíricos, son ambiguos y pueden ser engañosos en cuanto al ámbito moral. Los sentimientos que responden al valor son en cambio mucho más sólidos en la orientación que brindan al sujeto, pues por ser sentimientos de carácter más profundo, que resultan de la aprehensión de lo auténticamente humanizante, conducen hacia la autotrascendencia moral, es decir, llevan al sujeto a trascender sus propios límites existenciales y a acceder a un grado más amplio y profundo de experiencia humana.
            El desarrollo afectivo tiene aquí su primera vía o camino heurístico, puesto que entre más desarrolle su mundo afectivo un sujeto humano, tenderá a guiar su actuación por los sentimientos que son respuestas intencionales al valor y no por aquellos que le representan lo agradable o por los estados no intencionales como la ira o la angustia.
            Como resulta evidente por el momento histórico en que vivió, Lonergan no conoció la “teoría de la inteligencia emocional” (Goleman, 1997) ni todo lo que se ha producido a partir de ella resaltando la importancia de la “educación emocional” de los seres humanos. Sin embargo, sin conocer esta teoría, está hablando de la misma realidad por la cual podemos distinguir distintos tipos de sentimientos y podemos hablar de un desarrollo de la afectividad. No se está planteando aquí, de ninguna manera, una idea de cómo la razón deba guiar, orientar o imponerse a los sentimientos para realizar acciones que resulten humanamente valiosas. Se está planteando, al igual que en la teoría de Goleman (op. cit.), que los sentimientos pueden desarrollarse y sin dejar de ser sentimientos, volverse progresivamente más inteligentes, - y en el caso de la estructura completa de la consciencia-, también más razonables y más responsables.[2] Lo anterior requiere de un esfuerzo educativo intencionado y sistemático en el que educación afectiva y educación moral están intrínsecamente ligadas.
            Una segunda vía de desarrollo de la dimensión afectiva se encuentra en la idea de Lonergan de que los sentimientos aprehenden valores que son de distinta naturaleza y pueden agruparse de acuerdo a cierta escala de preferencia. De esta manera, se plantea que podemos distinguir en orden ascendente: “valores vitales, sociales, culturales, personales y religiosos”. (op. cit. p. 36).
            Se distinguen como ejemplos de valores vitales, la salud y la fuerza, son valores relacionados con el mantenimiento de la vida biológica y psíquica. Les siguen los valores sociales, que son los valores que tienen que ver con la organización que garantice la recurrencia de los bienes para todos los miembros de una sociedad –democracia, justicia, igualdad, etc.- y un paso arriba de ellos se encuentran los valores culturales, que se apoyan en los valores vitales y sociales pero resultan superiores, pues tienen que ver con la significación y el valor que los humanos otorgan a su existencia y el modo en que expresan esto simbólicamente. Por encima de los valores culturales están los personales que están constituidos por “…la persona en su autotrascenderse, al amar y ser amada, en cuanto es fuente de valores en sí misma y en su medio…” (op. cit. pp. 37-38). Por encima de los demás valores, se encuentran los valores religiosos, que para Lonergan “…están en el corazón de la significación y del valor de la vida humana y del mundo del hombre…” (op. cit. ; p 38)
            En esta segunda vía, encontramos que el desarrollo de la “inteligencia emocional” tiene que ver con la formación diferenciada del mundo afectivo para que sea capaz de distinguir los distintos niveles de valores y situarlos en su adecuado lugar.
“…una no pequeña parte de la educación consiste en fomentar
 y desarrollar un clima de discernimiento y de gusto, de alabanza
 diferenciada y de reprobación cuidadosamente formulada, que
 ayudará a las capacidades y tendencias propias del alumno o del
 estudiante, ampliando y profundizando su aprehensión de los
valores y ayudándole en su propio auto-trascenderse.”
(Lonergan, 1988; p. 38)
Entre más desarrollemos en las aulas la capacidad de los estudiantes de trascender su espontaneidad de manera que sepan reconocer y diferenciar adecuadamente los sentimientos espontáneos –estados de ánimo, respuestas de agrado o desagrado- de los sentimientos profundos que son respuestas intencionales al valor, y puedan guiarse en sus decisiones relevantes para vivir humanamente por estos últimos, más habremos contribuido a educar su libertad, es decir, a educarlos moralmente.
            Del mismo modo, entre más finamente se desarrolle la inteligencia emocional de los estudiantes para que sean capaces de distinguir y dar su lugar a los diferentes tipos de valores en la construcción de su propia existencia, estaremos formando seres humanos, ciudadanos, miembros de una cultura, más efectivamente libres y por lo tanto, más responsables de sus propias decisiones. Este es un reto fundamental en la educación del cambio de época que hoy vivimos.




REFERENCIAS
Escámez, J. (s/f). La enseñanza de actitudes y valores. Ed. Nau llibres. Barcelona.
Goleman, D. (1997). La inteligencia emocional. México. Javier Vergara eitores.
Kant, I. (1993). Grounding for the Metaphysics of morals. On a supposed right to lie because of philantropic concerns. Translated by James W. Ellington. Hackett Publishing Co. Indianápolis. 3rd. edition.
Lonergan, B. (1988). Método en Teología. Salamanca. Ed. sígueme.
López-Calva, M. (2001). Educar la libertad. Más allá de la educación en valores. México. Ed. Trillas.
López-Calva, M. (2009). “Educación de la Libertad. Un Nuevo Acercamiento para Comprender la Relación Valores-Educación en el Contexto de Pluralidad e Incertidumbre del Mundo Actual”. En. Revista iberoamericana sobre calidad, eficacia y cambio en educación”. Vol. 7, no. 2. Aguascalientes. Ed, Red Iberoamericana de investigación sobre eficacia y cambio escolar. Cfr. http://www.rinace.net/reice/numeros/vol7num2.htm ,ISSN: 1696-4713
Morin, E. (2003). El Método V. La humanidad de la humanidad. La identidad humana. Madrid. Ediciones Cátedra.
Morin, E. (2005). O Método VI. Ética. Brazil. Editora Sulina.



[1] Traducción libre del autor, del texo publicado en inglés que dice: “The unavoidable fact is that we are continously making judgments of value, that is, knowing values and living our lives on the basis of these values. We distinguish between good and bad schools, good and bad policies, honest and dishonest politicians, good and bad actions. We function in society on the bases of these values”.
[2] Un desarrollo más detallado de esta convergencia entre la teoría de la inteligencia emocional y el planteamiento lonerganiano, puede consultarse mi obra: “Una filosofía humanista de la educación”, publicada por editorial Trillas.

domingo, 25 de octubre de 2015

Educación y crisis moral.

*Publicado en Puebla on line en septiembre de 2011.



“El hecho inevitable es que estamos continuamente
haciendo juicios de valor, o sea, conociendo valores
 y viviendo nuestras vidas sobre las bases de estos
 valores. Distinguimos entre buenas y malas escuelas,
 buenas y malas políticas, políticos honestos y deshonestos,
 buenas y malas acciones. Funcionamos en sociedad
con base en estos valores…”[1]
(Cronin, 2006; p. 5)

            Desde hace algunas semanas varios analistas de la realidad nacional han dedicado sus columnas periodísticas al tema de la crisis moral que subyace a la situación de violencia que está apoderándose de gran parte de nuestro país.
            El tema es polémico puesto que el hablar de moral parece para algunos –con visión científica positivista- cuestión de simple “literatura” y para otros –con perspectiva sociológica de izquierda- puede convertirse en una manera de justificar el estado de cosas y relevar de su responsabilidad a las autoridades encargadas de proporcionarnos seguridad.
            Sin embargo considero necesario que los ciudadanos y los actores de la educación reflexionemos sobre esta dimensión de la realidad en que vivimos, porque me parece que es la raíz más profunda y difícil de revertir de esta espiral de muerte que azota al país de manera creciente.
            Porque como afirma la cita que aparece al inicio de este artículo, es un hecho inevitable que los seres humanos hacemos juicios de valor y esto implica que conocemos ciertos valores y vivimos conforme a ellos nuestra existencia individual y social.
            “…Distinguimos entre entre buenas y malas acciones…” menciona la cita y el problema en que estamos involucrados los mexicanos de esta segunda década del siglo XXI tiene que ver con que nuestra sociedad parece estar perdiendo la capacidad de distinguir estas cuestiones que son fundamentales para vivir una vida y construir una sociedad que puedan calificarse como humanas.
            En efecto, si bien resulta innegable que en la situación actual, la violencia y el crimen tienen que ver con acciones particulares de individuos  que podríamos considerar como “malas personas”, es evidente que  no puede explicarse únicamente desde esta perspectiva particular o estadística.
            También es cierto que la situación actual que vive México tiene que ver con una severa crisis institucional que ha deformado las dinámicas de interacción social, las estructuras policíacas, el sistema de justicia, la forma de legislar y aplicar las leyes, las políticas públicas y su forma de operar y todo el sistema social en el que predominan la impunidad, la corrupción y los intereses particulares y de grupo o partido por encima del bienestar de la sociedad.
            Esta crisis institucional es una explicación más amplia y pertinente pero no agota los elementos o niveles de análisis para comprender en toda su complejidad la situación que estamos viviendo.
            Es necesario también caer en la cuenta de que como afirma el intelectual francés Edgar Morin entre muchos otros autores, estamos viviendo además de una crisis institucional una profunda crisis moral que exige una reforma ética de largo aliento.
            Esto no significa que como dicen algunos, “se hayan perdido los valores”, porque los valores no están en la realidad externa, no son algo que podamos perder y “recuperar” o “rescatar” del pasado o de algún lugar misterioso en el que están depositados. Los valores se construyen en las interacciones que realizamos con el mundo natural, con los objetos construidos, con los demás seres humanos, con la sociedad toda y con la especie humana a partir de los juicios de valor que hacemos.
            Hay muchos signos de que estas interacciones se han distorsionado y de que nuestra sociedad ha perdido la capacidad de distinguir entre “buenas y malas acciones…”  pues incluso empieza a percibir como “natural” o lógica la resolución violenta –verbal o física- de los conflictos y diferencias.
            El sistema educativo tendría que asumir su responsabilidad en esta crisis moral y empezar a establecer políticas que comiencen a crear una nueva conciencia moral en los estudiantes. Una conciencia capaz de distinguir entre “lo humano y lo inhumano” en nuestro contexto de cambio de época, una conciencia capacitada para hacer buenos juicios de valor que resuelvan las diferencias a través del diálogo y el respecto activo. Una conciencia capaz de conmoverse con el sufrimiento que genera la violencia y de manifestarse pacíficamente a favor de la paz.
            Solamente así podremos reformar las instituciones y lograr que la crisis estructural que reproduce la violencia pueda ser revertida.
            

[1] Traducción libre de un fragmento del libro: Value Ethics de Brian Cronin (página 5).

domingo, 13 de septiembre de 2015

La educación genera una visión ética que la genera.






*Artículo Publicado en la revista Entretextos, de la UIA León en 2009.
 

“…la raíz de la ética…no está en los enunciados,
ni en las proposiciones, ni en los juicios, sino en
la estructura dinámica de la autoconsciencia
racional”.
(Lonergan, 1999; p. 697)

            El punto de partida que nos lleva a afirmar que toda educación genera una visión ética que la genera es el hecho de que como afirman muchos filósofos y confirman muchos estudios antropológicos y psicológicos, el ser humano es “estructuralmente ético” o “estructuralmente moral”[1]. Lo anterior no implica que existan ciertos contenidos morales –valores o normas morales- que sean comunes a todos. No implica tampoco que todos los seres humanos por su propia naturaleza actúen siempre moralmente bien o que tiendan naturalmente  al bien. Implica simplemente que todos los seres humanos en su estructura eco-bio-psico-socio-racional-espiritual están constituidos de tal manera, que dentro de su dinamismo vital existe una tendencia hacia la búsqueda de lo que lo puede llevar a su auto-realización como humano, un deseo de vivir que es deseo de vivir humanamente.
            Esta tendencia estructural hacia la auto-realización como humanos surge de la misma naturaleza biológica y de los principios de exclusión y de inclusión que posee todo sujeto vivo y que se vuelven principios conscientes en el sujeto humano: el principio derivado de su ser auto-ego-organización (Morin, 1997) que lo lleva a “ponerse en el centro de su mundo” y a buscar la “satisfacción placentera” –según la llama Marina (2004)- excluyendo a los otros sujetos semejantes como “No yo”, como extraños; y el principio derivado de su ser auto-eco-organización (Morin, op.cit.) que lo conduce a “abrirse a su mundo” y a buscar la “satisfacción estimulante” –según la llama también Marina (op.cit.) - que lo haga crecer y que le hace incluir a los otros semejantes, “convirtiendo a todo ego alter en un alter ego” (Morin, 1997) –a todo otro en otro yo- y siendo capaz de comunicación y de amor. Egoísmo y altruismo son pues, dos caras de la misma moneda que es la estructura que tiende hacia la auto-realización –mediante la seguridad y el placer, pero también mediante el crecimiento que incluye al otro- y que confirman la estructura ética de todo sujeto humano.
            Como afirma Cronin (2006) siguiendo la propuesta de Lonergan, la riqueza y la enorme variedad de contenidos morales es producto de una estructura común de actividades compartidas por todos los seres humanos, que conforman un patrón normativo.
1.-Ética vivida, ética socialmente aceptada y ética reflexionada
La naturaleza estructuralmente moral del ser humano como sujeto que elige y se elige, que es movido por el dinamismo de búsqueda de una vida humanamente vivible para sí mismo y para los demás, conlleva el hecho de que existe siempre, en toda persona y grupo humano una “ética vivida”, una forma habitual de afrontar la existencia a la que se llama de manera más precisa: moral. La moral es en primer lugar el conjunto de “modos de vivir” humanos: costumbres, hábitos, comportamientos, considerados desde el ángulo del bien o del mal. De este modo, la primera fuente de toda reflexión ética en el sentido filosófico, la constituyen los distintos modos de comportamiento de los seres humanos concretos, de los grupos humanos históricamente existentes, desde la consideración de qué tanto se acercan a la bondad o se alejan de ella.
En segundo lugar, tenemos la ética socialmente aceptada, la moral de una sociedad. En este segundo nivel, la moral contiene todos los modos de comportamiento que un grupo social, que una cultura considera “humanamente válidos”, porque los percibe como orientados hacia una “buena vida humana”, según el modelo de buena vida humana que esa sociedad concreta ha construido a partir de la herencia recibida de sus antepasados. En este segundo nivel, la moral es normativa, puesto que establece “un deber ser” para todos los miembros de esa sociedad que quieran ser aceptados.
            Esta ética vivida está por supuesto en continua evolución. Las maneras habituales de vivir que son aceptables en una sociedad y cultura no lo son de la misma manera en otra. Los modos de concebir una “buena vida humana” varían de una época histórica a otra. El ser humano va respondiendo a sus circunstancias de maneras diversas conforme a lo que considera que es humanamente mejor en cada situación concreta y los grupos humanos van construyendo normas y valores morales a seguir, a partir de los comportamientos de los miembros de su sociedad que son considerados modelos a seguir.
.           Finalmente, la “ética reflexionada”, la reflexión filosófica sobre la “buena vida humana”, se nutre del análisis crítico profundo de las dialécticas que se establecen entre la “ética vivida” y la “ética socialmente aceptada”.
2.-Praxis ética, reflexión ética y educación.

            Aclaremos en primer lugar, que usaremos el término “visión ética” para referirnos a este proceso complejo que se produce en la dinámica e interacción  dialógica y recursiva entre la ética que se vive, la ética que es normada por la sociedad y la ética que es producida por la reflexión filosófica.
            De manera que cuando hablemos de aquí en adelante de la relación entre visión ética y educación, estaremos considerando una relación multidimensional y compleja que resulta de la interacción entre el sistema que conforman las tres dimensiones de la ética y todas las dimensiones del proceso educativo.
            Esta interacción también es dialógica y recursiva, es decir, la educación es generada por la visión ética imperante en una sociedad determinada, al mismo tiempo que la educación genera una visión ética en esa sociedad. ¿De qué manera se produce esa relación?
            a.- Relación entre la dialógica “ética vivida”-“ética socialmente aceptada” y la educación:
            Una primera línea de interacción es la de la ética vivida y la ética socialmente aceptada hacia la educación. Esta interacción se produce a través de dos vías principales. En primer lugar, se da una incidencia –generación de educación por la visión ética- a través de la presencia y comunicación cotidiana de los actores del proceso educativo en el proceso de la educación formal. Tanto los educadores, como los educandos, lo mismo que los directivos de las instituciones escolares y universitarias, viven dentro de la sociedad y tienen por ello la “marca” o el “imprinting cultural” (Morin, 2003)  que esta sociedad les va imponiendo desde su nacimiento, es decir, son de alguna manera “producto” de la “ética socialmente aceptada”, de la moral normativa de su sociedad. Al mismo tiempo, como sujetos individuales posibilitados para deliberar y actuar de manera más o menos libre, pueden dejar atrás en alguna medida este imprinting y establecer nuevas pautas morales a partir de sus comportamientos. De esta manera, el simple hecho de la convivencia en las aulas produce, por la vía ascendente –desde la experiencia hasta la deliberación, pasando por la inteligencia y la reflexión de los sujetos- una influencia de la visión ética en la educación. La educación de alguna manera es generada por esta interacción entre sus actores, que es una interacción ética  por la propia estructura ética de los seres humanos.
            Pero en esta misma vía, en sentido opuesto, la educación a través de sus ambientes, su cultura, su currículo declarado, operativo y oculto, su normatividad y su modo de insertarse y relacionarse con la comunidad, incide en la visión ética de sus actores. De esta manera, tanto los educadores como los educandos –y los mismos directivos- se van moldeando éticamente, van madurando o bloqueando su madurez, diferenciando o no sus visiones éticas, capacitándose o no para valorar adecuadamente y tomar decisiones morales más responsables. Por esta incidencia de la educación en sus actores,  los educandos y los educadores se vuelven más o menos autónomos en el proceso de construcción de su propia existencia y en su participación en la comunidad. De esta manera, también por la vía ascendente –de la experiencia escolar a la deliberación y decisión ética, pasando por la inteligencia y la reflexión- la educación genera una visión ética.
            b.- Relación dialógica entre la “ética reflexionada” y la educación:
            Una segunda relación se produce entre la reflexión ética sistemática y la educación. Esta relación es también en dos sentidos y con incidencias mutuas. En primer lugar, la reflexión ética sistemática que producen las distintas corrientes filosóficas es producida aún en un gran porcentaje –aunque existen ya centros de investigación y de generación de pensamiento ajenos al sistema educativo formal- en las universidades. Estos productos reflexivos se van difundiendo en el ámbito educativo a partir de publicaciones, congresos, conferencias y otras vías, influyendo en la perspectiva de pensamiento de los directivos, los docentes, los formadores de docentes, los investigadores, los diseñadores curriculares y los teóricos de la educación. Mediante esta influencia se van creando nuevos modos de enfocar la dimensión ética en la educación que incidirán, por la vía descendente –por la transmisión de los investigadores, formadores, directivos hacia los docentes y de los docentes hacia los estudiantes- en la visión ética de los actores de la educación y del sistema educativo en general. Se genera un tipo de educación específica a partir de las visiones éticas más aceptadas en cada tiempo y lugar.
            Por otra parte, se da una incidencia de la educación en la reflexión ética sistemática, a través de lo que el comportamiento mismo de educandos, educadores e instituciones educativas va generando como fuente de datos y preguntas nuevas para el análisis de los filósofos. La educación genera elementos de visión ética que los profesionales de la reflexión filosófica sistematizan generando también nuevas aproximaciones al fenómeno ético.  Por otra parte, la educación genera una visión ética en sus educandos y en la sociedad misma mediante su incidencia estructural como subsistema del gran sistema social. Esta incidencia va reconstruyendo la “herencia moral” de la sociedad que será recogida y analizada reflexivamente por los filósofos que producirán nuevos enfoques éticos.
            Tenemos entonces una interacción compleja y dinámica entre los procesos de desarrollo –entendido como progreso y decadencia- de la “ética vivida”, de la “ética socialmente aceptada” y de la “ética reflexionada” y la educación como mediadora de estos procesos, que también se encuentra en constante desarrollo. De modo que si queremos modificar la “ética vivida” de la sociedad en crisis, debemos tratar de incidir inteligentemente en la modificación de esta interacción compleja y no solamente incluir materias de formación valoral en los currículos de las escuelas y universidades.
REFERENCIAS
Cronin, B. (2006). Value ethics. A Lonergan perspective. Consolata Institute of Philosophy. Nairobi.
Lonergan, B. (1999). Insight. Estudio sobre la comprensión humana. Ed. Sígueme-Universidad Iberoamericana. Salamanca.
Marina, J. A. (2004). Aprender a vivir. Barcelona. Ed. Arial. 3a. edición.
Morin, E. (1997).  El Método II. La vida de la Vida. Madrid. Ediciones Cátedra.
Morin, E. (2003). El Método V. La humanidad de la humanidad. La identidad humana. Madrid. Ediciones Cátedra.
Morin, E. (2005). O Método VI. Ética. Brazil. Editora Sulina.
Morin, E., E. Roger y R. Motta.  (2006). Educar en la era planetaria. Barcelona. Ed. GEDISA. Primera reimpresión.


[1] Como afirma Adela Cortina, los términos ética o moral pueden distinguirse de manera que se llama moral a lo que tiene que ver con la acción humana concreta y ética a la reflexión filosófica sobre esta acción humana, pero pueden también usarse y de hecho se usan en la vida cotidiana indistintamente, como sinónimos. Por tratarse de la sección dedicada a la visión ética, vamos a usar a veces estos términos de manera indistinta y a precisar su distinción en las partes que lo requieran.

Tres imágenes para el día del maestro.

*De mi columna Educación personalizante. Lado B. Mayo de 2012. 1.-Preparar el futuro, “Qué lindo era el futuro...