lunes, 19 de mayo de 2014

Los cambios curriculares y el fracaso de la educación





*Pubicado en Síntesis: 13/02/2006.
 
A lo largo de los años hemos visto innumerables cambios curriculares en nuestro sistema educativo que no han modificado la realidad que podría calificarse como de fracaso en términos de calidad, equidad y pertinencia en nuestro país. ¿Cuál puede ser el problema? ¿Cómo enfrentarlo?

Dos riesgos

“Está muy extendido cierto fatalismo que asume
como un mal necesario que la enseñanza escolar…
fracasa siempre”
Fernando Savater. El valor de educar.

            El primer riesgo de fracaso de un proceso de renovación curricular está en este fatalismo del que habla Savater. Es considerable el número de profesores y de administradores de lo académico que viven cotidianamente su trabajo desde esta perspectiva que sostiene que la educación escolarizada es un mal necesario y que está destinada a fracasar.
            Es por ello que muchos esfuerzos serios y aún apasionados de renovación curricular, acaban siendo presentados en congresos y publicados como excelentes propuestas teóricas que sin embargo, no resultan en la práctica porque son saboteadas desde dentro, por esta cultura del “mal necesario” y esta actitud de que cualquier propuesta de cambio está de antemano condenada al fracaso.
“Si queremos que todo siga como está,
es preciso que todo cambie.”
Giuseppe Tomasso di Lampedusa. El gatopardo

            Un segundo riesgo se deriva del gatopardismo que padecemos como cultura nacional y como cultura educativa. La idea de que es necesario que todo cambie para que todo siga igual está muy extendida en nuestras instituciones educativas.
            En muchas ocasiones, las intenciones de fondo, no explícitas, de los procesos de renovación curricular que son propuestos por autoridades, son precisamente las de mantener la situación como está, sabiendo que para sostenerla, es necesario un cambio radical… de formas.
            En otros casos, la recta intención de los que proponen las renovaciones curriculares se ve obstaculizada por los educadores y los administradores del proceso, que partiendo de la idea de que la forma de proceder actual ha dado resultado y por ello “no es necesario cambiar” van aceptando en apariencia la renovación pero la van asimilando de tal manera que no pase nada relevante en los hechos.

La reorganización de la esperanza.

            Toda renovación curricular auténtica, a pesar de estos riesgos y a pesar de que está condenada de antemano a sucumbir en alguna medida a ellos, es una apuesta por el futuro, por un mejor futuro para los educandos, para la sociedad y para la humanidad.
            Desde esta visión compleja, un proceso de renovación curricular es un camino que pretende reorganizar la esperanza y aportar a una sociedad que necesita cambiar, ciudadanos comprometidos y preparados para este cambio. Por ello una renovación curricular auténtica ofrece más que conocimientos, esperanza.
            Para lograrlo debe empeñarse en poner las condiciones para lograr tres niveles de transformación sin los cuales no se podrá hacer realidad esta oferta de esperanza: el cambio en la conciencia de los educadores, el cambio en las estructuras escolares y el cambio en la cultura educativa.
Como todo proceso humano, ninguna renovación curricular se hará realidad al cien por ciento. Todo cambio curricular tendrá un porcentaje de fracaso y un porcentaje de cambios “para seguir igual”. Sin embargo, de la conciencia que se genere acerca de esta apuesta por el futuro y de las condiciones de transformación que se pongan en los tres niveles mencionados, dependerá que la renovación curricular pueda tener mucho más de reorganización de la esperanza y de cambio educativo real hacia un mejor futuro, que de fracaso o gatopardismo.


lunes, 12 de mayo de 2014

La educación en valores como educación para la democracia

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“Democracia: Es una superstición  muy difundida, un abuso de la estadística”
Jorge Luis Borges.
La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.
(
Charles Bukowski)
            En el ámbito escolar y universitario de nuestros días se habla mucho de la necesidad de “educar en valores”, de que la moral “regrese a la escuela” –como tituló Latapí uno de sus libros al respecto-, de que los niños y jóvenes vuelvan a educarse en lo que es bueno y lo que es malo.
            Sin embargo este clamor por volver a incluir la formación valoral en las escuelas y universidades que es compartido por autoridades, profesores, directores y padres de familia, significa muchas veces una especie de indoctrinación en la que se enseñe a los estudiantes “los valores” que se consideran como universales para vivir una vida individual honesta, recta y responsable.
            Muy rara vez se relaciona educación en valores con formación social, con desarrollo de la conciencia de vivir en sociedad y de las herramientas básicas para convivir de manera democrática construyendo la justicia junto con los otros.         
Sin embargo, desde una perspectiva ética compleja y acorde a nuestros tiempos, es necesario asumir que todo lo valoral es social y todo lo social es valoral.
            Lo valoral es social desde la perspectiva de que cada proceso de valoración y decisión de un sujeto humano individual está siempre mediada e influida por los condicionamientos económicos, políticos y culturales de la sociedad en la que vive.
            También lo valoral es social en tanto que toda valoración y decisión se hace de manera situada, es decir, dentro de un contexto socio-cultural específico. No se puede hablar de valoraciones o decisiones abstractas sino de procesos de valoración y decisión en unas condiciones sociales concretas y siempre dinámicas.
            Pero más allá de esto, lo valoral es social en tanto que el ser humano, “estructuralmente moral”, es al mismo tiempo “estructuralmente social”. La estructura valorativa del ser humano es intersubjetiva y no puede realizarse ni potenciarse si no es en relación con otros sujetos y en relación con la sociedad en la que se vive.
            El fundamento de lo moral o lo ético es precisamente, según afirma Edgar Morin, el hecho experimentable en cada persona de que los seres humanos no vivimos para sobrevivir, sino que sobrevivimos para vivir, vivimos para vivir. Este vivir para vivir significa vivir para disfrutar de la vida y de un proyecto de felicidad personal, pero también implica que este proyecto de vida se oriente a ayudar a vivir a otros, a dar vida a los demás.
            En este sentido, lo ético o lo moral tiene que ver necesariamente con la convivencia y con la construcción de una convivencia democrática en la que todos puedan aspirar a este vivir para vivir a partir del compartir la vida, del ayudar a vivir a otros.
Ningún proceso, estructura o institución social son a-morales, es decir, no pueden estar al margen de lo moral. Tenemos así sociedades, estructuras o instituciones humanas “más o menos morales” o “más o menos inmorales” pero no podemos tener sociedades o instituciones a-morales, es decir, que sean axiológicamente neutrales, que no tengan en su modo de funcionamiento una carga valoral específica que puede ser humanizante o deshumanizante, justa o injusta, libre o esclavizante.
            Lo social tiene una carga axiológica puesto que la sociedad funciona con base en ciertos valores aceptados convencionalmente o impuestos por los grupos de poder formal o fáctico. Lo axiológico tiene una carga social puesto que toda valoración afecta de un modo u otro el funcionamiento social y por ello todo proceso de valoración y decisión debe hacerse siempre pensando en el impacto que tendrá en la sociedad.
            Finalmente, lo social es valoral en el sentido en que parecen inseparables la educación cívica y la educación moral, es decir, toda educación para la convivencia ciudadana es una educación moral en el sentido que forma para determinados modos de convivir en sociedad, del mismo modo que toda educación en valores es una educación social. Es por ello que actualmente muchos autores desarrollan el término “educación para la ciudadanía” o “educación ciudadana” para hablar de educación valoral, puesto que todo lo valoral tiene un componente político-social.
            Es así que afirma la filósofa española Montserrat Payà que es “preferible educar para la reflexión que no para la sumisión; para la crítica que no para la aceptación pasiva: para la participación que no para la abstención”.
            Desde esta perspectiva, la educación en valores tiene que contribuir a que la sociedad democrática deje de ser una  “superstición muy difundida” como lo afirmaba Borges para tratar de formar personas capaces de convivir dialógicamente con los demás y de comprometerse en la construcción de instituciones que promuevan una organización social verdaderamente promotora de la participación y la equidad.
            Porque en la situación del México de principios del siglo XXI en el que hemos logrado con mucho trabajo construir procesos electorales más o menos limpios y más o menos equitativos, instituciones electorales relativamente autónomas y una conciencia del voto asumida por un buen porcentaje de la población, es mucho lo que todavía hay que caminar para que podamos decir que estamos en un proceso de transición democrática, que nuestro país avanza para dejar de ser un lugar donde los ciudadanos votan y luego “obedecen las órdenes”.
            En efecto, falta mucho todavía para poder avanzar hacia una sociedad verdaderamente democrática donde cada ciudadano entienda, desde una ética social y planetaria, que el voto es solamente una de las fases y compromisos de la democracia y que un sistema verdaderamente democrático tiene que ver con la participación activa y propositiva de la sociedad civil en la vida cotidiana y respecto a todos los ámbitos de la vida.
            En este proceso que México tiene que enfrentar, un aspecto muy relevante aunque no el único para lograr esta transición efectiva hacia la democracia es el de la educación. Una educación en valores verdaderamente efectiva tiene que contribuir a la formación ciudadana más allá de reproducir los modos de convivencia pasiva o egoísta vigentes.
            De manera que como dicen Escámez y Ortega, otros célebres especialistas en educación moral: “(…) si el proceso educativo no consigue personas que tengan predisposiciones para interrogar e interrogarse sobre la realidad que les rodea y sobre ellos mismos, predisposiciones para enjuiciar críticamente la información recibida, habría que suprimir lo de educativo”.
            Resulta necesario cambiar nuestra visión de la educación valoral  para poder contribuir de manera eficaz a la generación de un mejor país. Toda educación genera la sociedad que la genera y si la sociedad pasiva e individualista está generando una educación que no contribuye a la democracia, es hora de asumir nuestro compromiso y tratar de luchar porque desde la educación se rompa el círculo vicioso y se pueda contribuir a regenerar la sociedad en crisis que está generando nuestra crisis educativa.
*Publicado en El Columnista. 14/02/2011.

domingo, 4 de mayo de 2014

DE LA ESPERANZA Y LOS TIEMPOS DE CAMBIO. Algunas reflexiones para pensar el papel de los universitarios en el futuro de México.




a.-Nada.

“Nada. No se puede decir nada.
Déjenme hablar ahora; no es posible.
Quiero decir que eso, que lo otro, que todo
Aquí me tiene muerto, medio muerto, llorando.
Porque nos pasa a veces, nos sucede que el mundo
-no sólo el mundo- se complica, se amarga,
se vuelve de repente un niño sin cabeza,
idiota, idiota, idiota.
Y el café ya no sirve, ni el cigarro,
Ni hablar de soledad, de insomnio, de locura,
Ni el lamentar a voces el corazón de rana que uno tiene
En el pecho
Ni el sollozar tan largo que nadie nos escuche…”
            Jaime Sabines.


            Tiempos de cambio y a la vez, tiempos de nada. Tiempos en que los cambios parecen no significar nada, no decirnos nada, no ofrecernos nada, no hacernos abrigar ni una leve esperanza.
            Cambios que no son cambios, cambios que parecen nada, que nos tienen medio muertos, llorando por dentro o por fuera, porque el mundo –y no solamente el mundo- se complica y se amarga, parece de pronto quedarse sin pies ni cabeza y no tener sentido, ni remedio…ni nada…
            No se puede decir nada de estos tiempos de cambio, como no sea que la desilusión se apodera de nosotros y que parece que estamos en un momento en que no sirven ni el café, ni el cigarro, ni hablar del corazón que uno tiene en el pecho, no sollozar tan largo que nadie nos escuche. No se puede decir nada en estos tiempos de cambio donde parece que no importan las palabras, que todas son iguales, que han perdido su fondo y su significado, que no producen ningún efecto más que el ruido y la confusión generalizada. Queremos decir que eso, que lo otro, que todo, pero no podemos, o no queremos pronunciar nuestra palabra, porque hay tanto oído sordo en este mundo de cambio, porque hay tanto cambio hueco en este tiempo de sordos.

b.-Pero no descansa.

“He mirado a estas horas muchas cosas sobre la tierra
y sólo me ha dolido el corazón del hombre.
Sueña y no descansa.
No tiene casa sobre el mundo.
Es solo.
Se apoya en Dios o cae sobre la muerte
Pero no descansa…”
            Jaime Sabines.

            Pero el corazón del hombre no descansa, no tiene casa sobre el mundo porque está permanentemente de viaje hacia algún sitio desconocido, aventurado, a veces, como en estos tiempos de cambio, confuso y oscuro como nuestra ceguera colectiva. Pero no descansa, el corazón humano sueña y no descansa, se apoya en Dios o cae sobre la muerte, pero no descansa.
            El corazón del hombre no descansa y sigue firme construyendo sueños o tratando de reconstruir los sueños destruidos por esta realidad absurda que cambia hacia ninguna parte y parece empeñada en romper todos los sueños humanos. Sigue empeñado en edificar sueños humanos, sueños de “ríos buscando su cauce” (Paz), el cauce de la humanización y la justicia, tan lejano en apariencia pero al mismo tiempo tan presente y urgente.
            Y sin embargo, a pesar de que estos tiempos de cambios mundiales, de cambios de gobierno locales, de cambios en el mundo de la universidad y las universidades, de cambios que parecen ser solamente parte de la misma rutina, “más de lo mismo” en este ciclo de sinsentidos, el corazón del hombre. El corazón del hombre y la mujer del mundo, de México, de Puebla, de los universitarios, sigue empeñado en soñar y no descansa…a pesar del cansancio acumulado, a pesar de los sueños rotos, a pesar de la desesperanza que a veces asoma por todas las ventanas.

c.-El día que vendrá.

“Entreteneos aquí con la esperanza.
El júbilo del día que vendrá
Os germina en los ojos como una luz reciente.
Pero ese día que vendrá no ha de venir: es este.
            Jaime Sabines.

            La universidad y los universitarios somos quienes menos debemos descansar en este empeño de soñar en construir y organizar la esperanza social y personal. La crisis de futuro nos invita a la desilusión y al inmovilismo, pero la universidad debe ser una incanzable regeneradora del corazón del hombre, del corazón humano que no descansa, que ahora menos que nunca debe sentarse a descansar.
            No descansar y seguir soñando, pero soñando con los pies en la tierra y con la conciencia clara de que la esperanza no es algo que sirve para entretenernos aguardando un día que quizá no vendrá, sino una manera de enfrentar el presente con la convicción profunda de que la vida tiene sentido, la humanidad tiene futuro, la sociedad tiene remedio.
            Seguir soñando no en el júbilo del día que vendrá sino en la posibilidad real de este día, de cada día, presente, como oportunidad de construir, con inteligencia, reflexión y decisión comprometida y comunitaria, un sueño que sea probable de ser vivido por todos.  Hoy, en el momento inminente de arranque de las campañas presidenciales para el 2006, sería bueno tener esto en cuenta y reforzar la esperanza activa que se requiere, hoy igual que siempre, quizá hoy más que nunca.

*Publicado en el diario Síntesis en Noviembre de 2005.

domingo, 27 de abril de 2014

EDUCAR PARA LA VIDA EN LA ESCUELA Y LA UNIVERSIDAD


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El grillo maestro.
“Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del
invierno el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto que los Pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.
   Al escuchar aquello, el Director, que era un grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos.”
                                                            Augusto Monterroso.

            Uno de los obstáculos principales para lograr una educación para la vida en nuestros tiempos es que todos los que trabajamos en la educación sufrimos en alguna medida del mal del Grillo viejo y sabio, es decir, que todos en mayor o menor grado nos sentimos seguros y satisfechos cuando vemos que en la escuela y la universidad las cosas siguen “como en nuestros tiempos”.
            Cuando esta actitud es muy dominante, la satisfacción por ver que todo funciona como en nuestros tiempos nos lleva a menudo a no percibir la enorme cantidad de nuevos datos de la realidad cambiante, la gran cantidad de preguntas y de nuevas comprensiones que son necesarias, el enorme caudal de procesos de pensamiento crítico que hacen falta, la enorme cantidad de deliberaciones y buenos juicios de valor y decisiones que tendríamos que estar tomando para estar a la altura de los tiempos.
            Educar para la vida significa en términos de escuela y universidad en el siglo XXI, cambiar nuestra visión de lo educativo para hacerla más centrada en una comprensión interactiva de la educación y en una perspectiva del ser humano como deseo inteligente o consciente, en lugar de seguir con la perspectiva tradicional pasiva, la visión del ser humano como animal racional y dividido y desde una orientación prescriptiva y normativa.
            El reto de educar para la vida en la escuela y la universidad de hoy implica aceptar la tarea de ir construyendo un ambiente propicio para el crecimiento común, un “nosotros escolar o universitario” libre y responsablemente decidido y construido que parte de la intersubjetividad espontánea pero la va volviendo comunidad de afectos, de comprensiones, de jucios y de significados.
            Estos ambientes construyen y son construidos por presencias significativas, presencias que se vuelven referente para los educandos por su búsqueda permanente y honesta de autenticidad que los va volviendo presencias afectivas efectivas, líderes intelectuales, autoridades morales y testimonios críticos.
            Las presencias significativas promueven encuentros transformadores de los educandos con otros educandos, con realidades interesantes y distintas, con grandes teorías o autores que se vuelven camino permanente por recorrer y fuente de preguntas por explorar.
            Educar para la vida implica formar seres humanos complejos, preparados para enfrentar la incertidumbre y para ir construyéndose en la incertidumbre y aportando elementos para construir y reconstruir la realidad también compleja que les toca vivir.
            Educar para la vida  quiere decir educar explorando permanentemente la estructura de nuestro deseo inteligente para irnos apropiando progresivamente de ella, descubriendo y construyendo las verdades y los valores que son pertinentes para comprender, criticar y vivir el contexto dinámico de la realidad del cambio de época.
            Educar para la vida también quiere decir educar para generar probabilidades emergentes de humanización en cada condición y contexto concreto. Esto implica además, la comprensión  del desarrollo de la humanidad como mezcla impura de elementos de progreso y de decadencia y la capacidad de ir reflexionando críticamente para distinguirlas.


Publicado en: Síntesis, 17/03/2006.

domingo, 20 de abril de 2014

“No busquen entre los muertos al que está vivo”: Algunas imágenes y pensamientos personales sobre la pascua.





I
“Estad siempre alegres…” repetía constantemente Don Bosco en ese libro ilustrado que en varios tomos nos daban a leer en el colegio salesiano. Esta frase sintetiza la formación en la fe que recibí en mi educación básica, no solamente en aquéllos libritos ilustrados o en los concursos sobre la vida de San Juan Bosco sino en la vida cotidiana de esa escuela en la que el padre director y los maestros convivían en los recreos con nosotros, platicaban, hacían bromas, ponían apodos y jugaban fútbol, Basket o Volley con todos los alumnos.
Esa especie de lema o imperativo se basaba en una idea Pascual. Si Jesús venció a la muerte y nos abrió las puertas de la vida eterna con su resurrección, si el Evangelio es ante todo “buena noticia”, un cristiano no puede, no debería estar triste nunca, sino comunicar con su testimonio de alegría esta experiencia de resurrección.

II
En paralelo estuvo siempre la educación familiar, la de la culpa y el sufrimiento como pasaportes de identidad católica, la de la “congoja perpetua” y el “obituario semanal” como la llama mi hermano Pablo, la del “deber sufrido y el dolor callado” como se atribuye –para mi gusto sin hacerle justicia- a la abuela Jovita.
Esta educación centrada sólo en la cruz estuvo siempre en tensión y creo que venció finalmente en mi ánimo hasta niveles subconscientes que por lo mismo han sido muy difíciles de domar y manejar en mi vida adulta en la que muy frecuentemente me revive esa sensación de que a uno no tiene porque irle bien si a tantos otros les va mal o que uno no tiene derecho a disfrutar de la vida si otros la están padeciendo.
Algo de positivo tiene esta parte también porque me ha hecho capaz de compadecerme y solidarizarme con los crucificados de este mundo injusto y en muchos aspectos cruel en que vivimos, algo de disfrute tuvo también en algunos chispazos “de colores” en la etapa de mis papás en cursillos de cristiandad que estoy casi seguro, mis hermanos menores ya no vivieron conscientemente y no recuerdan o recuerdan muy poco. A ellos les tocó el lado sufriente y les sigue tocando hoy como a mí.

III
Casi en la puerta del Centro Lonergan en la hermosa Bapts Library de Boston College una mañana de viernes del otoño de 1997, justo al terminar la sesión del seminario que durante casi cuarenta años han mantenido vivo los discípulos del filósofo canadiense estoy presente en una conversación informal en la que Sue Lawrence, la muy ejemplar y cálida esposa del profesor Fred Lawrence, en ese entonces director del Instituto Lonergan, platica de una experiencia de ejercicios espirituales ignacianos que si no recuerdo mal acababa de hacer alguna amiga suya. En esta conversación ella resalta una frase de la persona que terminó esta experiencia espiritual: “No me había dado cuenta hasta ahora que el mundo es en technicolor…” Esta era una imagen personal para describir lo que si no entiendo mal Ignacio llama: “Contemplación para alcanzar amor” y que está en la última parte de los ejercicios. Una vez que uno ha reconocido su propio ser pecador y ha identificado de manera personal a Jesús como aquél que se sometió a la muerte de cruz por esos pecados personales, cuando uno se ha podido experimentar libre de esta carga del mal gracias al amor de Cristo crucificado y vivir la invitación a la vida renovada que se nos plantea a partir de la resurrección, entonces empieza uno a ser capaz de “descubrir a Dios en todas las cosas”, a ver en la realidad toda la huella del creador que nos ama de manera personal. En ese momento puede uno caer en la cuenta de que el mundo es en “technicolor”, o para decirlo en términos actuales, en Hi Fi, en la más perfecta versión de la alta fidelidad. Cuando uno se encuentra con Jesús resucitado puede vivir esta experiencia y apreciar el brillo profundo y deslumbrante de la realidad toda.

IV
Cuando uno ha tenido que experimentar el dolor inevitable, ese dolor injusto que la vida nos presenta a todos en algunos momentos y que por ser algo común, inexplicable, no ligado a nuestras actitudes o capacidades nos une con los demás y nos hace capaces de decir: “te comprendo”. Cuando la línea entre la vida y la muerte se ha desdibujado muy cerca de nuestro corazón, tan cerca y tan dentro que nos paraliza y nos golpea hasta postrarnos en el piso como signo palpable de nuestra impotencia, cuando uno ya no entiende nada y ora sin entender, con una mezcla de ruego, rebeldía, duda, incertidumbre y aceptación, es posible llegar a mirar la cruz y lentamente, con el tiempo y esfuerzo necesarios, comprender que Jesús no nos evita ese dolor pero nos acompaña en él desde lo profundo de su propia experiencia, de su propio camino de dolor injusto pero asumido con amor y en perspectiva de eternidad.

V
Una experiencia rara, un poco fuera de lugar tal vez…Es viernes santo y pedaleo con fuerza, a un ritmo constante en un gimnasio lleno de gente que se concentra en su propia salud física –la minoría- y en su apariencia corporal –la inmensa mayoría- mientras escucha música ruidosa que según los “expertos” en esto del entrenamiento motiva y llena de energía. Mientras pedaleo tengo puestos mis audífonos y escucho en mi Ipod una obra cumbre de la humanidad: La pasión según San Mateo de Johan Sebastian Bach.
Poco a poco el ritmo constante del pedalear y la profundidad afectiva que comunica la música van creando un mundo aparte, una especie de muralla que me separa de eso que sigo mirando a mi alrededor. Cierro los ojos por momentos y hago un esfuerzo por seguir mi propio movimiento interior, voy vibrando con la música y empiezo a meditar sobre el misterio de la Cruz, de esa cruz que desgraciadamente se ha ido convirtiendo en una cultura del sufrimiento, en una legitimación del dolor y de la injusticia en el mundo pero que mirando en lo profundo y auténtico de su mensaje es más bien lo contrario, es un signo de liberación no solamente interior sino también externa, un símbolo del triunfo de la vida sobre la muerte y de la Justicia con mayúsculas que se realiza en plenitud más allá de nuestros límites humanos y sociales pero debe irse construyendo desde nuestra propia humanidad y en nuestra sociedad concreta.
Despacio y sin estruendo logro entender algo, una cosa que puede ser discursivamente muy trillada pero que no me ha sido fácil comprehender desde el fondo de mi existencia: La Cruz me invita a cambiar el foco de mi mirada, a dejar de ver todo en perspectiva de inmediatez, desde las limitaciones y preocupaciones del día a día y a adquirir una mirada trascendente, una mirada que ponga toda la existencia en clave de eternidad.
Mirar en clave de eternidad, plantear todo lo que hago en una perspectiva de futuro que me trasciende y trasciende a todos, vivir conforme a esta esperanza, a la esperanza de que la vida ha triunfado sobre la muerte y aunque vivimos con la presencia de la muerte y en una cultura de muerte, este triunfo es definitivo.

V
Ojalá los cristianos en lo personal y grupal, ojalá la iglesia en su dimensión institucional y estructural, ojalá nuestra cultura religiosa puedan cambiar el foco y asumir este triunfo de la vida sobre la muerte como el eje que ilumina los modos concretos de actuar. Ojalá el mensaje del Papa Francisco que ha insistido en este mensaje de Don Bosco diciendo que un cristiano no puede estar triste ni amargado ni derrotado, que no puede vivir padeciendo la realidad sino viendo el lado resplandeciente el mundo y comunicando la buena noticia a todos –a TODOS, no solamente a los que piensan o viven como nosotros- pueda llegar a instalarse en la mente y el corazón de la iglesia que somos todos.
Porque este mensaje si se aprehende y se vive es revolucionante y cambiaría toda nuestra existencia haciendo que dejáramos de vivir una religiosidad basada en las tres Cs que mencionaba en alguna charla Gabriel Anaya S. J.: Credo, Culto y Código; creer en ciertos dogmas sin esforzarnos siquiera en comprender las verdades profundas, practicar una serie de ritos muchas veces por convención social o costumbre más que por convencimiento nacido del corazón y obedecer ciegamente una serie de leyes y normas que llevan muchas veces a la moralina intolerante y excluyente y no a la vida que se guía en la radicalidad de los nuevos mandamientos que planteó Jesús: Ama a Dios sobre todas las cosas y ama a tu prójimo como a ti mismo.
Ojalá dejemos de buscar entre los muertos al que está vivo y presente entre nosotros.

Domingo de Pascua de 2014.


domingo, 6 de abril de 2014

¿CIEGOS GUIANDO A OTROS CIEGOS? EL PAPEL DE LOS UNIVERSITARIOS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA DEMOCRACIA.




“Y tú me llevas ciego de la mano…
como un fulgor que se congela en hacha…
como el cadalso para el condenado…”
Octavio Paz. Piedra de sol.

            Tiempos de confusión, desilusión, tensión y desencuentro parecen marcar este proceso de “eterna” transición a la democracia que vive nuestro país.
 Tiempos en los que es cada vez más difícil encontrar la lógica o la coherencia al proceso político y a la vida social, tiempos de oscuridad y cuestionamiento creciente o descrédito creciente de los líderes que toman las decisiones trascendentes en México.
            Vivimos tiempos oscuros, tiempos donde parece que un grupo de ciegos –la llamada clase política y los medios de comunicación- está guiando a otros ciegos- los ciudadanos- hacia ningún lado o al menos, no hacia donde parece estar el auténtico desarrollo de una sociedad realmente democrática y justa, plural y abierta, respetuosa de las instituciones y de la ley pero ocupada y preocupada por la equidad y el respeto a todos los mexicanos.
 Los tiempos que corren parecen apuntar a ciertos escenarios de retroceso hacia al autoritarismo que parecía ya superado más que a la consolidación de una vida democrática por la que tantos y tantas han apostado su vida.
            Ante este panorama oscuro e incierto es importante hacernos las preguntas: ¿Qué puede aportar la universidad a la construcción de la democracia? ¿Cuál es el papel de los universitarios en este proceso de construcción colectiva y estructural?
            La respuesta sobre el aporte de la universidad tiene mucho que ver con tres elementos centrales: la inteligencia, la crítica y la responsabilidad social.
            La inteligencia es un elemento fundamental para la construcción de una sociedad auténticamente democrática. La buena inteligencia, la inteligencia de calidad que trasciende el sentido común es un componente básico de la vida universitaria.
            En un momento donde el debate político está guiado por los intereses particulares y de grupo, en un país en el que la opinión pública está definida e incluso manipulada por lo que los medios de comunicación masiva de cualquier tendencia deciden que es importante, el papel de la inteligencia se vuelve un elemento fundamental que puede y debe aportar la universidad y cada uno de los universitarios.
            ¿Qué papel estamos jugando los universitarios en la promoción de análisis inteligente más allá del sentido común, para comprender la situación política actual de nuestro estado y de nuestro país? ¿Qué papel real y simbólico están jugando las universidades en el contexto de la sociedad local y regional como promotoras de comprensión y análisis desapasionado de la realidad de nuestra democracia con sus avances y sus retos?
            La ausencia de inteligencia objetiva y desapasionada sobre la realidad de nuestro proceso político está obviamente impidiendo también el ejercicio de una criticidad auténtica que trascienda la simple queja, el cuestionamiento sesgado, la destrucción visceral de todo lo que sea distinto al propio pensar.
            En un momento de confusión en el que “ciegos guían a otros ciegos”, la universidad no puede entrar al juego de la crítica fácil y sin fundamento ni matiz o de las posturas absolutas a favor o en contra de determinados personajes, grupos, partidos, procesos o tendencias mundiales.
El papel de la universidad es el de la promoción de la crítica inteligente y sustentada en análisis riguroso y evidencia sólida, es el de abrir espacios para el diálogo y el cuestionamiento que lleve a construir mejores juicios sobre la realidad de nuestra incipiente democracia y los desafíos que se le presentan.
            ¿Qué tanto estamos los universitarios ejercitando nuestra criticidad de manera real y sustentada? ¿Hasta dónde las universidades están cumpliendo su tarea como conciencia crítica de la cultura dominante desde posiciones argumentadas y sustentadas sólidamente?
Además de lo anterior, la universidad debe ser, a partir del ejercicio permanente de la inteligencia y la crítica, una promotora permanente de responsabilidad y compromiso social. En estos tiempos de confusión y descomposición social y política, la universidad debe promover una “solidaridad bien informada” y una actitud de responsabilidad hacia la reconstrucción del tejido social y de las estructuras políticas que sean adecuadas a los tiempos democráticos que nuestro país está empezando a vivir.
Ante las evidencias de descomposición política a nivel estatal y nacional, cabe preguntarnos: ¿Qué tanto estamos actuando los universitarios con verdadera responsabilidad social? ¿Qué papel están jugando nuestras universidades como promotoras de responsabilidad social a nivel de su presencia y su voz en la sociedad local y regional?  

*Publicado en el diario Síntesis, Noviembre 2004.

lunes, 31 de marzo de 2014

“Soñar con las manos”: Hacia una transformación educativa.



“Hay que soñar con los ojos abiertos,
hay que soñar con las manos
soñemos sueños activos de río buscando su cauce,
sueños de sol soñando sus mundos.”
Octavio Paz.

            El cambio de época que vivimos está exigiendo que la educación se transforme radicalmente para que como país podamos volver a soñar con las manos, a soñar sueños activos que vayan reedificando el proyecto de nación que todos queremos construir.
Para descubrir y encabezar este proyecto que es dinámico y se va construyendo con las manos de todos y con los sueños de todos, es necesario contar con líderes, pero no con cualquier tipo de líderes. Se requiere de una nueva concepción de liderazgo que se oriente desde el servicio y que se asuma desde la complejidad de los procesos educativos y desde la complejidad de la sociedad para la que hoy debemos educar a nuestros estudiantes.
 Muchos de los líderes actuales no solamente no promueven este soñar en común sino que impiden la realización de muchos de los sueños activos que los profesores, los estudiantes, los directores, vamos descubriendo con los ojos abiertos y queriendo vivir con las manos unidas.
            Por ello es urgente en nuestro país, una transformación educativa integral y profunda. Se necesitan líderes distintos para lograrla. Líderes que tengan una perspectiva de complejidad y una visión de esperanza razonable y comprometida.
            Esta transformación educativa debe empezar por las aulas, partir de cada profesor concreto y cada alumno concreto, porque en lo educativo, dice Latapí  “son las personas concretas las que determinan el éxito del sistema”, pero no puede quedarse solamente allí.
            Ciertamente es necesario promover procesos por los cuales cada docente vaya reencontrando la docencia como un camino de autorrealización a pesar de las condiciones adversas en que a veces se desarrolla y de las razones que lo hicieron llegar a ser docente. Procesos por los cuales cada docente vaya redescubriendo los desafíos sociales y su tarea como un medio privilegiado para cumplir con un compromiso social concreto de humanización.
            Pero más allá y a partir de la transformación de cada docente, es necesario ir impulsando la transformación del ordenamiento de la institución educativa y del sistema educativo en su conjunto. Para que la transformación educativa se realice tiene que haber un salto cualitativo por el cual la operación del sistema educativo y de cada uno de sus componentes se vaya volviendo cada vez más cooperación hacia un fin común.
            Esto no significa solamente una transformación de las leyes, los reglamentos o los organigramas que sin duda ayudan pero son abstractos, sino una transformación paulatina de toda la serie de ciclos de relaciones y de decisiones concretas que hacen que el sistema educativo opere tal como opera en lo cotidiano.
 Esta sería la verdadera transformación del ordenamiento educativo y tendría que hacerse a partir de una actitud de búsqueda permanente desde una Secretaría de Educación que se asumiera más como un “Ministerio del futuro” y una “instancia de generación de pensamiento sobre ese futuro” (Latapí) que como una instancia de control, administración, certificación y sanción de lo “educativo”.
            La complejidad implica un tercer paso: el cambio de nuestros significados y valores en lo educativo. Este es un tercer nivel de transformación educativa que es imprescindible para el cambio global.
Necesitamos ir paulatinamente incidiendo en el cambio de lo que se entiende por educar, de lo que significa la docencia, de lo que se considera una institución educativa, de lo que se entiende por un buen profesor, por un buen director, por un buen alumno, por un buen sistema educativo.
            Este cambio de nuestros significados y de la manera en que se valora lo que sucede cotidianamente en la escuela debe partir de los docentes,  pero debe sin duda llegar a los padres de familia, a los alumnos y a la sociedad en general. Porque esta cultura de lo educativo se transmite de generación en generación y muchas veces es la resistencia más fuerte al cambio.
Es importante incorporar la visión de calidad a este proceso de cambio cultural pero sin dejar de lado la visión de equidad que había permeado nuestra educación históricamente y estando siempre pendientes de lo que implica educar de una manera integral: ¿qué exigencias debe tener un proceso educativo para que se pueda llamar de verdad EDUCATIVO? Esta es la pregunta clave que debe ir reorientando permanentemente toda nuestra búsqueda de transformación en los tres niveles ya descritos.
            De manera que la transformación educativa es una tarea triplemente compleja porque la educación y la sociedad que nos han tocado vivir son también complejas.

*Publicado en Síntesis, 03/05/2005.

domingo, 23 de marzo de 2014

La escuela que merecen nuestros niños.




“Enseñar es mayoritariamente escuchar y
aprender es mayoritariamente hablar”.
            Deborah Meier.

            El título de este artículo está tomado de un libro publicado por el pedagogo estadounidense Alfie Kohn en el año 2000.
Aunque el libro está escrito desde la experiencia y el debate pedagógico de los Estados Unidos, nos revela que los problemas educativos que se viven en este cambio de época son bastante similares a los que estamos enfrentando en nuestro país y en muchos otros países del mundo.
El texto parte de la argumentación sobre el fracaso educativo que se está viviendo en el país más poderoso y “más desarrollado” del planeta. Ante un panorama educativo que no está mostrando resultados satisfactorios para las expectativas de la sociedad norteamericana, la tendencia social, respaldada por muchos pedagogos de la línea tradicional está siendo el reclamo por estándares más estrictos en todos los rubros del sistema educativo.
El autor plantea una postura que contrapone esta búsqueda de estándares más rígidos a la búsqueda de una mejor educación, sosteniendo que el endurecimiento de los parámetros de evaluación no solamente no lleva al mejoramiento educativo sino que resulta contraproducente desde su planteamiento.
Según Kohn, la educación estadounidense está obteniendo una motivación errónea en los estudiantes por sobreestimar los logros, está logrando una enseñanza y un aprendizaje erróneos por seguir centrando el proceso en el paradigma tradicional en que el profesor habla y el alumno  escucha y memoriza, está obteniendo procesos de evaluación también erróneos por centrarse casi exclusivamente en pruebas estandarizadas, está logrando reformas escolares incorrectas por centrar este proceso en una “arrogancia” de la coerción de “arriba hacia abajo” y en síntesis, está obteniendo un mejoramiento erróneo al confundir “más duro” con “mejor”.
La solución al reto del mejoramiento de la educación está, según el autor, en centrar los esfuerzos del cambio en todos los niveles en “el amor al aprendizaje”.
Está solución inicia sin duda en lo que señala  Meier, que son rasgos que implican una revolución “copernicana” en el planteamiento de lo que sucede en las aulas y del modo en que se hacen las reformas curriculares y escolares en los Estados Unidos, y creo yo, también en nuestros países latinoamericanos. En efecto, el paradigma establecido se sustenta en una ley no escrita que dicta que enseñar es hablar y aprender es escuchar. En la mayoría de las escuelas, todas las mañanas se realiza un ritual en el que los profesores hablan y los estudiantes escuchan sin replicar. Entre más y mejor hable un profesor, se considera un mejor profesor y entre más y mejor escuche y memorice un alumno se le considera un mejor alumno.
El planteamiento de Meier que aparece como epígrafe de este artículo está señalando justamente lo contrario: enseñar es escuchar y aprender es hablar. Entre más y mejor escuche un profesor a sus estudiantes, entre más y mejor oriente y encauce su “amor por aprender”, será un mejor profesor. Entre más y mejor “hable” (se exprese, diga su palabra) el alumno, entre más desarrolle y potencie su “amor por aprender”, será un mejor estudiante.
Si se logra este cambio fundamental, que desde luego no implica que el docente pierda su papel como profesional de la enseñanza, sino que requiere que este papel se desarrolle a partir de la visión de que enseñar no es hablar sino promover y propiciar el aprendizaje, se podrá sin duda ir avanzando hacia una mejor educación y no solamente hacia una más rígida medición de productos de la instrucción.
Lo anterior implicará sin duda un cambio en la forma de motivar a los estudiantes que serán capaces de trabajar por el “amor al aprendizaje” y el placer que el aprender produce en ellos mas que por los premios o reconocimientos que obtengan por sus pequeños logros académicos; un cambio en el modo de evaluar que será –sin excluir algunas pruebas estandarizadas- un proceso centrado en la valoración del desarrollo de los estudiantes y no en la medición de la información que han memorizado; un cambio en los procesos de reforma escolar que se hará tomando mucho más en cuenta los intereses, los procesos, las necesidades de los estudiantes y haciendo coincidir el proceso de “arriba hacia abajo” con procesos de “abajo hacia arriba” que partan de la realidad de las aulas.
Un cambio así requiere de la participación de estudiantes comprometidos, padres de familia que asuman su co-responsabilidad en la educación de sus hijos y autoridades educativas con visión de transformación. Esto significa sin duda la necesidad de una cooperación activa, de todo un movimiento, “un movimiento para demandar las escuelas que nuestros niños merecen”.

 *Artìculo publicado en Síntesis. 23/10/2006.

Tres imágenes para el día del maestro.

*De mi columna Educación personalizante. Lado B. Mayo de 2012. 1.-Preparar el futuro, “Qué lindo era el futuro...