domingo, 3 de abril de 2016

La educación en valores como educación para la democracia

Artículo Publicado en El Columnista en Febrero de 2011.


“Democracia: Es una superstición  muy difundida, un abuso de la estadística”
Jorge Luis Borges.


            En el ámbito escolar y universitario de nuestros días se habla mucho de la necesidad de “educar en valores”, de que la moral “regrese a la escuela” –como tituló Latapí uno de sus libros al respecto-, de que los niños y jóvenes vuelvan a educarse en lo que es bueno y lo que es malo.
            Sin embargo este clamor por volver a incluir la formación valoral en las escuelas y universidades que es compartido por autoridades, profesores, directores y padres de familia, significa muchas veces una especie de indoctrinación en la que se enseñe a los estudiantes “los valores” que se consideran como universales para vivir una vida individual honesta, recta y responsable.
            Muy rara vez se relaciona educación en valores con formación social, con desarrollo de la conciencia de vivir en sociedad y de las herramientas básicas para convivir de manera democrática construyendo la justicia junto con los otros.         
Sin embargo, desde una perspectiva ética compleja y acorde a nuestros tiempos, es necesario asumir que todo lo valoral es social y todo lo social es valoral.
            Lo valoral es social desde la perspectiva de que cada proceso de valoración y decisión de un sujeto humano individual está siempre mediada e influida por los condicionamientos económicos, políticos y culturales de la sociedad en la que vive.
            También lo valoral es social en tanto que toda valoración y decisión se hace de manera situada, es decir, dentro de un contexto socio-cultural específico. No se puede hablar de valoraciones o decisiones abstractas sino de procesos de valoración y decisión en unas condiciones sociales concretas y siempre dinámicas.
            Pero más allá de esto, lo valoral es social en tanto que el ser humano, “estructuralmente moral”, es al mismo tiempo “estructuralmente social”. La estructura valorativa del ser humano es intersubjetiva y no puede realizarse ni potenciarse si no es en relación con otros sujetos y en relación con la sociedad en la que se vive.
            El fundamento de lo moral o lo ético es precisamente, según afirma Edgar Morin, el hecho experimentable en cada persona de que los seres humanos no vivimos para sobrevivir, sino que sobrevivimos para vivir, vivimos para vivir. Este vivir para vivir significa vivir para disfrutar de la vida y de un proyecto de felicidad personal, pero también implica que este proyecto de vida se oriente a ayudar a vivir a otros, a dar vida a los demás.
            En este sentido, lo ético o lo moral tiene que ver necesariamente con la convivencia y con la construcción de una convivencia democrática en la que todos puedan aspirar a este vivir para vivir a partir del compartir la vida, del ayudar a vivir a otros.
Ningún proceso, estructura o institución social son a-morales, es decir, no pueden estar al margen de lo moral. Tenemos así sociedades, estructuras o instituciones humanas “más o menos morales” o “más o menos inmorales” pero no podemos tener sociedades o instituciones a-morales, es decir, que sean axiológicamente neutrales, que no tengan en su modo de funcionamiento una carga valoral específica que puede ser humanizante o deshumanizante, justa o injusta, libre o esclavizante.
            Lo social tiene una carga axiológica puesto que la sociedad funciona con base en ciertos valores aceptados convencionalmente o impuestos por los grupos de poder formal o fáctico. Lo axiológico tiene una carga social puesto que toda valoración afecta de un modo u otro el funcionamiento social y por ello todo proceso de valoración y decisión debe hacerse siempre pensando en el impacto que tendrá en la sociedad.
            Finalmente, lo social es valoral en el sentido en que parecen inseparables la educación cívica y la educación moral, es decir, toda educación para la convivencia ciudadana es una educación moral en el sentido que forma para determinados modos de convivir en sociedad, del mismo modo que toda educación en valores es una educación social. Es por ello que actualmente muchos autores desarrollan el término “educación para la ciudadanía” o “educación ciudadana” para hablar de educación valoral, puesto que todo lo valoral tiene un componente político-social.
            Es así que afirma la filósofa española Montserrat Payà que es “preferible educar para la reflexión que no para la sumisión; para la crítica que no para la aceptación pasiva: para la participación que no para la abstención”.
            Desde esta perspectiva, la educación en valores tiene que contribuir a que la sociedad democrática deje de ser una  “superstición muy difundida” como lo afirmaba Borges para tratar de formar personas capaces de convivir dialógicamente con los demás y de comprometerse en la construcción de instituciones que promuevan una organización social verdaderamente promotora de la participación y la equidad.
            Porque en la situación del México de principios del siglo XXI en el que hemos logrado con mucho trabajo construir procesos electorales más o menos limpios y más o menos equitativos, instituciones electorales relativamente autónomas y una conciencia del voto asumida por un buen porcentaje de la población, es mucho lo que todavía hay que caminar para que podamos decir que estamos en un proceso de transición democrática, que nuestro país avanza para dejar de ser un lugar donde los ciudadanos votan y luego “obedecen las órdenes”.
            En efecto, falta mucho todavía para poder avanzar hacia una sociedad verdaderamente democrática donde cada ciudadano entienda, desde una ética social y planetaria, que el voto es solamente una de las fases y compromisos de la democracia y que un sistema verdaderamente democrático tiene que ver con la participación activa y propositiva de la sociedad civil en la vida cotidiana y respecto a todos los ámbitos de la vida.
            En este proceso que México tiene que enfrentar, un aspecto muy relevante aunque no el único para lograr esta transición efectiva hacia la democracia es el de la educación. Una educación en valores verdaderamente efectiva tiene que contribuir a la formación ciudadana más allá de reproducir los modos de convivencia pasiva o egoísta vigentes.
            De manera que como dicen Escámez y Ortega, otros célebres especialistas en educación moral: “(…) si el proceso educativo no consigue personas que tengan predisposiciones para interrogar e interrogarse sobre la realidad que les rodea y sobre ellos mismos, predisposiciones para enjuiciar críticamente la información recibida, habría que suprimir lo de educativo”.
            Resulta necesario cambiar nuestra visión de la educación valoral  para poder contribuir de manera eficaz a la generación de un mejor país. Toda educación genera la sociedad que la genera y si la sociedad pasiva e individualista está generando una educación que no contribuye a la democracia, es hora de asumir nuestro compromiso y tratar de luchar porque desde la educación se rompa el círculo vicioso y se pueda contribuir a regenerar la sociedad en crisis que está generando nuestra crisis educativa.

domingo, 27 de marzo de 2016

Educación y crisis moral



*Publicado en Puebla on line en septiembre de 2011.


“El hecho inevitable es que estamos continuamente
haciendo juicios de valor, o sea, conociendo valores
 y viviendo nuestras vidas sobre las bases de estos
 valores. Distinguimos entre buenas y malas escuelas,
 buenas y malas políticas, políticos honestos y deshonestos,
 buenas y malas acciones. Funcionamos en sociedad
 con base en estos valores…”[1]
(Cronin, 2006; p. 5)

            Desde hace algunas semanas varios analistas de la realidad nacional han dedicado sus columnas periodísticas al tema de la crisis moral que subyace a la situación de violencia que está apoderándose de gran parte de nuestro país.
            El tema es polémico puesto que el hablar de moral parece para algunos –con visión científica positivista- cuestión de simple “literatura” y para otros –con perspectiva sociológica de izquierda- puede convertirse en una manera de justificar el estado de cosas y relevar de su responsabilidad a las autoridades encargadas de proporcionarnos seguridad.
            Sin embargo considero necesario que los ciudadanos y los actores de la educación reflexionemos sobre esta dimensión de la realidad en que vivimos, porque me parece que es la raíz más profunda y difícil de revertir de esta espiral de muerte que azota al país de manera creciente.
            Porque como afirma la cita que aparece al inicio de este artículo, es un hecho inevitable que los seres humanos hacemos juicios de valor y esto implica que conocemos ciertos valores y vivimos conforme a ellos nuestra existencia individual y social.
            “…Distinguimos entre entre buenas y malas acciones…” menciona la cita y el problema en que estamos involucrados los mexicanos de esta segunda década del siglo XXI tiene que ver con que nuestra sociedad parece estar perdiendo la capacidad de distinguir estas cuestiones que son fundamentales para vivir una vida y construir una sociedad que puedan calificarse como humanas.
            En efecto, si bien resulta innegable que en la situación actual, la violencia y el crimen tienen que ver con acciones particulares de individuos  que podríamos considerar como “malas personas”, es evidente que  no puede explicarse únicamente desde esta perspectiva particular o estadística.
            También es cierto que la situación actual que vive México tiene que ver con una severa crisis institucional que ha deformado las dinámicas de interacción social, las estructuras policíacas, el sistema de justicia, la forma de legislar y aplicar las leyes, las políticas públicas y su forma de operar y todo el sistema social en el que predominan la impunidad, la corrupción y los intereses particulares y de grupo o partido por encima del bienestar de la sociedad.
            Esta crisis institucional es una explicación más amplia y pertinente pero no agota los elementos o niveles de análisis para comprender en toda su complejidad la situación que estamos viviendo.
            Es necesario también caer en la cuenta de que como afirma el intelectual francés Edgar Morin entre muchos otros autores, estamos viviendo además de una crisis institucional una profunda crisis moral que exige una reforma ética de largo aliento.
            Esto no significa que como dicen algunos, “se hayan perdido los valores”, porque los valores no están en la realidad externa, no son algo que podamos perder y “recuperar” o “rescatar” del pasado o de algún lugar misterioso en el que están depositados. Los valores se construyen en las interacciones que realizamos con el mundo natural, con los objetos construidos, con los demás seres humanos, con la sociedad toda y con la especie humana a partir de los juicios de valor que hacemos.
            Hay muchos signos de que estas interacciones se han distorsionado y de que nuestra sociedad ha perdido la capacidad de distinguir entre “buenas y malas acciones…”  pues incluso empieza a percibir como “natural” o lógica la resolución violenta –verbal o física- de los conflictos y diferencias.
            El sistema educativo tendría que asumir su responsabilidad en esta crisis moral y empezar a establecer políticas que comiencen a crear una nueva conciencia moral en los estudiantes. Una conciencia capaz de distinguir entre “lo humano y lo inhumano” en nuestro contexto de cambio de época, una conciencia capacitada para hacer buenos juicios de valor que resuelvan las diferencias a través del diálogo y el respecto activo. Una conciencia capaz de conmoverse con el sufrimiento que genera la violencia y de manifestarse pacíficamente a favor de la paz.
            Solamente así podremos reformar las instituciones y lograr que la crisis estructural que reproduce la violencia pueda ser revertida.
             


[1] Traducción libre de un fragmento del libro: Value Ethics de Brian Cronin (página 5).

domingo, 13 de marzo de 2016

La fiebre de los “Beanie babies” y el límite moral del mercado “libre”.


           

*Otro fragmento de mis anécdotas de la vida en Boston (1997-1998).

            “¿Tendría usted hambre extra?”, me pregunta un señor de unos cuarentaytantos años en inglés, la pregunta me desconcierta, yo voy llegando con Gaby al Mac Donald´s del centro de Boston para comer un lunch ligero mientras llega la hora de la comida. Tenemos un ratito antes de tomar el metro para ir por las niñas a la escuela y esto es lo más rápido y barato. El lugar se encuentra hoy especialmente lleno hasta el tope, seguramente porque hoy sí coincidió nuestra hambre con el horario de lunch habitual para este país. “¿Perdón?” le contesto y él me dice extendiéndome una bolsa de papel de las que usan para meter aquí los pedidos para llevar: “es que yo compré estas comidas pero solamente quiero los beanie babies, ¿aceptaría usted comerse está comida?, yo sólo quiero los beanie babies”, repite como para que yo vea que no hay engaño y que la comida está limpia y recién envuelta, yo de inmediato le contesto que sí, tomo la bolsa y le digo a Gaby que solamente compre los refrescos porque ya nos salió la comida gratis...veo al interior de la bolsa y efectivamente, hay tres hamburguesas pequeñas, de esas que vienen en las “happy meals” de los niños con sus respectivos paquetitos de “french fries”. Llega Gaby con los refrescos y comentamos el curioso incidente, comemos las hamburguesas y las papitas y comentamos que, salvo que este hombre pidió las hamburguesas sin queso, pues qué buena onda que nos ahorramos el lunch.
            Hasta allí todo sería simplemente para decir: “qué suerte”, si no fuera por lo que esto significa no como un hecho aislado sino como un comportamiento que está llegando a enfermedad colectiva. En efecto, tan sólo tres días antes en Poughkiepsie, Rita Lewis y su hijo nos comentaban de esta fiebre por los famosos “Beanie babies” y de lo absurdo que esto les parecía dado que son simplemente unos animales de tela, de esos rellenos que ha habido desde hace muchos años con distintos nombres. La obsesión por estos “obsequios “ que hace Mac Donald´s tan “generosamente” junto con la comida para niños ha llegado al grado que nos comentaba Timothy, el hijo de Rita, que una señora presentó una protesta legal contra la empresa porque le puso un límite de “happy meals” que podía comprar de un jalón. Increíble pero cierto, esta persona llegaba a la tienda a comprar prácticamente toda la dotación de “beanie babies” que tuvieran en ese local en “happy meals” que seguramente -salvo que posea además el record Guiness de “comedora de hamburguesas y papas fritas”- tiraría a la basura conservando solamente los dichosos juguetitos.
            Nosotros ya habíamos llegado un par de veces a comer hamburguesas y al pedir el paquete para las niñas nos habían dicho que no había “beanie babies”, una vez nos los cambiaron por otro juguete y una galletita, otra vez de plano no hubo juguete, pero nunca pensamos que fuera debido a esta fiebre colectiva de coleccionistas.
            Pero aquí estaba yo, “beneficiario” azaroso de esta enfermedad del consumo irracional y ciego, constatando como, un esclavo de la publicidad indiscriminada de esta empresa multinacional, había llegado a comprar hamburguesas queriendo en realidad tener un juguete -lo cual sucede a veces con los niños que van a Mac Donald´s más por eso que porque les guste la comida rápida, pero dije bien EN LOS NIÑOS-. ¿Cuántas hamburguesas y papas venderán en esta promoción de esta forma, es decir, vendiendo solamente el juguete? ¿qué hubiera hecho el señor si no encuentra rápidamente quien aceptara la comida que ofrecía? ¿Cuánta comida -de Mac Donald´s, pero comida al fin- se tirará a la basura diariamente por los fanáticos de los beanie babies? ¿A cuántos hombres, mujeres y niños del planeta se podría aliviar un poco del hambre con esta comida tirada por el estúpido deseo de un juguete de trapo? ¿Qué tan grande puede ser la mercadotecnia que los que quieren beanie babies van a Mac Donald´s a comprar beanie babies en vez de comprarlos en una juguetería donde cuestan prácticamente lo mismo que una happy meal o menos? ¿Qué tan grandes serán los márgenes de ganancia -y cómo se obtendrán- de esta empresa que puede dar una hamburguesa, unas papas, un refresco y un juguete por este precio? Esta y otras muchas preguntas se me vinieron a la mente a raíz de esta experiencia. Pero sobre todo, la pregunta que me hice y que me hago es: ¿No habrá límites morales que puedan regular este mercado salvaje y absurdo supuestamente “libre”? ¿Hasta dónde llega mi libertad para comprar la comida que pueda con mi dinero y tirarla porque es mía, porque yo la compré, sin pensar en la gente que muere de hambre? ¿Hasta dónde puede llegar un sistema que propicia estos absurdos y genera estas desigualdades crecientes?

domingo, 6 de marzo de 2016

VI.-EL VALOR DEL INDIVIDUALISMO Y LA COMPETENCIA.




 *Fragmento de las memorias de mi vida en Boston en 2007-2008.

            Lo encontré en el manual de bienvenida para estudiantes extranjeros. Como aquí hay recetas y estudios estadísticos para todo tipo de casos, el ya citado manual traía una sección dedicada al shock cultural. Allí entre otras cosas -como las estadísticas y estudios de cuáles son los síntomas del shock cultural y qué hacer en caso de que lo esté uno empezando a padecer-, traía un listado de los VALORES de la sociedad norteamericana. Muchos valores reales como la tolerancia, el respeto, otros no tan valores sino más bien manifestaciones de estos valores como el vestir informalmente, el trato no protocolario entre profesores y alumnos, etc. y entre los valores mencionados me sorprendió-quizá es parte del shock cultural- encontrar el del INDIVIDUALISMO. En este rubro, se menciona que así como otras sociedades tienen como valores fundamentales la dimensión comunitaria y la cooperación, esta sociedad tiene como uno de sus pilares el individualismo y que como extranjeros habría que respetar y asumir este “valor”.
            Del individualismo a la competencia sólo hay un paso y esta dimensión se percibe en todos los niveles y en todas las áreas de la vida social. Algunos estudiantes mexicanos que llevan acá algunos años ven con naturalidad esta dimensión y otros incluso la alaban : “En México alguien que no trabaja tiene su lugar en la sociedad y es tolerado, aquí acaba de homeless o se da un tiro...” me dijo una estudiante mexicana de posgrado como alabando este supremo valor. Una pareja de salvadoreños nos contaba en el parque esta necesidad de tener dos trabajos cada uno y matarse todos los días para poder sobrevivir y mandar algo de dinero a la familia, una guatemalteca que atiende la cafetería de Boston College nos decía de la importancia de mantener ese trabajo para poder tener acceso a la beca de su hija que ya va a entrar a la universidad. En este sentido el valor, ese sí, de la democracia que tanto pregonan los norteamericanos realmente se empieza a sentir y a vivir en la sociedad, al menos entre los jóvenes y en los ámbitos universitarios y escolares de esta ciudad. El profundo respeto por los diferentes en raza, sexo, condición socioeconómica o capacidades y salud mental y física es evidente, y la convivencia natural entre alumnos muy ricos con alumnos que trabajan en BC como empleados de servicio o choferes del Shuttle es muy notable.
                       Pero volviendo a la competencia...Es muy impresionante percibir desde dentro esta cultura del “cada quien su vida...” o “ráscate con tus propias uñas...” que se nota a simple vista como un positivo respeto y libertad de vestir, calzar, usar o no arete donde sea, etc. sin que nadie te vea mal o te diga nada. Sin embargo este desinterés individualista y este nivel de competencia por acceder a una profesión, a un grado, a un empleo semeja realmente una carrera sin límites y , lo peor de todo, sin un sentido definido más allá del fantasma o el espejismo del EXITO INDIVIDUAL.



domingo, 28 de febrero de 2016

XLIII.-Needs y wants: ¿podrá la escuela contra el consumismo?



      *Fragmento de unos textos que dan cuenta de mi experiencia la primera vez que tuvimos la oportunidad de vivir en Boston, en el año académico 1997-1998.    

            Caminábamos por el campus de Cornell, Paulina y Mariana iban recogiendo piedras, hojas, todo lo que ellas consideraban podría ser valioso para su colección de “tesoros”. De pronto Pau empezó a decirme que una compañerita de ella si la viera le diría que esos no son tesoros porque no es dinero, porque ella dice que solamente el dinero es un tesoro. Por allí empezó a derivar la plática, Paulina me decía que para ella “una simple piedra” puede ser un tesoro, Mariana añadió que para ella sus papás y su hermana eran un tesoro.
            Platicamos sobre eso y yo trataba de explicarles que tenían razón, que nuestros tesoros dependen del valor que nuestro corazón les asigne y no tanto de lo que valgan en dinero, en eso Mariana nos dijo: “el otro día en la escuela hablamos de la diferencia entre needs y wants y sobre lo que son realmente needs y lo que solamente son wants pero que no son indispensables para vivir. Muchos dijeron acerca de needs como la comida, la ropa, uno dijo que el dinero pero Mrs. Harmmon le dijo que esa no era una need porque podrías sobrevivir sin dinero si tuvieras comida, casa y ropa,...yo les dije que una need es: `somebody who loves you´”.
            La conversación me dejó pensando...me encantó hasta conmoverme ver el enorme corazón de las dos y su gran capacidad de asombro y de disfrute de lo más sencillo, me pregunté cómo habíamos podido hacer para que ellas lo desarrollaran o si sería algo que no ha dependido de nosotros sino de otras circunstancias, me pregunté también como fomentar y reforzar más eso...
            Me quedó resonando ese: “para mí, una simple piedra puede ser un tesoro”. Me quedó muy hondamente grabado ese: “somebody who loves you” como una auténtica necesidad para Mariana mientras su compañero contestaba: “money” a la misma pregunta y defendía su posición porque para él el dinero sirve para comprar todo lo que se necesita.
            Pero además me dio mucho gusto que en una escuela de este país fundado en el consumo y el consumismo se esté trabajando esta dimensión de reflexión en los niños para hacerlos distinguir entre lo que se necesita y lo que es simplemente gusto o capricho. Me dio mucho gusto pensar que quizá las nuevas generaciones puedan ser más reflexivas y mesuradas ante este desenfrenado hábito de consumir que consume a esta sociedad, me alegró porque he visto cómo están además trabajando la dimensión afectiva de los niños y esta dimensión es importantísima para no caer inconsciente y mecánicamente en las redes de la publicidad y la cultura de la imagen.
            Sin embargo me quedé pensando también qué tanto puede hacer la escuela ante esto si la casa no trabaja estas dimensiones, si los niños viven en un mundo de anuncios, de ofertas grandiosas cada sábado, de compra, venta, cambio, desecho. ¿Cuánto podrá hacer la educación formal ante esto? Quizá sea un misterio, quizá sea muy poco, pero es muy esperanzador ver de qué maneras tan creativas y conscientes lo están intentando. Al menos a Mariana, le dejó una huella.

domingo, 21 de febrero de 2016

Educación y sociedad: un paso fundamental



*Publicado en Síntesis, 04/09/2006.

            Toda educación es el reflejo de la sociedad  y al mismo tiempo toda sociedad es el reflejo de su educación. ¿Qué sociedad refleja nuestra educación actual? ¿Qué educación está reflejándose en la situación social que hoy vivimos? Y mirando estas preguntas en prospectiva: ¿Qué tipo de sociedad queremos que refleje nuestra educación? Y ¿Qué clase de educación deseamos que se refleje en nuestra sociedad?
            Se habla mucho hoy en el ámbito educativo de valores necesarios para la convivencia en estos tiempos de globalización y de conciencia de la pluralidad cultural, étnica, religiosa, social,  etc. Valores tales como el respeto, la tolerancia, la libertad de expresión y elección, son exaltados hoy en el discurso educativo como necesarios para formar a los ciudadanos del siglo XXI.
            Del mismo modo, en nuestra sociedad actual escuchamos continuamente hablar de estos valores como indispensables para la construcción de un país más justo y más humano en la nueva realidad socio-política mexicana que expresa, aún de manera indiferenciada y a veces caótica, esta pluralidad del mundo contemporáneo.
            Sin embargo la realidad educativa y la realidad social parecen estar viviéndose desde otros fundamentos mucho menos positivos y deseables. Nos encontramos hoy en un país donde pareciera que no hay salida intermedia entre la anarquía y el desdén por toda normatividad, reglamentación e institucionalidad (“al diablo con las instituciones”) y un reclamo de ciertos sectores por la vuelta al autoritarismo del pasado (“el gobierno es débil, el gobierno debería aplicar la ley aún por la fuerza”).
            Estamos asimismo en una realidad educativa donde parece estar viviéndose esta polarización entre quienes siguen defendiendo una formación centrada en la autoridad del maestro y la enseñanza de ciertos conceptos y de ciertos valores impuestos desde esta autoridad –aunque en el discurso sean defensores de la libertad, la flexibilidad y el énfasis en el estudiante- y quienes verían que hay que romper con toda forma de imposición en el aula y en las instituciones escolares pero que entienden esta nueva visión como una ruptura total y un desdén hacia todo lo que implique orden, búsqueda de calidad o eficiencia, indicadores de evaluación, disciplina, etc.
            Tenemos entonces una sociedad donde, en primer lugar, se manejan en el discurso ciertos valores que no son los que en la realidad están imperando y una educación que parece estar en la misma tesitura y por ello tenemos una formación ciudadana esquizofrénica en la que cada estudiante aprende a manejarse de una manera en lo discursivo y de otra muy distinta en lo práctico.
            Esto se debe, desde mi punto de vista a que nuestra sociedad y nuestra educación no logran dar el paso hacia una visión de complejidad y siguen leyendo y respondiendo a los hechos desde una perspectiva simplista, dialéctica y hasta maniquea.
 Tenemos entonces una sociedad donde inevitablemente predomina la necesidad de optar entre esto O aquello, entre tal O cual postura, entre este grupo O ese otro, entre este líder O el otro. Una sociedad en la que hay “los buenos” y “los malos”, “los de la derecha autoritaria” y “los de la izquierda revoltosa” y así en todos los ámbitos por lo que es prácticamente imposible establecer el diálogo y buscar la tolerancia y el respeto.
            Del mismo modo vivimos una educación donde se forma en esta visión de la disyunción propia de la simplicidad (“O”) y no en la visión de la conjunción propia de la complejidad (“Y”).  Las ciencias naturales de lo absolutamente verdadero frente a lo totalmente falso, la formación ética y cívica de lo únicamente bueno contra lo incuestionablemente malo, la historia de los héroes sin defectos contra los villanos sin matices. Esta es la visión que sigue predominando en nuestras escuelas en el día a día a pesar de que en la teoría se digan cosas distintas.
            Si queremos construir una sociedad diferente donde realmente se vivan la tolerancia, el respeto, el diálogo y las libertades, tenemos que hacer un esfuerzo intelectual serio por dar el salto entre la visión de simplicidad y la visión de complejidad. Esto nos dará una capacidad para entender los fenómenos de una manera integral, con matices y sin etiquetas maniqueas y será la herramienta para formar a los nuevos ciudadanos en la convicción profunda de que el dilema no está en la opción entre este líder o este grupo o aquél, sino en el esfuerzo continuo por construir y asumir lo que es más inteligente, más razonable y más responsable en cada situación existencial y social.

 










domingo, 14 de febrero de 2016

XLI.-Ivy league I: ¿Cuántos puntos en el ranking vale cada suicidio?




*Fragmento de un texto que recoge algunas memorias de mi estancia en Boston en el año académico de 1997-1998.

            Lo vimos Mario y yo sorprendidos al caminar por el MIT, el prestigiado instituto tecnológico donde han estudiado y dado clases eminencias mundiales y muchos premios Nobel: en un poste de alumbrado de la plaza central, justo al lado de una hermosa escultura monumental de Alexander Calder, una especie de altar u ofrenda de muertos como las que ponemos en México en Noviembre. Sobre el poste y en el piso se encontraban pegados un muñequito de peluche, unos cigarros Camel, hojas con reflexiones y una semblanza con la fotografía de este joven, excelente en computación y en música, integrado a la “cienciología” -unas de esas religiones nuevas y extrañas- y buen amigo, joven, veinte años o algo así. La descripción era escalofriante: contaba como, la noche era espléndida en Boston y este alumno entró al piso quince de la torre, vió por la ventana las estrellas y el río y decidió que su vida había de terminar, acto seguido se lanzó por la ventana y cayó justo en esta plaza donde ahora vemos este tributo en el que se refiere que este es el tercer suicidio en este año en el MIT -y estamos empezando abril-.
            Visitando Cornell otro día, preguntábamos a Mari insistentemente cuál era el puente que da a ese río con cascada dentro del campus que es famoso por ser el lugar del que se avientan los que se quieren suicidar. Cada año hay varios y existe en los servicios de salud de la universidad folletería an donde se previene este asunto y se dan terapias cada vez que esto sucede a los amigos cercanos del que se quitó la vida.
            ¿Es este el precio de la “excelencia académica”? ¿es esto realmente “excelencia”? ¿la supervivencia de los más fuertes? ¿cuánto vale en puntos para el ranking de las mejores universidades cada suicidio, cada vida que se pierde?
            Pruebas palpables de que algo anda mal en el sistema de educación superior norteamericano, de que hay supuestos y nociones torcidas en su manera de entender la calidad académica. Sin embargo este asunto no está a debate: la conclusión parece ser que la universidad está bien y que los que están mal son estos alumnos que no resisten la presión para llegar a ser triunfadores...la suposición implícita en estas terapias y programas de atención a los amigos de los suicidados es que el sistema no cambiará porque está correcto y lo que hay que atender es los efectos -seguramente los considerarán marginales y “secundarios” porque estadísticamente no son un alto porcentaje- de esta búsqueda por la excelencia.
            Muchos no llegan al suicidio. Simplemente se van antes de concluir y sintiéndose unos perdedores, simplemente se vuelven insensibles competidores y destrozan a los que están junto con tal de triunfar y destacar ellos porque en esto está cifrado el sentido de su vida, simplemente acatan las reglas del sistema y juegan este juego aún a costa de su vida personal y su salud emocional, simplemente alaban este sistema de ganadores y perdedores y saben, que aunque sientan dolor por las vidas perdidas, esa es parte del sistema, es el precio que algunos pagan para que los demás lleguen a ser exitosos: “maldito sistema educativo que produce profesionistas exitosos para sociedades desintegradas”. Qué sabio suena Gorostiaga en este contexto.

lunes, 8 de febrero de 2016

XIII.-TU PRESENCIA QUE TRAE LA NIEVE, COMO ETERNIDAD QUE CAE DEL CIELO.



*Como por casualidad, explorando mis archivos antiguos para actualizar este blog, me encuentro los textos de unas memorias que escribí con algunas experiencias significativas la primera vez que estuvimos en Boston por un año en estancia de investigación. Aquí comparto la entrada XIII, que recuerda a un gran amigo que acababa de morir cuando nos fuimos.



            Está nevando afuera, por la ventana puedo ver la imperceptible caída del blanco polvo de cielo. Está nevando la primera nevada de mi vida en Boston, la primera nevada de mi vida...y de pronto, escribiendo aquí detrás del doble cristal que me cubre del frío imaginario aún, ajeno a mi experiencia pero pronto presente, mientras escribo y miro por la ventana que empañan la nostalgia y la esperanza, recuerdo a Amaury, ¿te acuerdas?, lo recuerdo narrando una situación similar en algún lugar de la Europa del Este, la de la ahora mítica “cortina de hierro”, describiéndose a sí mismo, mirando caer la nieve por la ventana y escribiendo: “si yo pudiera llevarte a ocultas donde voy y regalarte toda la nieve de un día gris...si yo pudiera de dónde estoy, hacerte venir...”
            Nieve y recuerdos, nieve y este sentimiento que se cuela por la música en la mente, “si yo pudiera de donde estoy...hacerte venir...” y este deseo se cruza con el recuerdo marcado hasta el fondo de tu propio irresistible, pero al final vencido, deseo de vivir: “¡jálenme, no me dejen, llévenme con ustedes!”... y al escribir esto, algún resorte oculto hace que broten las lágrimas que aún no acaban de salir por este motivo. ¿Por qué volver a este dolor, por qué el retorno recurrente? No sé por qué regresas de la foto colgada enfrente de mi escritorio y vuelves y vuelves en imágenes que mi mente compone...No es el vulgar romanticismo de la idealización del amigo al que quise y quiero tanto que no me dí cuenta, que quizás tú nunca te diste cuenta o tal vez, hacia el final, cuando me mirabas con esa mirada que angustiaba por venir desde muy adentro y me decías: “no tienes que hablar, sólo estar conmigo, me encanta que estés aquí...”, no es el mito del amigo al que no me dí, no nos dimos tiempo suficiente para conocer y disfrutar de la vida...entre tanto “trabajo” y tanto “proyecto”, entre tantas “cosas importantes”.
            Quizá es sólo el recrear esta amistad, el querer a Luisa como Gaby y yo la queremos en esta distancia que ahora empieza a volverse blanca y helada. Quizá es que ayer te ví en el Shuttle de Boston College, al subir, cuando alguien leía una tragedia de Eurípides y al voltear luego la cara hacia el otro lado del autobús... estabas allí, sentado con tu mismo gesto, con la mirada absorta en un libro que nunca, a pesar de la curiosidad, pude ver qué contenía. Te veías bien con la barba de candado y el “nuevo look “ del cabello con patillas a la moda y la raya de lado. Estabas contento y tranquilo y sin mirarme nunca en todo el trayecto, como que me dijiste: “sigo aquí, aquí vengo yo también contigo, a “devolverte las visitas a Jalapa”, a consolarte de mi ausencia y de la ausencia que ahora empiezas a vivir por unos meses. Quizá es porque anoche, al hablar de esto en la cena, Maru, Gaby y yo, volvimos a convocarte y a decirte: “síguenos jalando en la vida, ayúdanos a que aquello en que creemos y tú seguramente sigues creyendo, sea poco a poco más real,  tenga más presencia en nuestro pequeño mundo, en el horizonte en el que podemos incidir aunque sea con milímetros de consciencia humana...”
            Quizá sea solamente por eso, o porque afuera cae la primera de muchas nevadas en estos meses por venir, y porque en mi propio porvenir vas a ocupar siempre un lugar, una especie de “coordinación de asesores” para decirlo al estilo “yuppie”, una especie de sabiduría y eternidad que harán falta siempre cuando lo urgente de cada día me vaya absorviendo y se nuble de nueva cuenta mi capacidad de contemplación de los amores y del Amor de Aquél que te debe tener entre sus consentidos, allá donde no sabemos, ni tenemos idea,  pero seguramente algún día nos volveremos a ver cara a cara, con tu rostro y tu voz de siempre, para decirnos lo que no alcanzamos a decirnos por acá en las reuniones del plan, o en aquélla histórica por única “comida de trabajo”, o en Guadalajara en el interuias, o cenando dos días antes en tu casa de “Los sapos”.
            Quizá porque tu presencia simbólica de ayer vino a traernos la nieve, como eternidad que cae del cielo silenciosamente...Quizá porque al caer la nieve, empecé a cantar por dentro: “si yo pudiera de donde estoy...hacerte venir...”
14-11-97

lunes, 18 de enero de 2016

“Vivir para vivir…”: conversar para revertir la violencia en la escuela.




           
 *Texto leído en la presentación del libro:
Pérez Fragoso, A.C. y M. Bazdresch (2010). Las voces del aula. Conversar en la escuela. Colección “Somos Maestros”. Convivencia escolar. México. Ed. SM. En la Ibero León, Febrero 2013.


 “Vivir para vivir
Sólo vale la pena vivir para vivir”
J. M. Serrat

 Cuando el llamado profundo, la verdadera vocación humana es vivir para vivir, se vive hoy en día, se ha vivido mucho tiempo, muchos sujetos humanos se han tenido y se tienen que conformar con vivir para sobrevivir. Las condiciones socioeconómicas, las desigualdades ancestrales, el abuso, la explotación siguen hoy poniendo al ser humano en condiciones que le impiden cumplir con este deseo fundamental: el de vivir para vivir que significa vivir para la realización, vivir para gozar la vida, vivir para dar vida y ayudar a que otros tengan verdadera vida humana, es decir, “vivir para convivir y convivir para vivir”.
            Pero estas condiciones estructurales que impiden a tantas personas cumplir con la vocación humana fundamental de “vivir para convivir y convivir para vivir” porque se arraigan y se institucionalizan generando que todo el sistema social funcione para que se viva para sobrevivir y se conviva para sobrevivir, tienen su máximo impacto negativo, deshumanizante cuando se convierten en cultura. Es entonces cuando no solamente los individuos viven para sobrevivir y el sistema social se organiza para que todos vivan para sobrevivir, para que la convivencia sea en función de la mera supervivencia, sino que este estado existencial individual y colectivo se empieza a mirar como “lo natural”, “lo lógico”, “lo único posible” y hasta como “lo deseable”…y llega el momento en que también se instituye a través de la educación formal e informal: los padres y madres educan a sus hijos para aspirar a la supervivencia, para convivir en función de una guerra por sobrevivir que hay que ganar día a día.
 Las escuelas reciben, reproducen y refuerzan este tipo de educación porque no tienen herramientas para contrarrestar esta fuerza cultural externa, pero también porque en el fondo nacen de ella. La escuela nace de esta forma de vivir y convivir distorsionada que se orienta hacia la reproducción y el reforzamiento del “vivir para sobrevivir”.

1.-Del coexistir al convivir: Algo que se educa..
“Y hacer tuyo el camino,
que tuyas son las botas.
Que una sonrisa pueda
dar a luz tu boca”.
J.M. Serrat
            La coexistencia es algo natural, espontáneo, “inevitable” en el caso de los humanos. Coexistir es la manera de vivir humana que corresponde a la propia naturaleza biológica, psicológica, social, cultural, espiritual, etc. de los “homo sapiens-demens” (Morin, 2003). Porque como afirma Lonergan: “Antes del nosotros que resulta del mutuo amor entre un “yo” y un “tú”, se da un nosotros originario  que precede a la distinción de los sujetos y que persiste  cuando ella se olvida. Ese nosotros previo es vital y funcional…es como si nosotros fuéramos miembros  unos de otros antes de distinguirnos unos de otros”. (1988; p. 61)
            Pero el desafío humano consiste en el tránsito permanentemente inacabado e imperfecto desde esta coexistencia natural hacia la convivencia cultural, es decir, desde el simple “compartir un espacio y un tiempo” con fines de “supervivencia” (vivir para sobrevivir, convivir para sobrevivir) hacia el conversar para compartir y construir juntos (vivir para vivir, convivir para vivir). Este tránsito no se produce espontáneamente sino que tiene que aprenderse. La convivencia se educa y este es otro gran supuesto del libro que hoy comentamos: la convivencia se educa y es necesario educarla, es imprescindible educarla, es improrrogable educarla si queremos salir de este camino sin sentido sembrado de violencia, desigualdad y abuso en el que hoy nos encontramos en este y en muchos países del mundo.
            Educar para la convivencia, educar la convivencia implica romper con las inercias contextuales y aprovechar todos los espacios –no sólo el del aula, que es el “terreno del docente”, sino también el patio de recreo, que es el “terreno de los alumnos-persona” en la escuela para crear nuevos contextos de conversación para la convivencia. Porque las conversaciones crean su propio contexto y configuran un cierto lenguaje de manera que es posible y necesario recrear los contextos escolares y a través de un cambio en el lenguaje, generar conversación auténtica que pueda promover en los alumnos el aprendizaje de las formas de caminar desde la coexistencia natural hacia la convivencia construida en común, desde un conglomerado de personas hacia un grupo-comunidad de significados, desde la proximidad y la “propincuidad” hacia la afinidad, desde el nosotros originario hacia el nosotros libremente creado y responsablemente cuidado.
            Esta es una tarea que implica a todos los sujetos de la educación de manera personal e intransferible: es una responsabilidad de todos y de cada uno de los que participan en el proceso educativo desde el docente hasta el alumno, pasando por el director y los padres de familia y la comunidad que circunda la escuela.
2.-El lenguaje y la conversación:  Para educarnos en el convivir
“Te dejan sus herencias,
te marcan un sendero,
te dicen lo que es malo
y lo que es bueno, pero...”
J.M. Serrat
            La coexistencia humana implica conversación y es indudable que en la escuela se conversa, pero por eso mismo resulta fundamental, si queremos educar para vivir y convivir y no solamente para sobrevivir, preguntarnos continuamente por el tipo de conversación que se vive en la escuela.
Si se investiga este tema, si se indaga el tipo de conversación que se produce en la escuela como lo hacen Pérez Fragoso y Bazdresch (2010) se puede constatar  la necesidad urgente de transformar el lenguaje usado en el aula para regenerar el tipo de conversación y por ende el tipo de convivencia que se da en la escuela. Porque desafortunadamente el tipo de conversación que predomina en la escuela es el de la autoridad vertical, el de las instrucciones unidireccionales, el de la disciplina sin diálogo, el de la violencia simbólica que finalmente abona a la cultura de la violencia escolar.
            Estos investigadores nos muestran de manera fehaciente la prevalencia del lenguaje imperativo y la conversación de poder, que parte de una relación vertical maestro-alumno y de la idea de que el saber es poseído ya por el docente y tiene que ser absorbido por el educando es precisamente la herramienta tradicional de una escuela que ha convertido en cultura el convivir para sobrevivir y que asume que enseña “lo que es malo y lo que es bueno”, “lo que es correcto o falso” sin que el educando aporte nada ni participe en absoluto en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
“El lenguaje no solamente moldea la consciencia que  va desarrollando, sino que estructura también  el mundo que rodea al sujeto” afirma Lonergan (1988; p. 74) y un lenguaje imperativo e impositivo moldea sujetos que imponen o que obedecen ciegamente y estructura un mundo basado en relaciones  e instituciones que aplastan al ser humano en lugar de promover su desarrollo genuino.
            Por ello “las herencias” que deja la escuela y que se ven reflejadas en la sociedad de supervivencia que hoy tenemos. Porque la escuela se ha mostrado incapaz de romper ese círculo vicioso de la sociedad que la produce, porque no se ha empeñado en ser modelo y en modelar otro tipo de convivencia posible en el que el educando reaprenda su modo de entender y ejercitar la convivencia.
            La tan de moda “violencia escolar”, el “bullying”, el “acoso” de los estudiantes a otros estudiantes y aún a docentes no es más que el resultado de este “pecado de omisión” de la escuela que se conforma con reproducir los tipos de lenguaje “de poder y de imposición” que predominan en el exterior, enfatizando el control más que la educación, la enseñanza técnico-instrumental más que el aprender a vivir juntos o a ser humanos.
            Como afirma Morin (2003: p.185): “La sociedad se autorregenera y se autoperpetúa a la vez: -Vía las interacciones entre individuos y entre individuos y sociedad…” Por ello es necesario que los educadores se empeñen, nos empeñemos en educar en la conversación auténtica para generar una convivencia auténtica que busque aportar elementos para la autorregeneración social tan urgente en este cambio de época que no acaba de encontrar el rumbo.
            Este no será un camino fácil por la complejidad humana y la dificultad que implica la construcción de comunidad donde es evidente que al mismo tiempo que el altruismo y la cooperación aparecen siempre el egoísmo y el conflicto.
3.-“Conversar en la escuela”: Invitación e imperativo moral.
“Abrázate a los vientos
y cabalga los montes.
que no acabe el paisaje
con el horizonte”
J.M. Serrat
            “ Que el paisaje” actual de violencia, imposición, intolerancia e indiferencia en el que se produce la convivencia social no “acabe con el horizonte” en el que sabemos,- porque somos humanos y sentimos ese llamado a “vivir para vivir”, a “convivir para vivir”- que otro tipo de convivencia es posible porque otro tipo de sociedad es necesaria. Que el estado actual de las cosas no opaque la esperanza, motor del quehacer educativo hacia la humanización.
            La situación de violencia social que se refleja en la violencia escolar, la situación de violencia escolar que se traducirá en un futuro de violencia social están enviando con gritos silenciosos una invitación a todos los educadores para  “cabalgar los montes” de la vida cotidiana en las escuelas (y universidades) tratando de regenerar los contextos comunicativos para producir conversación que promueva la convivencia auténtica, la que nos lleva a compartir experiencias, saberes, significados y valores, la que nos hace posible la construcción aunque sea imperfecta de comunidad humana.
Esta invitación es al mismo tiempo, un imperativo moral porque los educadores no pueden, no podemos seguir dando la vuelta a esta tarea urgente si realmente nos asumimos como “profesionales de la esperanza”, porque las escuelas no pueden seguir pretendiendo que su única tarea es la enseñanza de contenidos cada vez menos significativos precisamente porque no ayudan a “vivir para vivir” y a “convivir para vivir” en un contexto como el  actual en el que cada día se sale de casa sin saber con certeza si se va a volver.
            La educación tiene hoy el imperativo moral de educar para la convivencia porque es cierto, hoy más que nunca que  “…Sólo vale la pena vivir para vivir...”
REFERENCIAS:
Lonergan, B. (1988). Método en Teología. Salamanca. Ed. sígueme.
Morin, E. (2003). El Método V. La humanidad de la humanidad. La identidad humana. Madrid. Ediciones Cátedra.

Tres imágenes para el día del maestro.

*De mi columna Educación personalizante. Lado B. Mayo de 2012. 1.-Preparar el futuro, “Qué lindo era el futuro...