Este blog fue creado para compartir algunos elementos sintéticos del trabajo de investigación reflexiva sobre "educación personalizante", término creado para invitar a pensar la educación como dinamismo histórico-socio-cultural complejo, desde una perspectiva fundada en el pensador jesuita Bernard Lonergan S.J. (1904-1984)y el intelectual francés Edgar Morin (1921- )que alimentan mi propia búsqueda de una educación que contribuya a la humanización,
domingo, 19 de enero de 2014
La educación en valores como educación para la democracia
*Artículo publicado en El Columnista. 16/02/2011,
"Democracia: Es una superstición muy difundida, un abuso de la estadística"
Jorge Luis Borges.
"La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes".
Charles Bukowski
En el ámbito escolar y universitario de nuestros días se habla mucho de la necesidad de "educar en valores", de que la moral "regrese a la escuela" como tituló Latapí uno de sus libros al respecto-, de que los niños y jóvenes vuelvan a educarse en lo que es bueno y lo que es malo.
Sin embargo este clamor por volver a incluir la formación valoral en las escuelas y universidades que es compartido por autoridades, profesores, directores y padres de familia, significa muchas veces una especie de indoctrinación en la que se enseñe a los estudiantes "los valores" que se consideran como universales para vivir una vida individual honesta, recta y responsable.
Muy rara vez se relaciona educación en valores con formación social, con desarrollo de la conciencia de vivir en sociedad y de las herramientas básicas para convivir de manera democrática construyendo la justicia junto con los otros.
Sin embargo, desde una perspectiva ética compleja y acorde a nuestros tiempos, es necesario asumir que todo lo valoral es social y todo lo social es valoral.
Lo valoral es social desde la perspectiva de que cada proceso de valoración y decisión de un sujeto humano individual está siempre mediada e influida por los condicionamientos económicos, políticos y culturales de la sociedad en la que vive.
También lo valoral es social en tanto que toda valoración y decisión se hace de manera situada, es decir, dentro de un contexto socio-cultural específico. No se puede hablar de valoraciones o decisiones abstractas sino de procesos de valoración y decisión en unas condiciones sociales concretas y siempre dinámicas.
Pero más allá de esto, lo valoral es social en tanto que el ser humano, "estructuralmente moral", es al mismo tiempo "estructuralmente social". La estructura valorativa del ser humano es intersubjetiva y no puede realizarse ni potenciarse si no es en relación con otros sujetos y en relación con la sociedad en la que se vive.
El fundamento de lo moral o lo ético es precisamente, según afirma Edgar Morin, el hecho experimentable en cada persona de que los seres humanos no vivimos para sobrevivir, sino que sobrevivimos para vivir, vivimos para vivir. Este vivir para vivir significa vivir para disfrutar de la vida y de un proyecto de felicidad personal, pero también implica que este proyecto de vida se oriente a ayudar a vivir a otros, a dar vida a los demás.
En este sentido, lo ético o lo moral tiene que ver necesariamente con la convivencia y con la construcción de una convivencia democrática en la que todos puedan aspirar a este vivir para vivir a partir del compartir la vida, del ayudar a vivir a otros.
Ningún proceso, estructura o institución social son a-morales, es decir, no pueden estar al margen de lo moral. Tenemos así sociedades, estructuras o instituciones humanas "más o menos morales" o "más o menos inmorales" pero no podemos tener sociedades o instituciones a-morales, es decir, que sean axiológicamente neutrales, que no tengan en su modo de funcionamiento una carga valoral específica que puede ser humanizante o deshumanizante, justa o injusta, libre o esclavizante.
Lo social tiene una carga axiológica puesto que la sociedad funciona con base en ciertos valores aceptados convencionalmente o impuestos por los grupos de poder formal o fáctico. Lo axiológico tiene una carga social puesto que toda valoración afecta de un modo u otro el funcionamiento social y por ello todo proceso de valoración y decisión debe hacerse siempre pensando en el impacto que tendrá en la sociedad.
Finalmente, lo social es valoral en el sentido en que parecen inseparables la educación cívica y la educación moral, es decir, toda educación para la convivencia ciudadana es una educación moral en el sentido que forma para determinados modos de convivir en sociedad, del mismo modo que toda educación en valores es una educación social. Es por ello que actualmente muchos autores desarrollan el término "educación para la ciudadanía" o "educación ciudadana" para hablar de educación valoral, puesto que todo lo valoral tiene un componente político-social.
Es así que afirma la filósofa española Montserrat Payà que es "preferible educar para la reflexión que no para la sumisión; para la crítica que no para la aceptación pasiva: para la participación que no para la abstención".
Desde esta perspectiva, la educación en valores tiene que contribuir a que la sociedad democrática deje de ser una "superstición muy difundida" como lo afirmaba Borges para tratar de formar personas capaces de convivir dialógicamente con los demás y de comprometerse en la construcción de instituciones que promuevan una organización social verdaderamente promotora de la participación y la equidad.
Porque en la situación del México de principios del siglo XXI en el que hemos logrado con mucho trabajo construir procesos electorales más o menos limpios y más o menos equitativos, instituciones electorales relativamente autónomas y una conciencia del voto asumida por un buen porcentaje de la población, es mucho lo que todavía hay que caminar para que podamos decir que estamos en un proceso de transición democrática, que nuestro país avanza para dejar de ser un lugar donde los ciudadanos votan y luego "obedecen las órdenes".
En efecto, falta mucho todavía para poder avanzar hacia una sociedad verdaderamente democrática donde cada ciudadano entienda, desde una ética social y planetaria, que el voto es solamente una de las fases y compromisos de la democracia y que un sistema verdaderamente democrático tiene que ver con la participación activa y propositiva de la sociedad civil en la vida cotidiana y respecto a todos los ámbitos de la vida.
En este proceso que México tiene que enfrentar, un aspecto muy relevante aunque no el único para lograr esta transición efectiva hacia la democracia es el de la educación. Una educación en valores verdaderamente efectiva tiene que contribuir a la formación ciudadana más allá de reproducir los modos de convivencia pasiva o egoísta vigentes.
De manera que como dicen Escámez y Ortega, otros célebres especialistas en educación moral: "(...) si el proceso educativo no consigue personas que tengan predisposiciones para interrogar e interrogarse sobre la realidad que les rodea y sobre ellos mismos, predisposiciones para enjuiciar críticamente la información recibida, habría que suprimir lo de educativo".
Resulta necesario cambiar nuestra visión de la educación valoral para poder contribuir de manera eficaz a la generación de un mejor país. Toda educación genera la sociedad que la genera y si la sociedad pasiva e individualista está generando una educación que no contribuye a la democracia, es hora de asumir nuestro compromiso y tratar de luchar porque desde la educación se rompa el círculo vicioso y se pueda contribuir a regenerar la sociedad en crisis que está generando nuestra crisis educativa.
domingo, 12 de enero de 2014
La educación y el placer de aprender
"Aprender
sin programa,
Con errante pasión…
Aprender lo dispar; lo paranada…"
Sebastiano Masó. (Autodidacta)
Con errante pasión…
Aprender lo dispar; lo paranada…"
Sebastiano Masó. (Autodidacta)
Comparto contigo, amable lector, una anécdota que acaba de ocurrirme a propósito del término del período académico en la universidad. Sucedió en el marco de un curso de "Filosofía de la Educación" que tuve la oportunidad de impartir a un grupo de estudiantes de la licenciatura en Procesos educativos.
Como actividad de síntesis y conclusión del curso, encargué a mis
estudiantes un ensayo en el que eligieran a un filósofo que les resultara
particularmente significativo entre los que habíamos estudiado y que
desarrollaran un concepto relevante de este autor, planteando qué podría
aportar para mejorar la educación en nuestro país, en cualquier nivel y
modalidad que escogieran libremente.
Pocos días antes de la entrega del ensayo, cuando ya habíamos revisado el
planteamiento general y la estructura del trabajo y estaban dedicándose a la
redacción, tuve un intercambio con una alumna a través de "facebook".
Ella puso un comentario en su "Muro" acerca del ensayo y de que
estaba agobiada porque de momento se había agotado "su inspiración".
Yo le contesté animándola, aconsejando que tomara un descanso y que una vez
despejada regresara al texto con lo que podría ser más productivo su
esfuerzo. Me respondió agradeciendo el consejo y me dijo: "Sí. Eso
haré. Quiero hacer muy bien mi ensayo final para que me pongas diez".
Esta respuesta me llamó mucho la atención. Le contesté más o menos con
estas palabras: "Te aconsejo que trates de hacer muy bien tu ensayo, por
el gusto de hacerlo bien…la calificación solamente será una consecuencia".
Resulta significativo para mí reflexionar a partir de este hecho real, que
seguramente le ha ocurrido a muchos profesores con muchos estudiantes -la
constatación de que el proceso de enseñanza-aprendizaje se vuelve una especie
de transacción comercial en la que el alumno se esfuerza con la motivación
esencial de obtener una calificación alta a cambio- sobre un elemento
importantísimo que desde mi punto de vista ha ido perdiendo importancia y
prácticamente desapareciendo del escenario de las aulas: el placer de aprender.
Contrasto la anécdota de esta alumna universitaria con un diálogo que tuve
con mi hija de ocho años en un viaje que realizamos y que transcribí en una
entrada de mi blog : "…A propósito de los paisajes, venimos
platicando cosas y ella me ha comentado ya dos veces que esos pájaros enormes y
negros que surcan el cielo "parecen de papel" porque sus alas se ven
súper delgadas, casi transparentes en vuelo. De pronto me dice: "¿Sabías
que hay un tipo de pájaros que pueden volar por el espacio, más arriba de toda
la tierra durante tres años seguidos, sin descansar? Así, volando todo el
tiempo a pesar de que pesan muchísimo y son muy grandes…durante TRRRREEEESSSS
años seguidos". ¡Qué interesante está esto! Realmente no lo sabía, le respondo
realmente interesado por su manera de contarme la historia que me dice, vio en
"Discovery channel" …De pronto, emocionada realmente, con una voz que
refleja la pasión por conocer de la que yo hablo tanto pero solamente desde la
teoría me dice: "Es que hay cosas en la naturaleza, que hasta te dan ganas
de llorar porque dices: ¿Cómo puede ser posible esto?".
¿En qué momento se obstruye o bloquea esta pasión por aprender, esta
capacidad de asombro que tenemos desde pequeños y se cambia por un interés
meramente pragmático en una calificación? ¿Por qué la escuela, en lugar de
sustentar su quehacer cotidiano en este motor de aprendizaje que es el
"deseo desinteresado de conocer" de los educandos, se funda en la
dinámica conductista de premio-castigo? ¿Cómo vamos los docentes matando este
interés por aprender y convirtiendo el espacio potencialmente apasionante del
aula en un espacio de intercambio de trabajos por calificaciones?
En estos tiempos de
reformas educativas que tanto enfatizan la necesidad de desarrollar
competencias en los estudiantes, de hacer el aprendizaje significativo, de
cambiar el paradigma para centrar la educación en el alumno y en el
aprendizaje, creo que es fundamental que los docentes y aún los padres de
familia -educadores no formales fundamentales- nos preguntemos cómo recuperar
la gratuidad del proceso de aprendizaje, cómo revivir o no dejar que se bloquee
este placer por aprender que es parte fundamental de nuestro ser sujetos
humanos. Artículo Publicado en: La primera de Puebla el 01 de junio de 2010.
domingo, 5 de enero de 2014
Los cambios curriculares y el fracaso de la educación
El sistema educativo mexicano está ahora en tiempo de
cambios, cambios que tendrían que implicar -y se ha hecho un anuncio ya al respecto- modificaciones a nivel curricular de los distintos niveles educativos como una parte central de la reforma educativa emprendida a partir de los cambios constitucionales realizados el año pasado.
Existen algunos antecedentes recientes que convendría no descartar sino tomar como base para los nuevos cambios que se piensen emprender: la reforma de la educación secundaria (RES), la Reforma integral de la educación media superior (RIEMS), la Reforma integral de la educación básica (RIEB) y
numerosos cambios curriculares en escuelas y universidades que persiguen
mejorar la calidad y adecuar la educación a los nuevos tiempos.
Sin embargo, a lo largo de los años hemos visto
innumerables cambios curriculares que no han modificado la realidad que podría
calificarse como de fracaso educativo en nuestro país. ¿Cuál puede ser el
problema? ¿Cómo enfrentarlo?
Dos
riesgos
“Está
muy extendido cierto fatalismo que asume
como
un mal necesario que la enseñanza escolar…
fracasa
siempre”
Fernando
Savater. El valor de educar.
El primer riesgo de fracaso de un proceso de renovación
curricular está en este fatalismo del que habla Savater. Es considerable el
número de profesores y de administradores de lo académico que viven
cotidianamente su trabajo desde esta perspectiva que sostiene que la educación
escolarizada es un mal necesario y que está destinada a fracasar.
Es por ello que muchos esfuerzos serios y aún apasionados
de renovación curricular, acaban siendo presentados en congresos y publicados
como excelentes propuestas teóricas que sin embargo, no resultan en la práctica
porque son saboteadas desde dentro, por esta cultura del “mal necesario” y esta
actitud de que cualquier propuesta de cambio está de antemano condenada al
fracaso.
“Si
queremos que todo siga como está,
es
preciso que todo cambie.”
Giuseppe
Tomasso di Lampedusa. El gatopardo
Un segundo riesgo se deriva del gatopardismo que
padecemos como cultura nacional y como cultura educativa. La idea de que es
necesario que todo cambie para que todo siga igual está muy extendida en
nuestras instituciones educativas.
En muchas ocasiones, las intenciones de fondo, no
explícitas, de los procesos de renovación curricular que son propuestos por
autoridades, son precisamente las de mantener la situación como está, sabiendo
que para sostenerla, es necesario un cambio radical… de formas.
En otros casos, la recta intención de los que proponen
las renovaciones curriculares se ve obstaculizada por los educadores y los
administradores del proceso, que partiendo de la idea de que la forma de
proceder actual ha dado resultado y por ello “no es necesario cambiar” van aceptando
en apariencia la renovación pero la van asimilando de tal manera que no pase
nada relevante en los hechos.
La
reorganización de la esperanza.
Toda renovación
curricular auténtica, a pesar de estos riesgos y a pesar de que está condenada
de antemano a sucumbir en alguna medida a ellos, es una apuesta por el futuro,
por un mejor futuro para los educandos, para la sociedad y para la humanidad.
Desde esta visión
compleja, un proceso de renovación curricular es un camino que pretende
reorganizar la esperanza y aportar a una sociedad que necesita cambiar, ciudadanos
comprometidos y preparados para este cambio. Por ello una renovación curricular
auténtica ofrece más que conocimientos, esperanza.
Para lograrlo debe
empeñarse en poner las condiciones para lograr tres niveles de transformación
sin los cuales no se podrá hacer realidad esta oferta de esperanza: el cambio
en la conciencia de los educadores, el cambio en las estructuras escolares y el
cambio en la cultura educativa.
Como todo proceso humano, ninguna renovación
curricular se hará realidad al cien por ciento. Todo cambio curricular tendrá
un porcentaje de fracaso y un porcentaje de cambios “para seguir igual”. Sin
embargo, de la conciencia que se genere acerca de esta apuesta por el futuro y
de las condiciones de transformación que se pongan en los tres niveles mencionados,
dependerá que la renovación curricular pueda tener mucho más de reorganización
de la esperanza y de cambio educativo real hacia un mejor futuro, que de
fracaso o gatopardismo.
*Este artículo -con pequeñas modificaciones en la introducción para actualizarlo un poco- fue publicado en el diario Síntesis el 13 de febrero de 2006.
viernes, 3 de enero de 2014
Interioridad, introversión, introspección: un ejercicio desde las moradas de Santa Teresa
1.-¿Qué he
vivido como interioridad?
A mí no me suena extraño ese ¿qué hay ahí? Me suena extraña la pregunta que pone en cuestión la existencia de algo ahí dentro que llamemos interioridad.
Me explico: es una cuestión casi
genética, de temperamento. Crecí azotado por la culpa de ser introvertido,
callado, metido en mi propio mundo…y sin embargo ese caminar cargando conmigo,
a pesar de esa culpa creada desde fuera y molesta siempre, me ha dado la
vivencia de la interioridad como algo muy natural, connatural, desde mi modo de
ser…interioridad digo, no necesariamente espiritualidad aunque sí bastante
marcada a veces por una religiosidad aprendida de raíz , en la familia que
testimonia contradictoriamente y que siempre “discursea” y discurre desde una
fe medio rara, muy ortodoxa y culposa, muy de “cargar con la cruz”, el deber
sufrido y el dolor callado de la abuela…
Interioridad viene en mí de
introversión y me ha hecho introspectivo, es decir, alguien que está siempre
vigilando sus propios modos de ir viviendo la vida…sintiendo sus sentires,
pensando sus pensares hasta límites a veces obsesivos y dañinos.
Quizá es algo como la inteligencia
intrapersonal de Gardner, lo he pensado ya mucho después, recientemente, soy más
o menos hábil e inteligente en lo intrapersonal pero muy poco, muy torpe en lo
interpersonal…
Silencio
Por eso para mí interioridad tiene
que ver necesariamente con el silencio, con vivir el silencio, necesitar el
silencio, sumirme a veces en el silencio, disfrutar el silencio y padecer el silencio…
Diálogo
conmigo…si eso es posible
Interioridad es también un diálogo
constante conmigo mismo, parece imposible porque diálogo implica a dos y yo no
soy dos, soy uno, aunque a lo mejor soy más de dos y esos son los que dialogan…
Es diálogo conmigo que incluso se
verbaliza a veces: “qué güey eres, Martín”, “la regaste”, “parece que ahora sí
le atinaste a esto”, “vamos, hay que dar algo que valga la pena a estas
personas “, etc…
Diálogo constante en el que muchas
veces me peleo aunque últimamente y no por mí sino más bien por otras
presencias amorosas y cercanas , he ido reconciliándome conmigo…
Relación
contradictoria con mis propios sueños y temores
Interioridad es también una
incansable, permanente, a veces extenuante actividad imaginativa , ¿soñativa?
Llena de imágenes de mí mismo y de mis seres cercanos, de imágenes de mi mundo
como un mejor mundo, de imágenes ideales o idealistas que a veces, en cierta
proporción, se vuelven realidad a cachitos y por instantes…
Pero también es mi relación con
profundos temores, temor a traicionarme a mí mismo o a la imagen que tengo de
mi mismo o a lo que otros esperan de mi mismo (esa terrible preocupación por no
estar a la altura de lo que otros esperan). Mi relación con los caminos que me
llevan a la muerte y ese temor fundamental del que no salgo aún, aunque vaya
asentándose un poco, pero siempre presente, a partir de esa experiencia que es
una imagen de infancia, muchos años presente, ahora por fortuna, solamente viva
cuando es convocada intencionalmente. Mis temores profundos incluso el que se
expresa en la pregunta: ¿y si no hay nada más? ¿ y si todo lo que creo es sólo
eso, una creencia?
Una
presencia extraña pero profunda de misterio
Y sin embargo, como decía Paz:
“Alguien me deletrea”. Esta es una experiencia que sigo viviendo, con mucha
intensidad, ¿ideología? ¿temor inculcado? ¿fe aprendida? No lo sé , lo que sé
es que es viva y fuerte sensación de una presencia…una presencia más allá de mí
o más acá de mí, de mis temores y de mis sueños…
Una presencia extraña que fue la
imagen del viejo de barba blanca, luego la de cristo crucificado, ahora una
imagen borrosa e indefinida pero igual de intensa en experiencia…
Alguien me deletrea, soy miserable e
impotente para ser en “el buen sentido de la palabra: bueno” (Machado) y por
eso siento, percibo, me refugio, etc. etc.
Una
convicción o conjunto de convicciones: aprendidas pero desaprendidas con culpa
y sin embargo presentes y sostenidas en otra forma:
Finalmente, interioridad es una
convicción o conjunto de convicciones, en principio aprendidas como dogmas para
ganar unas galletas de animalitos con la abuela “joroba”…reforzadas después
como culpa, chantaje sentimental, generosidad desbordada de los padres pero tan
desbordada que nos pasaba a traer a los hijos (¿por qué atender tanto a tantos
y descuidarnos a nosotros?), convicciones curtidas luego, de joven e idealista
afín a la teología de la liberación, encontrándose con otros de su edad y de
sus sueños, siendo después el “guía” de algunos, el que convoca y provoca esos
procesos en otros, pero que se vacía y se va quedando con un conjunto de
convicciones intelectuales, conceptuales, vacías….
Conjunto de convicciones que se
vuelven otra vez vivencia, allá lejos, en Boston, en St. Mathew Parish, cruzando
la calle en medio de la nieve o el frío o la lluvia…en el encuentro con mi
familia, solos, a miles de kilómetros…
Interioridad es un conjunto de
convicciones vividas, vívidas, presentes aún pero sin cauce para expresarse
comunitariamente , viviendo a caballo entre ambientes que me parecen muy dogmáticos
y otros que me parecen vacíos y carentes de sentido y esperanza…conjunto de
convicciones que quieren encontrar cauces de expresión y de vivencia
comunitaria, de comunidad cristiana del siglo XXI, de la globalización, del
internet, de la vida light….
10-06-04
2.-LAS MORADAS
SÉPTIMAS.
-Impresión:
De entrada: oscuridad, lenguaje
críptico, demasiado lejano a mi tiempo, imágenes muy lejanas a mis imágenes,
desierto a angustia por no conmoverme por las moradas.
Ambiente no propicio, demasiado
ruido interno, ruido exterior, clima demasiado racional, dando vueltas a ideas
(entre consejo académico del SEUIA y código Da Vinci), de pronto la serie de
Fibonacci trastocada, diávole no se qué, etc. parecen estar más claros que
“muestra al alma en visión imaginaria la sacratísima humanidad de Cristo…”, sin
embargo algo va quedando, la segunda lectura va siendo menos confusa, van
saltando frases, párrafos pequeños, partes…
-Experiencia:
Como algo que resuena profundo en
medio de muchas cosas urgentes pero superficiales, como algo que a pesar de
decirse en “otro idioma” me describe, me refleja, de algún modo…
Luces y sombras, experiencia de
rebeldía frente a la recurrencia de ese “deseo de sufrir, de vivir el dolor,
etc.” tanto me remite al destino-estigma familiar : “el deber cumplido, el
dolor callado”…la culpa como religión, la necesidad de buscar algo con que
angustiarse para justificar la vida…experiencia de rebeldía frente a esa
invitación al dolor, pero experiencia dulce, como de invitación a relativizar
todas las estupideces en que se sustenta a veces la vida diaria, los sueños de
plástico que soñamos o nos imponen a soñar…experiencia en resumen de paz, el
balance es paz, aunque sea a cuentagotas, a ratitos, a probaditas…
-Puntos que me hicieron detener:
¿No que los místicos viven en su
mundo aparte, fuera de la realidad, orando? Esa insistencia, dos o tres veces
de no salir del mundo, no se trata solo de rezar sino de cultivar las virtudes,
de servir al prójimo, de estar, finalmente, en el mundo, con los pies en la
tierra…¿contemplativos en la acción? Me resonó esa definición jesuita que usé
la semana pasada en mi rollo en León…orar pero sobre todo amar, con un amor que
crece y no se queda estático…ese si es un reto y resuena hondo con mi
experiencia intelectual lonerganiana, el amor como aprehensión continua y
dinámica de ese desconocido conocido que llamamos valor, el amor como decisión
que tiene que irse sosteniendo con la vida, el amor que sigue y encuentra
distintas formas de experimentarse, de vivirse, de pensarse e imaginarse….
Una pregunta que ya no exploré: la
distinción entre alma y espíritu…no sé, me dejó pensando, no entiendo…tengo que
pensar…aunque sobre el alma, algo me agradó mucho: no pensar que el alma es
oscura solo porque no la vemos…porque el alma es una experiencia luminosa,
experiencia de vivir, el alma en el fondo es inseparable de mí…
Algunas veces el señor deja a las
almas con sus fuerzas naturales…vaya que si nos pasa…¿uno o dos días? Pues
conmigo a veces se pasa, o será que estos días de hoy son mucho más cortos que
los de Teresa y por eso son más días….lo hace para fortalecer nuestra
debilidad. ..fortalecer nuestra debilidad…¿es decir, que nuestra debilidad sea
más debilidad y mejor debilidad? ¿o que tengamos fuerza en nuestra debilidad?
De ambos lados hace sentido: hacerme sentir con mayor fuerza mi debilidad es
algo que me acerca a Dios sin duda, esa experiencia de indigencia…de
impotencia…pero también, darme fuerzas dentro de mi debilidad, fuerzas para
asumir mi debilidad y vivir con ella, aceptándola y tratando de hacer algo con
ella o a pesar de ella….
No les falta pues, la cruz, pero
nada les inquieta ni les hace perder la paz…en pocas palabras: entrarle a la
vida como viene y con todo lo que tiene de dolor y confusión e incomprensión,
no nos faltará la cruz (pero obviamente eso implica que no se trata de
buscarla), no nos faltará la cruz pero siempre en paz…siempre en paz…con la
convicción de que ahí está, de que se sabe que hay presencia aunque no haya
gran luz en la experiencia de todos los días…
Esto es el máximo anhelo creo yo,
para todo creyente: asumir la cruz pero siempre con la paz que hace que sigamos
caminando…caminando en la oración y la acción…con el servicio…
17-06-04
-
lunes, 23 de diciembre de 2013
domingo, 8 de diciembre de 2013
Celine Armenta: una rebeldía con proyecto.
Cuando pienso en Celine Armenta me viene a la mente la
palabra rebeldía. Rebeldía contra un mundo injusto, excluyente, en el que el
respeto a la diversidad o quizá mejor dicho, a las diversidades está muy lejos
de ser logrado. Rebeldía contra una sociedad que educa para aceptar lo
semejante, lo propio, lo cercano y para rechazar todo lo diferente, lo que se
sale de lo establecido.
En ese
sentido la trayectoria de Celine es ejemplar porque no cabe en ningún molde,
porque deliberadamente no quiere caber en ningún molde y asume las
consecuencias de ello. Basta leer Misereres y exultates –el libro con el que
ganó el premio nacional DEMAC en el 2007-2008- para vibrar con algunas estampas
de una vida rica, densa, contradictoria y sobre todo libre y fiel a
convicciones profundas que de muchos modos rompen los moldes y cuestionan los
esquemas.
Pero al
mismo tiempo que pienso en rebeldía, evocar a Celine me hace pensar en
inteligencia y pensamiento estratégico, rebeldía inteligente, rebeldía con
estrategia. Porque si algo la caracteriza es su brillante inteligencia, su
capacidad analítica y creativa por encima del promedio. Celine no es de los
rebeldes superficiales o viscerales que se oponen a todo lo establecido
simplemente porque está establecido. Celine es rebeldía con proyecto, rebeldía
con propuesta, rebeldía con causa que va más allá de pasiones momentáneas
–aunque a veces mande señales de vaivén en los detalles porque también viven en
ella y qué bueno, las pasiones momentáneas- y que tiene una visión de largo
aliento, una visión que responde al deseo de humanizar este mundo bello pero en
muchos sentidos inhumano.
Tal vez por
esa rebeldía es una educadora de vocación, una profesional de la esperanza
convencida hasta los huesos de que el mundo no tiene remedio pero que sin
embargo tenemos que seguir día a día dispuestos a cambiarlo, como decía
Fitzgerald que se manifiestan las inteligencias superiores.
Tal vez por
esta rebeldía con causa, por esta urgencia de cambiar el mundo que no tiene
remedio es que Celine siempre tiene prisa, siempre está en movimiento, no
descansa en sus afanes y no se da tregua ni da tregua en sus proyectos. Por
ello Celine puede al mismo tiempo mantenerse informada de lo que pasa en el
mundo, estar al día –en la medida en que esto es posible- en las lecturas literarias
que le interesan, revisar diez tesis al mismo tiempo, adelantar horarios de sus
programas para los próximos dos años, tejer, seguir tejiendo en las juntas,
seguir tejiendo las juntas y los proyectos y las ideas y las utopías que le
sirven y sirven a muchos al convivir con ella para continuar caminando, para no
desfallecer en el intento de que la educación sea realmente educativa y
esperanzadora y que el mundo se vuelva aunque sea un milímetro más incluyente y
gozosamente plural.
Como tiene
prisa, a los que estamos a su alrededor nos parece que se está jubilando muy
rápido, tal vez porque pensamos que todavía tiene mucho que hacer, que podría
haber coordinado las maestrías muchos años más y seguirían funcionando como
reloj de precisión al mismo tiempo que continuarían avanzando lenta pero
firmemente. Sin embargo, estoy seguro que como siempre, Celine nos lleva ya
mucha ventaja y tiene perfectamente trazado el camino hacia adelante, el camino
del exultate que vendrá con la jubilación y la liberación de los esquemas
rígidos del empleo fijo, el camino del miserere que pasa siempre por la
comprensión y la compasión hacia todo lo que le rodea y hacia todos los que le
rodean.
Felicidades y éxito en lo que sigue, querida Celine.
061213.
lunes, 2 de diciembre de 2013
EL CUENTO ES MUY SENCILLO, PERO NO TANTO…
(Fragmento
de un texto preparado para un grupo llamado informalmente “el plan” en el que
participamos Martín y Gaby con otros matrimonios amigos de 96 a 97. La idea era compartir algo de nuestra infancia que nos hubiera marcado significativamente).
Ahora que lo pienso bien, todo
ese “orgullo nerd”…fue siempre en alto grado una necesidad de competir por el
cariño paterno entre siete “talentosos y seguiditos” por destino más que por
decisión.
En efecto, siete que llgábamos
año tras año por “gracia de Dios” pero también por toda una mentalidad y una
cultura de época, la cultura de “los hijos que Dios nos mande” que no era muy
reflexionada, era simplemente lo que tocaba y me imagino, que no tocaba con
demasiado disgusto o desagrado donde tocó tantas veces: ocho que fueron siempre
siete en razón de que Gabo llegó cuando Ray ya había partido en ese incidente
deportivo que quizá nos sumergió para siempre en ese “mentes vemos, cuerpos no
sabemos” del que ya les platiqué.
Pensándolo bien, ese ser
aplicados fue casi genético en una familia en la que papá no pudo estudiar –y
para mi daño o beneficio no pudo estudiar arquitectura-. No recuerdo el momento
en que se nos fue haciendo esa conciencia de que teníamos que sacar siempre
diez y que los primeros lugares eran casi parte de la honra de la familia… tal
vez los orígenes son remotos, -llega un recuerdo reciente de mis papás
reclamando a mi maestra de segundo de Primaria del Pereyra porque no me dieron
a mí una medalla que según esto merecía y se la llevó otro compañero-. El caso
es que para nosotros fue algo que se fue haciendo natural, casi dado por hecho.
Sí veo, ahora a la distancia, la necesidad de ser queridos por nuestros papás
por los diplomas y medallas de fin de cursos pero esa es una explicación a
posteriori, algo que nunca nos fue dicho, ni fue forzado ni cuesta arriba para
nosotros que jamás nos sentimos presionados en ese entonces para lograrlo.
El ritual empezaba desde el
primer día de clases en que durante todo el trayecto desde la 31 poniente hasta
la 29 oriente –toda la ciudad de entonces- que mediaban entre la casa y el
salesiano, mi papá iba “sensibilizándonos”
a la enorme trascendencia que significaba entrar a un nuevo año escolar
y cómo tendríamos que esforzarnos por estudiar y “portarnos bien”…todo ello aderezado
con oraciones abundantes.
A partir de allí iniciaba la
carrera y poco a poco y casi como emergiendo de nuestro metabolismo, nos íbamos
ganando los dieces y las famas y las simpatías de unos y las antipatías de
otros. En esta carrera había de todo, entre otras cosas, la sensación de que
cada trabajo era como una batalla campal que tenía que sortearse (aunque si no
salía bien, mis papás tuvieran que llegar 11 o 12 de la noche, al concluir sus
reuniones del grupo religioso en turno –cursillos, acción católica en varias
modalidades, etc.- a terminarlo o de plano a rehacerlo para que al despertar
uno sintiera la tranquilidad de que había salvado el honor y casi la vida. Esta
ayuda de mis papás fue sobre todo en las cuestiones manuales, de allí lo inútil
en ese rubro que salí, lo cual me hizo llegar siempre a entregar mis maquetas
de arquitectura en la universidad don todos los dedos llenos de curitas y me
hace hasta la fecha contratar “especialistas” casi para cambiar el foco que se
fundió en la sala.
Al final del año, el orgullo
de tener en filita tres, cuatro, cinco, seis hijos que transitaban por sus
premios por el pasillo del auditorio y la autoestima que crecía en cada: “¿Cómo
le hacen para que sus hijos sean tan estudiosos?” o “los López Calva esto o aquello”, dicho con
una mezcla curiosa de admiración y envidia por otros papás. Al final de esto,
el rito de agradecimiento en el que desfilaban a comer en la casa todos los
maestros y el padre director, un rito del que yo llegué a tener la sensación de
que me querían en la escuela por mis papás y no tanto por mi persona o por mi
trabajo.
De todo esto aprender,
aprender mucho porque se trataba de estar hiperatentos todas las clases y así
los exámenes “no sabían ni a melón”. El aprender que valoro porque me hizo una
disciplina, una responsabilidad, una trayectoria, un método de estudio y un
gusto por aprender que he descubierto y valorado mucho después.
Este recuerdo tiene dos
sensaciones: la primera es la nostalgia que me sigue invadiendo al escuchar el
“Largo” de Xerxes de Haendel porque me recuerda el pasillo, los profesores al
frente y la despedida de cada uno, así de simple, sin diplomas ni premios,
despedida y abrazos que se hacían mucho más intensos al salir de la secundaria
y repetir, con la misma música, el mismo ritual humano imprescindible que no sé
por qué no se le ha ocurrido a nadie en otros colegios.
La segunda sensación es la de
sentirme por primera vez una persona individual, distinta. ¿Los signos?: La
ropa nueva, la peluquería de grandes con mi papá y la plática de “hombre a hombre”
que me hizo entrar mental y prematuramente a la adolescencia que llegó mucho
más tarde y creo que aún no se acaba de ir.
Estos
signos pueden parecer pueriles pero si tomamos en cuenta que en la selva de
siete uno se sentía siempre masa y que además la propiedad de la ropa siempre
fue comunal (una imagen imborrable es la de mis papás llegando de una tienda y
echando sobre la mesa un montón de playeras y pantalones y diciendo siempre sin
señalar un destinatario: “les trajimos esto a ver si les queda”), si tomamos en
cuenta esto y que la peluquería era muy cara y entonces el peluquero, el famoso
Miguel iba a la casa y nos cortaba el cabello en serie y en serio para que
durara, pues estos dos signos además de la plática personalizada fueron
imborrables…
domingo, 24 de noviembre de 2013
¿RESPONSIVIDAD O RESPONSABILIDAD? ÉTICA PROFESIONAL E IDENTIDAD INSTITUCIONAL EN UN CAMBIO DE ÉPOCA
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Comienzo agradeciendo sinceramente al Instituto de
Estudios Universitarios a través de la persona del Mtro. José Sanchez Aviña, la
invitación a participar en la presentación de este muy interesante libro que
nos tiene reunidos hoy aquí y que nos invita a hacer múltiples reflexiones
desde perspectivas distintas que tienen como denominador común, un campo
fundamental para comprender e intentar transformar el sistema educativo
nacional: La ética que construye identidad o forma parte esencial de las
identidades personales, profesionales o institucionales
*Texto leído en la presentación del libro Ética profesional e identidad institucional en el año 2006.
“El discurso ético es una
construcción polisémica” inicia diciendo la introducción a cargo de los
coordinadores de este trabajo que reúne catorce ensayos de diecisiete
investigadores de distintas instituciones, sectores y niveles educativos. Así
como el discurso ético es polisémico, lo primero que salta a la vista al lector
al entrar en contacto con los textos, es el carácter también polisémico del
título de este texto. Porque “Etica profesional e identidad institucional”, al
revisar los distintos apartados y capítulos, puede entenderse como: una
selección de sólidos artículos de investigación que reúnen algunos trabajos
sobre ética profesional (sobre todo los del apartado I que tiene el título de
Etica e identidad profesional: “Elementos significativos de la ética
profesional” de Hirsch (coordinadora de esta edición), “Etica profesional. Los
genetistas humanos en Alemania” de Wüestner por ejemplo…) y otros sobre identidad institucional (por
ejemplo el de Medardo Tapia – “La responsabilidad y ética del cambio en las
normales”, el de Jennie Brand – “La identidad institucional del docente en la
Universidad Simón Bolívar” - o el de Amneris Delgadillo – “La evaluación de las
instituciones educativas como generadora de identidad institucional. Las
instituciones educativas lasallistas” -; o bien, como una compilación de
excelentes artículos de investigación sobre la relación entre ética o dimensión
valoral e identidad (“Identidad y ética
profesional en los estudiantes universitarios. El caso de la Universidad de
Guanajuato” o “Tensiones identitarias y ethos profesional. El caso del profesor
de formación cívica y ética” de la Dra. Yurén); el título también puede
interpretarse como una serie de artículos que tratan sobre la formación ética
de los profesionales (“Los valores científicos y profesionales del Ecólogo” de
Guadalupe Ibarra o “Valores y tendencias valorales de los estudiantes dela
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León”, de
Guadalupe Chávez) y también como artículos que abordan el tema de la ética de
los académicos o docentes que forman a los profesionales (el mismo de Brand o
“Microcontextos escolares: génesis de laidentidad profesional y ética de las y
los docentes” y también: “Etica de la profesión académica en la época global”
–de Rodrigo López Zavala, el segundo de los coordinadores).
Pero es precisamente esta
polisemia la que le da una unidad flexible y abierta al libro y permite al
lector aproximarse desde diferentes perspectivas, todas ellas llenas de retos
para el docente, el investigador, las instituciones y el sistema educativo.
1.-Una
preocupación constante.
“La
universidad se ha convertido en la
refaccionaria
del mundo empresarial y
laboral”
Gabrel
Anaya S. J.
Desde el punto de vista de
este lector, el libro tiene otra línea de articulación muy importante, que es
la preocupación fundamental que parece estar sintetizada en la frase de Anaya:
la universidad como repositorio de “piezas” para el engranaje del mercado
laboral en detrimento de una formación profesional que brinde a la dimensión
ética, indispensable para la formación de una identidad profesional e
institucional, la importancia que esta requiere.
Varios artículos mencionan
explícitamente esta preeminencia en la formación profesional de la lógica de la
instrucción o transmisión de saberes sobre la formación ética o vaoral en los
profesionales (Delgadillo o Kiepowikz) o este desequilibrio entre el progreso
técnico que no ha ido aparejado con el necesario desarrollo moral (Hirsch). La
investigación de Yurén muestra como la amenaza para el ethos del docente ante
la introducción de la materia de Educación cívica y ética en la secundaria,
provocó en muchos profesores la tendencia a una “instrucción bancaria”
expresada sobre todo en una “socialización desapegada” que lleva al docente a
preocuparse solamente por cubrir el programa de temas o a la “socialización
inculcadora” que plantea una enseñanza o imposición de creencias o valores en
los estudiantes. Los dos trabajos que se refieren a la identidad de estudiantes
muestran también contradicciones valorales que surgen del énfasis en la
capacitación o formación científico-técnica y el descuido de la formación
ética, que se muestra también de algún modo en el nivel de posgrado en el
trabajo sobre los valores científicos y profesionales del ecólogo.
2.-Profesionales
responsivos.
“La
universidad está formando profesionales
exitosos
para sociedades fracasadas”
Xabier
Gorostiaga S.J.
¿Qué significa en los hechos
visto socio-históricamente este descuido de la formación ética de los
profesionales? La cruda realidad parece mostrar que la frase de Gorostiaga es
una incómoda y preocupante verdad: profesionales exitosos, competitivos,
eficientes, bien capacitados, equipados para hacer una vida laboral adaptada a
las exigencias cada vez más difíciles de este nuevo siglo y sin embargo,
sociedades fracasadas, fragmentadas, divididas, conflictivas y deshumanizante.
La realidad que documentan
estos trabajos que compila el libro, parece mostrar claramente que una
formación profesional orientada solamente desde la visión económica, técnica o
científica, produce profesionales responsivos y no profesionistas responsables,
es decir, egresados que responden pasiva y acríticamente a las demandas de la
sociedad del mercado global pero que son incapaces de responsabilizarse de
manera reflexiva y creativa de las enormes contradicciones, crisis,
desigualdades y desafíos humanos y sociales que este mundo está planteando.
Profesionales responsivos que se adaptan al mundo en que viven sin cuestionarlo
de fondo, pero que no tienen la visión ni las herramientas
afectivo-intelectuales para adaptar el mundo, haciéndose cargo de la realidad
que les ha tocado vivir. Profesionales que, como en el caso de los estudiantes
de la Universidad de Guanajuato estudiados en el trabajo de Kepowicz, conciben
e identifican valores como la honestidad en la universidad y en sus docentes
pero ven claramente que en la vivencia de sus compañeros y de ellos mismos,
predominan más bien comportamientos totalmente contrarios.
3.-Un
horizonte incierto y poco propicio para la ética.
“El
futuro ya no es como era antes”
Paul
Valéry
Una constante más que se
alcanza a leer en todo este libro, es la constatación de que estamos en una
época marcada por la incertidumbre y las presiones de una globalización
económica que está guiada por una visión exclusivamente práctica y
utilitarista.
Este es el punto de partida
del trabajo de Rodrigo López Zavala, que se plantea la pregunta sobre la
influencia de este contexto, sin duda poco propicio para la reflexión y la
vivencia de las cuestiones éticas, en la identidad académica. La presión sobre
lo que el autor llama “la moda instrumental“ sobre la ética de la profesión, traducida en
el peso excesivo de los saberes fácticos y del dominio técnico y académico de
los contenidos de una profesión para poder sobrevivir compitiendo en el
mercado, es una realidad de la que se debe partir si se quiere fortalecer la
identidad profesional del académico en este mundo práctico.
“Se buscaría que el profesor
no se convierta en un simple enseñante de saberes legítimos y actuales , sino
que sea portador del ethos académico; que le permita generar escenarios éticos,
en medio de modas y políticas que estimulan la formación basada en la
racionalidad técnica” dice el autor (p. 259) en una afirmación que expresa esta
preocupación válida en este tiempo marcado, en términos de Lonergan, por la
“aberración general del sentido común práctico” que parece olvidar o incluso
rechazar la comprensión inteligente y razonable y la deliberación ética en aras
de intereses de poder y visiones inmediatistas. Sin embargo, cabe aquí hacer la
pregunta por ese “ethos académico” que pareciera, por el modo en que está dicha
la frase anterior, un ethos ya establecido y predeterminado. ¿No estamos más
bien en un momento en el que precisamente el desafío principal se encuentra en
la construcción de un nuevo ethos académico que sin hacernos meramente
responsivos, incorpore elementos de este cambio de época que tienen que ver
también con la construcción de una nueva ética, como parece decirlo el autor en
otras partes del texto? ¿Cuál o cómo será este nuevo ethos académico que
responda a los tiempos de incertidumbre? ¿Cómo mantener presente y vigente la
reflexión ética en un mundo que privilegia esta racionalidad instrumental?
¿Cómo construir una cultura académica que nos vuelva “facilitadores de una alta
moral” en tiempos de sociedades desmoralizadas, en términos de Cortina a la que
cita López Zavala?
El reto parece partir de un
cambio en la manera en qu los mismos académicos concebimos el ser y el quehacer
académico. Como dice la comisión Delors de la UNESCO, citada en este trabajo,
la actividad docente ya forma parte de “este escenario conflictivo” al que nos
está llevando la globalización y no habrá manera de enfrenta este escenario, si
conservamos los criterios y categorías del pasado.
Llama la atención por ejemplo
que a la par que se afirma que la “naturaleza de la relación entre enseñantes y
aprendices supera el plano de lo técnico” y que
se trata de una profesión (la docencia) que posee natural
intencionalidad de intervenir entre seres humanos”, se afirme después que,
“paradójicamente, el trabajo académico no tiene sólo finalidades académicas”,
entendiéndose aquí trabajo académico, en el sentido que hay que superar, de
trabajo exclusivo con el saber o el conocimiento, el viejo debate al que ya
Ignacio de Loyola en el siglo XVI respondía, cuestionado por la inquisición, diciendo
que al educando hay que formarlo “en letras y en espíritu”, trascendiendo la
falsa disyuntiva de dar solamente conocimientos o solamente formación ética o
humana.
4.-Conservadurismo:
un riesgo permanente
“Todo
tiempo pasado fue mejor”
“Los
jóvenes ya no tienen valores”
Dominio
público
El riesgo permanente del que
hay que estar muy vigilantes, es el del conservadurismo identificado hoy con la
mentalidad llamada genérica y a veces ambiguamente “neoliberal”, que domina
nuestra época. El conservadurismo que privilegia esta relación instrumental y
este seguimiento ciego de las normas del consumo y el dinero, pero que también
corre el riesgo de descalificar, por desconocimiento o ampliación de la “brecha
generacional”, la nueva cultura en la que querámoslo o no, estamos viviendo y
sobre todo, están viviendo los jóvenes de hoy.
Los dos trabajos sobre
perfiles de la identidad de los estudiantes (los estudios de tres licenciaturas
de la Universidad de Guanajuato y de la Facultad de Filosofía y letras de la U.
Autónoma de Nuevo León, sobre todo este último por la cantidad, amplitud y
forma de presentar la información) aportan muchos datos acerca del modo de
significar y valorar la vida y la profesión que tienen los universitarios de
este tiempo. Esta información, junto con la “encuesta nacional de juventud” del
INJUVE y otros estudios de este tipo, son materiales de estudio para cualquier
académico o investigador que pretenda facilitar el aprendizaje o tratar de
comprender y reflexionar este horizonte en el que vivimos, con la visión de
construir una nueva ética para estos nuevos tiempos.
Una constante, desde mi punto
de vista no tan claramente expresada -salvo en el caso del estudio del programa
de formación valoral para padrea de familia y docentes de Meyalli- pero presente en prácticamente todos los
trabajos, es la visión del mundo de la ética como un mundo de principios o
valores que hay que saber, compartir, comunicar, aplicar a la vida, etc. pero
que ya están establecidos.
El riesgo del conservadurismo
y de las visiones “bancarias”, en términos del estudio de Teresa Yurén, está
claramente expresado en el estudio de Meyalli donde se parte de la afirmación
de ciertos valores preestablecidos y válidos “para todos los hombres de buena
voluntad”, que se enseñan o, como los mismos entrevistados expresan, les son
“dados” a los docentes y a los padres de familia con resultados positivos según
la investigación.
Sin embargo, aunque los demás
trabajos parten de marcos teóricos críticos y de vanguardia (Habermas, Cortina,
Foucault, Deleuze, etc.), no están exentos del riesgo de pensarse o escribirse
desde la visión de ciertos criterios éticos que se construyen diálogicamente
pero que se vuelven los referentes últimos o desde los “discursos éticos”
validados por procesos de comunicación que se pueden pensar como
incuestionables por el procedimiento o el marco conceptual desde el cual se
construyen democráticamente. El riesgo está en quedarse en lo instituido, por
más vanguardista que sea, y olvidar lo instituyente, es decir, analizar los
discursos éticos en sí mismos, sin ver aquello de lo cual están hablando esos
discursos; o revisar los criterios éticos racionales y democráticamente
construidos mas que el dinamismo humano que los construye y las exigencias
intrínsecas en este dinamismo.
Desde mi punto de vista
sesgado por la visión lonerganiana, los tiempos de hablar de educación en
valores o de formación valoral han pasado y necesitamos propuestas que, como
decía Ortega y Gasset: “estén a la altura de nuestros tiempos”. La educación de
la libertad efectiva, es decir, la educación del dinamismo humano (lo
instituyente) que tiene como únicas constantes las operaciones conscientes e
intencionales y sus exigencias de atención, inteligencia, razonabilidad y
responsabilidad, debería ser la nueva forma de educación moral o ética en estos
tiempos inciertos, plurales, relativos y dinámicos, para superar esa visión de
“rescate” o “recuperación” de valores perdidos a las que hacen referencia los
profesores en la investigación de Yurén.
5.-La
respuesta está en el futuro.
“La
respuesta a los retos de este cambio de época
y a
las desigualdades sociales que nos plantea
no
está en el pasado sino en el futuro”
Luis
Ugalde S.J.
Porque la respuesta a las
interrogantes éticas que se plantean a las profesiones hoy en día y que
constituyen un elemento central, como lo dice Kepowicz en su artículo, de la
construcción de identidades, debe ser buscada en el futuro y no en el pasado.
La respuesta está en la formación de profesionales responsables que sepan
hacerse cargo de la realidad en la que viven en lugar de profesionistas
responsivos que se adaptan al contexto tal como está y ahondan “el ciclo amplio
de declinación” en que parece que estamos viviendo.
Para lograrlo, es necesario
formar académicos y docentes responsables y no simplemente responsivos. Esto
pasa necesariamente por una reconstrucción dinámica y crítica del ethos de la
profesión académica, como lo plantean de diversas formas algunos artículos del
libro. Pero esto no será posible, si no se logra, a nivel social y político, la
construcción de un sistema educativo y de unas instituciones responsables, que
también sepan de manera estructural, hacerse cargo de esta realidad del cambio
de época.
Porque el mundo de lo ético y
de la vivencia moral en estos tiempos, es un mundo complejo que no puede
funcionar a partir de “códigos deontológicos”, porque como bien lo plantea el
artículo de lo genetistas alemanes, la construcción de códigos deontológico no
garantiza la vivencia de estos valores por parte de los profesionales debido a
diversas dificultades que en el mismo artículo se señalan:
-Los principios éticos son
demasiado generales
-Los principios éticos pueden
entrar en conflicto unos con otros
-Los principios de una ética
profesional pueden entrar en conflicto con otros intereses sociales
-La realización de los
principios éticos puede fracasar debido a cuestiones externas a la profesión.
-La realización de los
principios éticos puede fracasar debido a cuestiones internas de la profesión y
su ejercicio.
Estas y otras dificultades
que en el artículo se señalan, parecen dejar claro que como afirma Lonergan:
“El bien siempre es concreto pero las definiciones son abstractas” y en ese
sentido, las normas éticas de la profesión son abstracciones que pueden
formular conceptualmente algunos principios generales pro que de ninguna manera
resuelven el problema de la ética profesional.
El reto entonces no está en
la inclusión de materias de ética profesional en los planes de estudio sino en
el replanteamiento ético de toda la estructura institucional de la educación y
del ethos de la profesión académica como elemento regulador de los modos
concretos de vivir esta actividad, desde ciertos modos de significar y valorar
que son comunes a todo el gremio.
Estos y otros elementos
surgen a partir de la lectura de “Ética profesional e identidad institucional”
que sin duda es un gran disparador de pensamiento y de preguntas acerca de este
enorme reto en el que está en juego sin duda, la posibilidad de construir paulatinamente,
una perspectiva ética que genere una identidad profesional e institucional más
propicias para la humanización y la justicia. Es por ello que sin duda, vale
mucho la pena acercarse a este libro.
Hirsch, A. y
R. López (2003). Etica profesional e
identidad institucional. Universidad Autónoma de Sinaloa. México.
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