domingo, 8 de junio de 2014

Educación y sentido de la vida.




*Artículo publicado en E-Consulta / 07/05/2007.

            Probablemente la única áncora de salvación
sea la ciencia, el uranio 235, esas cosas. Pero
además hay que vivir.”
Julio Cortázar. Rayuela.


            La educación ha tenido históricamente y tiene hoy, la función primordial de capacitar a las nuevas generaciones en los conocimientos científicos y técnicos más actualizados y pertinentes para su inserción eficiente en el mundo del trabajo y para su adecuada adaptación a la dinámica social.
            Renunciar a este esfuerzo por brindar una formación  científica y tecnológica de la más alta calidad sería condenar a nuestros niños y jóvenes al fracaso social y significaría una grave falta de ética por parte de los educadores, las autoridades educativas y  la sociedad en su conjunto.
            En las circunstancias actuales en las que la “primera hélice” de la globalización -como la llama el pensador francés Edgar Morin[1]- impone condiciones cada vez más fuertes de competitividad para los egresados del sistema educativo, sería inaceptable una propuesta que invitara a evadir el compromiso de formación de los “hábitos cognitivos”[2] de los educandos.
            La llamada “sociedad del conocimiento”exige a los educadores y a las instituciones educativas redoblar los esfuerzos para que los planes de estudio y las prácticas de enseñanza-aprendizaje que se generan de ellas aborden con toda seriedad  los contenidos de las diversas disciplinas, haciendo que los estudiantes, dependiendo de su nivel, puedan familiarizarse, manejar y aplicar con destreza los lenguajes y métodos de las ciencias naturales, humanas y sociales.
            “Pero además…hay que vivir”, y la educación ha tenido históricamente y tiene hoy con mucho mayor urgencia, el deber de formar en el educando la clara convicción de que “hay que vivir” y que la ciencia, la técnica, la información y el conocimiento, no son suficientes para enfrentar con pertinencia el desafío fundamental que tiene que resolver cada persona por sí misma: el de construir su propia existencia.
            Porque el acelerado desarrollo de la “primera hélice” de la globalización –la de la economía, el mercado, la dominación, el control- no ha tenido como complemento y contrapeso un desarrollo suficiente de la “segunda hélice” –la del humanismo, los derechos humanos, el respeto a la naturaleza y a la vida-. En este desequilibrio vivimos y de este desequilibrio es producto y al mismo tiempo productora la educación.
            Los acontecimientos trágicos que recientemente se han producido en el ámbito de instituciones educativas internacionales y locales están hablando de la urgencia de abordar seriamente este reto de una educación compleja que deje atrás el falso dilema que plantea la disyunción entre formación científica de alta calidad y formación humana pertinente.
            Una educación a la altura de nuestros tiempos tiene que ser una educación que conjugue la formación de alta calidad científica y técnica con la educación humana también de alta calidad autorreflexiva, afectiva y moral.
            Porque la educación actual, como señala Marina, debe formar los hábitos cognitivos simultáneamente con los hábitos afectivos y con los hábitos operativos. La educación de la razón y de la creatividad – que no es lo mismo que una educación de la memoria y la repetición- debe ir tejida en conjunto con la educación de los sentimientos –que no es lo mismo que una educación sentimentalista superficial- y con la educación de la autonomía –que no es lo mismo que una educación del capricho voluntarista-, para poder responder a las exigencias del mundo actual y a las necesidades de los niños, adolescentes y jóvenes actuales.
            La relación entre educación y sentido de vida es un elemento fundamental que debe abordar esta educación compleja que capacite para vivir. Esta relación tiene que ser abordada de una manera acorde con los tiempos actuales que están marcados por la incertidumbre.
            En los tiempos de las certezas y los absolutos, el sentido de vida era algo predeterminado. Existía UN sentido para la vida –socialmente legitimado y aceptado- y las nuevas generaciones tenían que asimilarlo y adoptarlo como propio para orientar sus propias vidas.
            La educación actual, la de los tiempos de incertidumbre, debe formar a los educandos en la  convicción de que “la vida no tiene sentido”, sino que hay que dárselo. Víktor Frankl[3], el famoso terapeuta judío que sobrevivió al holocausto, afirma que el sentido de la vida es lo que mantenía la humanidad de los prisioneros en el campo de concentración. No era un sentido de vida predeterminado sino un ejercicio íntimo y profundo de libertad que nacía de lo más profundo y que llevaba a los que lo ejercitaban a entrar a la cámara de gases recitando una oración, mientras otros lo hacían maldiciendo.
            La educación debe promover los espacios para que cada educando caiga en la cuenta de que es necesario construir un sentido para su propia vida y aportar elementos de sentido a la existencia de la sociedad y de la especie humanas y, a partir de esta convicción, desarrollar las herramientas intelectuales, afectivas y operativas que les permitan construir día a día su propio proyecto de vida, dentro de las circunstancias generales que les presente la vida.



           
           


[1] Morin, E. (2003). El Método V. La humanidad de la humanidad. La identidad humana. Madrid. Ediciones Cátedra.
[2] Marina, J. A. (2004). Aprender a vivir. Barcelona. Ed. Arial. 3a. edición.

[3] Frankl, V. (1994). El hombre en busca de sentido. Barcelona. Ed. Herder.

lunes, 2 de junio de 2014

Reforma educativa y dinamismo histórico


                       
                                                
 *Publicado en Síntesis, 28/05/2007.
  
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1.- Un escenario.

            Una de las más populares novelas entre las adolescentes es sin duda “Mujercitas” de Louisa May Alcott, de la que existen varias versiones cinematográficas de distintas épocas que también han sido muy difundidas.
            A escasa media hora al norte de Boston, se encuentra la pequeña población de Concord. Este pequeño pueblo es considerado por los estadounidenses como un símbolo de dinamismo y libertad intelectual. En él vivió la mayor parte de su vida esta escritora y en la casa que habitó allí, nació, a partir de la experiencia vital de ella y sus hermanas, la novela que la haría famosa en el mundo.
            Esta casa hoy se ha convertido en museo. Durante la visita guiada, se destaca el espacio donde la autora y sus hermanas realizaban pequeñas representaciones teatrales y conciertos musicales motivadas por sus padres. En prácticamente todas las habitaciones existen pinturas o dibujos –enmarcados o realizados sobre las paredes directamente- hechos por las hijas del matrimonio de Abigail May –una activista por los derechos de las mujeres, el voto femenino y la abolición de la esclavitud- y Amos Bronson Alcott –profesor y reformador educativo, miembro del movimiento filosófico transcendentalista-, que fueron dos personas ubicadas en la vanguardia de la sociedad puritana del siglo XIX norteamericano. Estos datos hablan de la importancia de la motivación y la libertad expresiva que prevaleció en su educación.
           
            2.-Una anécdota.

            En la recámara de los padres de la escritora, está colgado un cuadro con la “Orden de las actividades domésticas de las niñas”. En él se detallan con toda precisión las actividades de las hijas desde la mañana hasta la noche  y una lista de los elementos a cuidar en el desarrollo de estas actividades: “Vigilancia, puntualidad, perseverancia, entusiasmo, no cuestionamiento, obediencia, control del temperamento, las manos y la lengua; buenos modales, trabajo, estudios y juego, no intercambio de labores”.
            Una visitante estadounidense cuestiona sobre esto a la guía. Ella responde que es una lista que “causa risa a los visitantes, menos a los japoneses”. La visitante dice que a ella le parece que se trata de una educación con disciplina, que es algo necesario aún en la actualidad.
            En la plática posterior a la visita, la guía dice que el padre de Louisa  tenía ideas muy opuestas a las de su tiempo, en que se consideraba que había que golpear continuamente de los niños, que eran considerados como una especie de seres salvajes. En la infaltable tienda del museo, un imán con una frase del Sr. Alcott: “Enseña a través de la motivación”, llama también la atención.

            3.- Un personaje.

            Rescatemos de esta historia al personaje desconocido, olvidando por un momento que se trata del “padre de Louisa May Alcott”.
            Amos Bronson Alcott (1799-1888),  formó parte de la intensa vida intelectual, crítica de su tiempo y del movimiento filosófico llamado “transcendentalismo americano” –junto con Emerson, Thoreau y Hawthorne, amigos cercanos-  que se caracteriza por ser un movimiento que cuestionaba los valores e ideas tradicionales de la sociedad conservadora de su tiempo.
            Alcott tiene una gran influencia de las ideas de Pestalozzi acerca del aprendizaje centrado en el niño y desarrolla a partir de ellas propuestas reformadoras  para la educación de su tiempo.
             Bronson Alcott cree en la centralidad del diálogo entre profesor y estudiante y afirma que la conversación educativa tiene que “fluir libremente” y en ella no cabe “el control de la lógica”. Por ello es criticado a veces como demasiado permisivo en sus métodos.
            Sin embargo, los estudiosos de su pensamiento y acción educativa afirman que este personaje no era de ninguna manera un educador sin orden o disciplina. Por el contrario, tenía todos los momentos de clase planeados  y si bien creía en esta libertad de la conversación pedagógica y en la motivación como un eje de la enseñanza, creía también, como lo vemos en la organización de actividades para sus propias hijas, en la disciplina como otro eje fundamental.
            Inteligencia, naturaleza y sociedad articuladas armónicamente eran el signo de un verdadero genio y esta articulación debería fomentarse en la educación.

3.- La reforma educativa como movimiento histórico.

            Nos encontramos hoy en México en pleno proceso de reforma educativa. ¿Debería significar esto una ruptura total con el pasado?
            El ser humano, la naturaleza, la sociedad, la inteligencia, son elementos cambiantes y por ello cualquier reforma educativa es siempre simultáneamente un momento de ruptura y un punto de continuidad. La reforma educativa que tiene que venir en México deberá ser entonces un proceso que retome los elementos más ricos de la herencia educativa de la humanidad y que al mismo tiempo sea capaz de crear elementos novedosos que pongan a nuestra educación “a la altura de los tiempos” de crisis-cambio-globalización que hoy vivimos.
            Retomar el eje dialógico motivación-disciplina planteado por Alcott en el siglo XIX encontrando las formas de operativizar estos dos elementos en las aulas del siglo XXI, será sin duda una buena manera de entender la reforma educativa como un dinamismo histórico en permanente realización.
           



domingo, 25 de mayo de 2014

EDUCACIÓN Y TOLERANCIA





*Publicado en E-Consulta, Septiembre de 2009.

            Uno de los grandes valores emergentes en la sociedad del siglo XXI  es sin duda el de la tolerancia. La búsqueda de una ética global, de la “Etica planetaria” que plantea Edgar Morin, parece dejar claro que uno de los pilares sobre los que se debe sustentar la convivencia humana en un mundo cada vez más plural es precisamente el valor de la tolerancia.
            Los tiempos que corren en México y en el mundo, tiempos de polarización y de  una fuerte tendencia a reducir los fenómenos y guiar los comportamientos por criterios de simplicidad y maniqueísmo – “buenos contra malos”, “libertarios contra terroristas”, “izquierda contra derecha” - parecen subrayar contundentemente la centralidad de la tolerancia para promover una convivencia humana ya no digamos constructiva y fraterna sino simplemente sostenible y no autodestructiva.
            Si aceptamos lo anterior, podemos estar de acuerdo también en que su progresiva instauración en el imaginario colectivo y en la vivencia social requiere de un esfuerzo serio y decidido por educar a las nuevas generaciones en la tolerancia y para la tolerancia.
            En efecto, se escucha y se lee cada vez más en el medio educativo internacional, nacional y local que las instituciones educativas y los profesores deben enfocar sus esfuerzos hacia la educación para la tolerancia con miras a un mejor comportamiento moral individual y una convivencia cívica constructiva.
            Sin embargo, si queremos realmente educar en la tolerancia y educar para la tolerancia, tendríamos antes que nada que construir un significado más o menos claro y más o menos compartido sobre ¿Qué significa la tolerancia? ?
            Porque como todo valor emergente, la tolerancia es un término que se acepta y se promueve pero que no tiene aún un significado claro entre nuestros profesores o padres de familia.
            Por ejemplo, se puede entender fácilmente de manera equívoca, que tolerar a alguien es soportarlo pasivamente, es decir, dejarlo ser y dejarlo expresarse con cierta molestia resignada de nuestra parte y sin interesarse realmente en escucharlo o en poner atención a sus ideas y acciones. Otra manera posible pero también falsa de entender la tolerancia consiste en pensar que tolerar es ser indiferente frente al otro, frente al que es o piensa distinto. En esta concepción cae muchas veces nuestro comportamiento ciudadano en el que el individualismo parece estar a la orden del día: yo tolero al otro, quiere decir muchas veces, dejo que actúe y piense cómo le dé la gana siempre y cuando no me afecte y me deje también a mí, pensar y actuar como yo quiera. Tolerar se vuelve entonces una actitud cerrada y evasiva que podría sintetizarse en la frase: “Ni ellos se meten connmigo ni yo me meto con ellos”.  
            Pero si pensamos en la tolerancia como un valor: ¿Podríamos decir que la tolerancia puede ser entendida como simple resignación o como indiferencia hacia el otro? ¿Cómo podría la tolerancia entendida de esta manera, ayudarnos a construir una mejor sociedad?
            Retomemos a Morin[1] y veamos cómo una ética planetaria tendría que construirse sobre una base de tolerancia entendida de una manera radicalmente distinta. Este influyente pensador francés contemporáneo nos plantea una definición de tres niveles:
            -La primera tolerancia consiste en estar plenamente convencidos del derecho del otro a ser, pensar y actuar de manera distinta a la mía, a la manera en que Voltaire afirmaba: “puedo no estar de acuerdo con tus ideas, pero defenderé hasta la muerte el derecho que tienes de expresarlas”.
            -La segunda tolerancia  es la que debe estructurar la vida democrática y trasciende la definición anterior, porque no solamente acepta el derecho a la diferencia sino que tiene la convicción de que para que exista una sociedad verdaderamente democrática  “es deseable que existan” grupos y sectores que piensen y vivan de distinta manera y que sean capaces de poner en diálogo estas diferencias.
            -La tercera tolerancia, que es todavía más retadora, es aquella en que no solamente se acepta el derecho a la diferencia y se busca este disenso dialogado para construir una sociedad democrática sino que se está plena y profundamente convencido de que “hay una verdad en la idea antagónica a la nuestra y esa verdad debe respetarse”, al modo en que Niels Böhr afirmaba que: “lo contrario de una idea profunda es otra idea profunda”.
            Una educación en y para la tolerancia que nos lleve a construir un mejor país en medio de la polarización actual, tiene que partir de la reflexión seria y el convencimiento profundo de estas tres tolerancias. Pero esto implica un esfuerzo serio de apertura generosa al otro: ¿Estaremos dispuestos a hacerlo?
           

           


[1] Morin, E. (1995). Mis demonios.  Barcelona. Ed. Kairós. P.91

lunes, 19 de mayo de 2014

Los cambios curriculares y el fracaso de la educación





*Pubicado en Síntesis: 13/02/2006.
 
A lo largo de los años hemos visto innumerables cambios curriculares en nuestro sistema educativo que no han modificado la realidad que podría calificarse como de fracaso en términos de calidad, equidad y pertinencia en nuestro país. ¿Cuál puede ser el problema? ¿Cómo enfrentarlo?

Dos riesgos

“Está muy extendido cierto fatalismo que asume
como un mal necesario que la enseñanza escolar…
fracasa siempre”
Fernando Savater. El valor de educar.

            El primer riesgo de fracaso de un proceso de renovación curricular está en este fatalismo del que habla Savater. Es considerable el número de profesores y de administradores de lo académico que viven cotidianamente su trabajo desde esta perspectiva que sostiene que la educación escolarizada es un mal necesario y que está destinada a fracasar.
            Es por ello que muchos esfuerzos serios y aún apasionados de renovación curricular, acaban siendo presentados en congresos y publicados como excelentes propuestas teóricas que sin embargo, no resultan en la práctica porque son saboteadas desde dentro, por esta cultura del “mal necesario” y esta actitud de que cualquier propuesta de cambio está de antemano condenada al fracaso.
“Si queremos que todo siga como está,
es preciso que todo cambie.”
Giuseppe Tomasso di Lampedusa. El gatopardo

            Un segundo riesgo se deriva del gatopardismo que padecemos como cultura nacional y como cultura educativa. La idea de que es necesario que todo cambie para que todo siga igual está muy extendida en nuestras instituciones educativas.
            En muchas ocasiones, las intenciones de fondo, no explícitas, de los procesos de renovación curricular que son propuestos por autoridades, son precisamente las de mantener la situación como está, sabiendo que para sostenerla, es necesario un cambio radical… de formas.
            En otros casos, la recta intención de los que proponen las renovaciones curriculares se ve obstaculizada por los educadores y los administradores del proceso, que partiendo de la idea de que la forma de proceder actual ha dado resultado y por ello “no es necesario cambiar” van aceptando en apariencia la renovación pero la van asimilando de tal manera que no pase nada relevante en los hechos.

La reorganización de la esperanza.

            Toda renovación curricular auténtica, a pesar de estos riesgos y a pesar de que está condenada de antemano a sucumbir en alguna medida a ellos, es una apuesta por el futuro, por un mejor futuro para los educandos, para la sociedad y para la humanidad.
            Desde esta visión compleja, un proceso de renovación curricular es un camino que pretende reorganizar la esperanza y aportar a una sociedad que necesita cambiar, ciudadanos comprometidos y preparados para este cambio. Por ello una renovación curricular auténtica ofrece más que conocimientos, esperanza.
            Para lograrlo debe empeñarse en poner las condiciones para lograr tres niveles de transformación sin los cuales no se podrá hacer realidad esta oferta de esperanza: el cambio en la conciencia de los educadores, el cambio en las estructuras escolares y el cambio en la cultura educativa.
Como todo proceso humano, ninguna renovación curricular se hará realidad al cien por ciento. Todo cambio curricular tendrá un porcentaje de fracaso y un porcentaje de cambios “para seguir igual”. Sin embargo, de la conciencia que se genere acerca de esta apuesta por el futuro y de las condiciones de transformación que se pongan en los tres niveles mencionados, dependerá que la renovación curricular pueda tener mucho más de reorganización de la esperanza y de cambio educativo real hacia un mejor futuro, que de fracaso o gatopardismo.


lunes, 12 de mayo de 2014

La educación en valores como educación para la democracia

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“Democracia: Es una superstición  muy difundida, un abuso de la estadística”
Jorge Luis Borges.
La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.
(
Charles Bukowski)
            En el ámbito escolar y universitario de nuestros días se habla mucho de la necesidad de “educar en valores”, de que la moral “regrese a la escuela” –como tituló Latapí uno de sus libros al respecto-, de que los niños y jóvenes vuelvan a educarse en lo que es bueno y lo que es malo.
            Sin embargo este clamor por volver a incluir la formación valoral en las escuelas y universidades que es compartido por autoridades, profesores, directores y padres de familia, significa muchas veces una especie de indoctrinación en la que se enseñe a los estudiantes “los valores” que se consideran como universales para vivir una vida individual honesta, recta y responsable.
            Muy rara vez se relaciona educación en valores con formación social, con desarrollo de la conciencia de vivir en sociedad y de las herramientas básicas para convivir de manera democrática construyendo la justicia junto con los otros.         
Sin embargo, desde una perspectiva ética compleja y acorde a nuestros tiempos, es necesario asumir que todo lo valoral es social y todo lo social es valoral.
            Lo valoral es social desde la perspectiva de que cada proceso de valoración y decisión de un sujeto humano individual está siempre mediada e influida por los condicionamientos económicos, políticos y culturales de la sociedad en la que vive.
            También lo valoral es social en tanto que toda valoración y decisión se hace de manera situada, es decir, dentro de un contexto socio-cultural específico. No se puede hablar de valoraciones o decisiones abstractas sino de procesos de valoración y decisión en unas condiciones sociales concretas y siempre dinámicas.
            Pero más allá de esto, lo valoral es social en tanto que el ser humano, “estructuralmente moral”, es al mismo tiempo “estructuralmente social”. La estructura valorativa del ser humano es intersubjetiva y no puede realizarse ni potenciarse si no es en relación con otros sujetos y en relación con la sociedad en la que se vive.
            El fundamento de lo moral o lo ético es precisamente, según afirma Edgar Morin, el hecho experimentable en cada persona de que los seres humanos no vivimos para sobrevivir, sino que sobrevivimos para vivir, vivimos para vivir. Este vivir para vivir significa vivir para disfrutar de la vida y de un proyecto de felicidad personal, pero también implica que este proyecto de vida se oriente a ayudar a vivir a otros, a dar vida a los demás.
            En este sentido, lo ético o lo moral tiene que ver necesariamente con la convivencia y con la construcción de una convivencia democrática en la que todos puedan aspirar a este vivir para vivir a partir del compartir la vida, del ayudar a vivir a otros.
Ningún proceso, estructura o institución social son a-morales, es decir, no pueden estar al margen de lo moral. Tenemos así sociedades, estructuras o instituciones humanas “más o menos morales” o “más o menos inmorales” pero no podemos tener sociedades o instituciones a-morales, es decir, que sean axiológicamente neutrales, que no tengan en su modo de funcionamiento una carga valoral específica que puede ser humanizante o deshumanizante, justa o injusta, libre o esclavizante.
            Lo social tiene una carga axiológica puesto que la sociedad funciona con base en ciertos valores aceptados convencionalmente o impuestos por los grupos de poder formal o fáctico. Lo axiológico tiene una carga social puesto que toda valoración afecta de un modo u otro el funcionamiento social y por ello todo proceso de valoración y decisión debe hacerse siempre pensando en el impacto que tendrá en la sociedad.
            Finalmente, lo social es valoral en el sentido en que parecen inseparables la educación cívica y la educación moral, es decir, toda educación para la convivencia ciudadana es una educación moral en el sentido que forma para determinados modos de convivir en sociedad, del mismo modo que toda educación en valores es una educación social. Es por ello que actualmente muchos autores desarrollan el término “educación para la ciudadanía” o “educación ciudadana” para hablar de educación valoral, puesto que todo lo valoral tiene un componente político-social.
            Es así que afirma la filósofa española Montserrat Payà que es “preferible educar para la reflexión que no para la sumisión; para la crítica que no para la aceptación pasiva: para la participación que no para la abstención”.
            Desde esta perspectiva, la educación en valores tiene que contribuir a que la sociedad democrática deje de ser una  “superstición muy difundida” como lo afirmaba Borges para tratar de formar personas capaces de convivir dialógicamente con los demás y de comprometerse en la construcción de instituciones que promuevan una organización social verdaderamente promotora de la participación y la equidad.
            Porque en la situación del México de principios del siglo XXI en el que hemos logrado con mucho trabajo construir procesos electorales más o menos limpios y más o menos equitativos, instituciones electorales relativamente autónomas y una conciencia del voto asumida por un buen porcentaje de la población, es mucho lo que todavía hay que caminar para que podamos decir que estamos en un proceso de transición democrática, que nuestro país avanza para dejar de ser un lugar donde los ciudadanos votan y luego “obedecen las órdenes”.
            En efecto, falta mucho todavía para poder avanzar hacia una sociedad verdaderamente democrática donde cada ciudadano entienda, desde una ética social y planetaria, que el voto es solamente una de las fases y compromisos de la democracia y que un sistema verdaderamente democrático tiene que ver con la participación activa y propositiva de la sociedad civil en la vida cotidiana y respecto a todos los ámbitos de la vida.
            En este proceso que México tiene que enfrentar, un aspecto muy relevante aunque no el único para lograr esta transición efectiva hacia la democracia es el de la educación. Una educación en valores verdaderamente efectiva tiene que contribuir a la formación ciudadana más allá de reproducir los modos de convivencia pasiva o egoísta vigentes.
            De manera que como dicen Escámez y Ortega, otros célebres especialistas en educación moral: “(…) si el proceso educativo no consigue personas que tengan predisposiciones para interrogar e interrogarse sobre la realidad que les rodea y sobre ellos mismos, predisposiciones para enjuiciar críticamente la información recibida, habría que suprimir lo de educativo”.
            Resulta necesario cambiar nuestra visión de la educación valoral  para poder contribuir de manera eficaz a la generación de un mejor país. Toda educación genera la sociedad que la genera y si la sociedad pasiva e individualista está generando una educación que no contribuye a la democracia, es hora de asumir nuestro compromiso y tratar de luchar porque desde la educación se rompa el círculo vicioso y se pueda contribuir a regenerar la sociedad en crisis que está generando nuestra crisis educativa.
*Publicado en El Columnista. 14/02/2011.

domingo, 4 de mayo de 2014

DE LA ESPERANZA Y LOS TIEMPOS DE CAMBIO. Algunas reflexiones para pensar el papel de los universitarios en el futuro de México.




a.-Nada.

“Nada. No se puede decir nada.
Déjenme hablar ahora; no es posible.
Quiero decir que eso, que lo otro, que todo
Aquí me tiene muerto, medio muerto, llorando.
Porque nos pasa a veces, nos sucede que el mundo
-no sólo el mundo- se complica, se amarga,
se vuelve de repente un niño sin cabeza,
idiota, idiota, idiota.
Y el café ya no sirve, ni el cigarro,
Ni hablar de soledad, de insomnio, de locura,
Ni el lamentar a voces el corazón de rana que uno tiene
En el pecho
Ni el sollozar tan largo que nadie nos escuche…”
            Jaime Sabines.


            Tiempos de cambio y a la vez, tiempos de nada. Tiempos en que los cambios parecen no significar nada, no decirnos nada, no ofrecernos nada, no hacernos abrigar ni una leve esperanza.
            Cambios que no son cambios, cambios que parecen nada, que nos tienen medio muertos, llorando por dentro o por fuera, porque el mundo –y no solamente el mundo- se complica y se amarga, parece de pronto quedarse sin pies ni cabeza y no tener sentido, ni remedio…ni nada…
            No se puede decir nada de estos tiempos de cambio, como no sea que la desilusión se apodera de nosotros y que parece que estamos en un momento en que no sirven ni el café, ni el cigarro, ni hablar del corazón que uno tiene en el pecho, no sollozar tan largo que nadie nos escuche. No se puede decir nada en estos tiempos de cambio donde parece que no importan las palabras, que todas son iguales, que han perdido su fondo y su significado, que no producen ningún efecto más que el ruido y la confusión generalizada. Queremos decir que eso, que lo otro, que todo, pero no podemos, o no queremos pronunciar nuestra palabra, porque hay tanto oído sordo en este mundo de cambio, porque hay tanto cambio hueco en este tiempo de sordos.

b.-Pero no descansa.

“He mirado a estas horas muchas cosas sobre la tierra
y sólo me ha dolido el corazón del hombre.
Sueña y no descansa.
No tiene casa sobre el mundo.
Es solo.
Se apoya en Dios o cae sobre la muerte
Pero no descansa…”
            Jaime Sabines.

            Pero el corazón del hombre no descansa, no tiene casa sobre el mundo porque está permanentemente de viaje hacia algún sitio desconocido, aventurado, a veces, como en estos tiempos de cambio, confuso y oscuro como nuestra ceguera colectiva. Pero no descansa, el corazón humano sueña y no descansa, se apoya en Dios o cae sobre la muerte, pero no descansa.
            El corazón del hombre no descansa y sigue firme construyendo sueños o tratando de reconstruir los sueños destruidos por esta realidad absurda que cambia hacia ninguna parte y parece empeñada en romper todos los sueños humanos. Sigue empeñado en edificar sueños humanos, sueños de “ríos buscando su cauce” (Paz), el cauce de la humanización y la justicia, tan lejano en apariencia pero al mismo tiempo tan presente y urgente.
            Y sin embargo, a pesar de que estos tiempos de cambios mundiales, de cambios de gobierno locales, de cambios en el mundo de la universidad y las universidades, de cambios que parecen ser solamente parte de la misma rutina, “más de lo mismo” en este ciclo de sinsentidos, el corazón del hombre. El corazón del hombre y la mujer del mundo, de México, de Puebla, de los universitarios, sigue empeñado en soñar y no descansa…a pesar del cansancio acumulado, a pesar de los sueños rotos, a pesar de la desesperanza que a veces asoma por todas las ventanas.

c.-El día que vendrá.

“Entreteneos aquí con la esperanza.
El júbilo del día que vendrá
Os germina en los ojos como una luz reciente.
Pero ese día que vendrá no ha de venir: es este.
            Jaime Sabines.

            La universidad y los universitarios somos quienes menos debemos descansar en este empeño de soñar en construir y organizar la esperanza social y personal. La crisis de futuro nos invita a la desilusión y al inmovilismo, pero la universidad debe ser una incanzable regeneradora del corazón del hombre, del corazón humano que no descansa, que ahora menos que nunca debe sentarse a descansar.
            No descansar y seguir soñando, pero soñando con los pies en la tierra y con la conciencia clara de que la esperanza no es algo que sirve para entretenernos aguardando un día que quizá no vendrá, sino una manera de enfrentar el presente con la convicción profunda de que la vida tiene sentido, la humanidad tiene futuro, la sociedad tiene remedio.
            Seguir soñando no en el júbilo del día que vendrá sino en la posibilidad real de este día, de cada día, presente, como oportunidad de construir, con inteligencia, reflexión y decisión comprometida y comunitaria, un sueño que sea probable de ser vivido por todos.  Hoy, en el momento inminente de arranque de las campañas presidenciales para el 2006, sería bueno tener esto en cuenta y reforzar la esperanza activa que se requiere, hoy igual que siempre, quizá hoy más que nunca.

*Publicado en el diario Síntesis en Noviembre de 2005.

domingo, 27 de abril de 2014

EDUCAR PARA LA VIDA EN LA ESCUELA Y LA UNIVERSIDAD


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El grillo maestro.
“Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del
invierno el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto que los Pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.
   Al escuchar aquello, el Director, que era un grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos.”
                                                            Augusto Monterroso.

            Uno de los obstáculos principales para lograr una educación para la vida en nuestros tiempos es que todos los que trabajamos en la educación sufrimos en alguna medida del mal del Grillo viejo y sabio, es decir, que todos en mayor o menor grado nos sentimos seguros y satisfechos cuando vemos que en la escuela y la universidad las cosas siguen “como en nuestros tiempos”.
            Cuando esta actitud es muy dominante, la satisfacción por ver que todo funciona como en nuestros tiempos nos lleva a menudo a no percibir la enorme cantidad de nuevos datos de la realidad cambiante, la gran cantidad de preguntas y de nuevas comprensiones que son necesarias, el enorme caudal de procesos de pensamiento crítico que hacen falta, la enorme cantidad de deliberaciones y buenos juicios de valor y decisiones que tendríamos que estar tomando para estar a la altura de los tiempos.
            Educar para la vida significa en términos de escuela y universidad en el siglo XXI, cambiar nuestra visión de lo educativo para hacerla más centrada en una comprensión interactiva de la educación y en una perspectiva del ser humano como deseo inteligente o consciente, en lugar de seguir con la perspectiva tradicional pasiva, la visión del ser humano como animal racional y dividido y desde una orientación prescriptiva y normativa.
            El reto de educar para la vida en la escuela y la universidad de hoy implica aceptar la tarea de ir construyendo un ambiente propicio para el crecimiento común, un “nosotros escolar o universitario” libre y responsablemente decidido y construido que parte de la intersubjetividad espontánea pero la va volviendo comunidad de afectos, de comprensiones, de jucios y de significados.
            Estos ambientes construyen y son construidos por presencias significativas, presencias que se vuelven referente para los educandos por su búsqueda permanente y honesta de autenticidad que los va volviendo presencias afectivas efectivas, líderes intelectuales, autoridades morales y testimonios críticos.
            Las presencias significativas promueven encuentros transformadores de los educandos con otros educandos, con realidades interesantes y distintas, con grandes teorías o autores que se vuelven camino permanente por recorrer y fuente de preguntas por explorar.
            Educar para la vida implica formar seres humanos complejos, preparados para enfrentar la incertidumbre y para ir construyéndose en la incertidumbre y aportando elementos para construir y reconstruir la realidad también compleja que les toca vivir.
            Educar para la vida  quiere decir educar explorando permanentemente la estructura de nuestro deseo inteligente para irnos apropiando progresivamente de ella, descubriendo y construyendo las verdades y los valores que son pertinentes para comprender, criticar y vivir el contexto dinámico de la realidad del cambio de época.
            Educar para la vida también quiere decir educar para generar probabilidades emergentes de humanización en cada condición y contexto concreto. Esto implica además, la comprensión  del desarrollo de la humanidad como mezcla impura de elementos de progreso y de decadencia y la capacidad de ir reflexionando críticamente para distinguirlas.


Publicado en: Síntesis, 17/03/2006.

domingo, 20 de abril de 2014

“No busquen entre los muertos al que está vivo”: Algunas imágenes y pensamientos personales sobre la pascua.





I
“Estad siempre alegres…” repetía constantemente Don Bosco en ese libro ilustrado que en varios tomos nos daban a leer en el colegio salesiano. Esta frase sintetiza la formación en la fe que recibí en mi educación básica, no solamente en aquéllos libritos ilustrados o en los concursos sobre la vida de San Juan Bosco sino en la vida cotidiana de esa escuela en la que el padre director y los maestros convivían en los recreos con nosotros, platicaban, hacían bromas, ponían apodos y jugaban fútbol, Basket o Volley con todos los alumnos.
Esa especie de lema o imperativo se basaba en una idea Pascual. Si Jesús venció a la muerte y nos abrió las puertas de la vida eterna con su resurrección, si el Evangelio es ante todo “buena noticia”, un cristiano no puede, no debería estar triste nunca, sino comunicar con su testimonio de alegría esta experiencia de resurrección.

II
En paralelo estuvo siempre la educación familiar, la de la culpa y el sufrimiento como pasaportes de identidad católica, la de la “congoja perpetua” y el “obituario semanal” como la llama mi hermano Pablo, la del “deber sufrido y el dolor callado” como se atribuye –para mi gusto sin hacerle justicia- a la abuela Jovita.
Esta educación centrada sólo en la cruz estuvo siempre en tensión y creo que venció finalmente en mi ánimo hasta niveles subconscientes que por lo mismo han sido muy difíciles de domar y manejar en mi vida adulta en la que muy frecuentemente me revive esa sensación de que a uno no tiene porque irle bien si a tantos otros les va mal o que uno no tiene derecho a disfrutar de la vida si otros la están padeciendo.
Algo de positivo tiene esta parte también porque me ha hecho capaz de compadecerme y solidarizarme con los crucificados de este mundo injusto y en muchos aspectos cruel en que vivimos, algo de disfrute tuvo también en algunos chispazos “de colores” en la etapa de mis papás en cursillos de cristiandad que estoy casi seguro, mis hermanos menores ya no vivieron conscientemente y no recuerdan o recuerdan muy poco. A ellos les tocó el lado sufriente y les sigue tocando hoy como a mí.

III
Casi en la puerta del Centro Lonergan en la hermosa Bapts Library de Boston College una mañana de viernes del otoño de 1997, justo al terminar la sesión del seminario que durante casi cuarenta años han mantenido vivo los discípulos del filósofo canadiense estoy presente en una conversación informal en la que Sue Lawrence, la muy ejemplar y cálida esposa del profesor Fred Lawrence, en ese entonces director del Instituto Lonergan, platica de una experiencia de ejercicios espirituales ignacianos que si no recuerdo mal acababa de hacer alguna amiga suya. En esta conversación ella resalta una frase de la persona que terminó esta experiencia espiritual: “No me había dado cuenta hasta ahora que el mundo es en technicolor…” Esta era una imagen personal para describir lo que si no entiendo mal Ignacio llama: “Contemplación para alcanzar amor” y que está en la última parte de los ejercicios. Una vez que uno ha reconocido su propio ser pecador y ha identificado de manera personal a Jesús como aquél que se sometió a la muerte de cruz por esos pecados personales, cuando uno se ha podido experimentar libre de esta carga del mal gracias al amor de Cristo crucificado y vivir la invitación a la vida renovada que se nos plantea a partir de la resurrección, entonces empieza uno a ser capaz de “descubrir a Dios en todas las cosas”, a ver en la realidad toda la huella del creador que nos ama de manera personal. En ese momento puede uno caer en la cuenta de que el mundo es en “technicolor”, o para decirlo en términos actuales, en Hi Fi, en la más perfecta versión de la alta fidelidad. Cuando uno se encuentra con Jesús resucitado puede vivir esta experiencia y apreciar el brillo profundo y deslumbrante de la realidad toda.

IV
Cuando uno ha tenido que experimentar el dolor inevitable, ese dolor injusto que la vida nos presenta a todos en algunos momentos y que por ser algo común, inexplicable, no ligado a nuestras actitudes o capacidades nos une con los demás y nos hace capaces de decir: “te comprendo”. Cuando la línea entre la vida y la muerte se ha desdibujado muy cerca de nuestro corazón, tan cerca y tan dentro que nos paraliza y nos golpea hasta postrarnos en el piso como signo palpable de nuestra impotencia, cuando uno ya no entiende nada y ora sin entender, con una mezcla de ruego, rebeldía, duda, incertidumbre y aceptación, es posible llegar a mirar la cruz y lentamente, con el tiempo y esfuerzo necesarios, comprender que Jesús no nos evita ese dolor pero nos acompaña en él desde lo profundo de su propia experiencia, de su propio camino de dolor injusto pero asumido con amor y en perspectiva de eternidad.

V
Una experiencia rara, un poco fuera de lugar tal vez…Es viernes santo y pedaleo con fuerza, a un ritmo constante en un gimnasio lleno de gente que se concentra en su propia salud física –la minoría- y en su apariencia corporal –la inmensa mayoría- mientras escucha música ruidosa que según los “expertos” en esto del entrenamiento motiva y llena de energía. Mientras pedaleo tengo puestos mis audífonos y escucho en mi Ipod una obra cumbre de la humanidad: La pasión según San Mateo de Johan Sebastian Bach.
Poco a poco el ritmo constante del pedalear y la profundidad afectiva que comunica la música van creando un mundo aparte, una especie de muralla que me separa de eso que sigo mirando a mi alrededor. Cierro los ojos por momentos y hago un esfuerzo por seguir mi propio movimiento interior, voy vibrando con la música y empiezo a meditar sobre el misterio de la Cruz, de esa cruz que desgraciadamente se ha ido convirtiendo en una cultura del sufrimiento, en una legitimación del dolor y de la injusticia en el mundo pero que mirando en lo profundo y auténtico de su mensaje es más bien lo contrario, es un signo de liberación no solamente interior sino también externa, un símbolo del triunfo de la vida sobre la muerte y de la Justicia con mayúsculas que se realiza en plenitud más allá de nuestros límites humanos y sociales pero debe irse construyendo desde nuestra propia humanidad y en nuestra sociedad concreta.
Despacio y sin estruendo logro entender algo, una cosa que puede ser discursivamente muy trillada pero que no me ha sido fácil comprehender desde el fondo de mi existencia: La Cruz me invita a cambiar el foco de mi mirada, a dejar de ver todo en perspectiva de inmediatez, desde las limitaciones y preocupaciones del día a día y a adquirir una mirada trascendente, una mirada que ponga toda la existencia en clave de eternidad.
Mirar en clave de eternidad, plantear todo lo que hago en una perspectiva de futuro que me trasciende y trasciende a todos, vivir conforme a esta esperanza, a la esperanza de que la vida ha triunfado sobre la muerte y aunque vivimos con la presencia de la muerte y en una cultura de muerte, este triunfo es definitivo.

V
Ojalá los cristianos en lo personal y grupal, ojalá la iglesia en su dimensión institucional y estructural, ojalá nuestra cultura religiosa puedan cambiar el foco y asumir este triunfo de la vida sobre la muerte como el eje que ilumina los modos concretos de actuar. Ojalá el mensaje del Papa Francisco que ha insistido en este mensaje de Don Bosco diciendo que un cristiano no puede estar triste ni amargado ni derrotado, que no puede vivir padeciendo la realidad sino viendo el lado resplandeciente el mundo y comunicando la buena noticia a todos –a TODOS, no solamente a los que piensan o viven como nosotros- pueda llegar a instalarse en la mente y el corazón de la iglesia que somos todos.
Porque este mensaje si se aprehende y se vive es revolucionante y cambiaría toda nuestra existencia haciendo que dejáramos de vivir una religiosidad basada en las tres Cs que mencionaba en alguna charla Gabriel Anaya S. J.: Credo, Culto y Código; creer en ciertos dogmas sin esforzarnos siquiera en comprender las verdades profundas, practicar una serie de ritos muchas veces por convención social o costumbre más que por convencimiento nacido del corazón y obedecer ciegamente una serie de leyes y normas que llevan muchas veces a la moralina intolerante y excluyente y no a la vida que se guía en la radicalidad de los nuevos mandamientos que planteó Jesús: Ama a Dios sobre todas las cosas y ama a tu prójimo como a ti mismo.
Ojalá dejemos de buscar entre los muertos al que está vivo y presente entre nosotros.

Domingo de Pascua de 2014.


Tres imágenes para el día del maestro.

*De mi columna Educación personalizante. Lado B. Mayo de 2012. 1.-Preparar el futuro, “Qué lindo era el futuro...