domingo, 27 de abril de 2014

EDUCAR PARA LA VIDA EN LA ESCUELA Y LA UNIVERSIDAD


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El grillo maestro.
“Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del
invierno el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto que los Pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.
   Al escuchar aquello, el Director, que era un grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos.”
                                                            Augusto Monterroso.

            Uno de los obstáculos principales para lograr una educación para la vida en nuestros tiempos es que todos los que trabajamos en la educación sufrimos en alguna medida del mal del Grillo viejo y sabio, es decir, que todos en mayor o menor grado nos sentimos seguros y satisfechos cuando vemos que en la escuela y la universidad las cosas siguen “como en nuestros tiempos”.
            Cuando esta actitud es muy dominante, la satisfacción por ver que todo funciona como en nuestros tiempos nos lleva a menudo a no percibir la enorme cantidad de nuevos datos de la realidad cambiante, la gran cantidad de preguntas y de nuevas comprensiones que son necesarias, el enorme caudal de procesos de pensamiento crítico que hacen falta, la enorme cantidad de deliberaciones y buenos juicios de valor y decisiones que tendríamos que estar tomando para estar a la altura de los tiempos.
            Educar para la vida significa en términos de escuela y universidad en el siglo XXI, cambiar nuestra visión de lo educativo para hacerla más centrada en una comprensión interactiva de la educación y en una perspectiva del ser humano como deseo inteligente o consciente, en lugar de seguir con la perspectiva tradicional pasiva, la visión del ser humano como animal racional y dividido y desde una orientación prescriptiva y normativa.
            El reto de educar para la vida en la escuela y la universidad de hoy implica aceptar la tarea de ir construyendo un ambiente propicio para el crecimiento común, un “nosotros escolar o universitario” libre y responsablemente decidido y construido que parte de la intersubjetividad espontánea pero la va volviendo comunidad de afectos, de comprensiones, de jucios y de significados.
            Estos ambientes construyen y son construidos por presencias significativas, presencias que se vuelven referente para los educandos por su búsqueda permanente y honesta de autenticidad que los va volviendo presencias afectivas efectivas, líderes intelectuales, autoridades morales y testimonios críticos.
            Las presencias significativas promueven encuentros transformadores de los educandos con otros educandos, con realidades interesantes y distintas, con grandes teorías o autores que se vuelven camino permanente por recorrer y fuente de preguntas por explorar.
            Educar para la vida implica formar seres humanos complejos, preparados para enfrentar la incertidumbre y para ir construyéndose en la incertidumbre y aportando elementos para construir y reconstruir la realidad también compleja que les toca vivir.
            Educar para la vida  quiere decir educar explorando permanentemente la estructura de nuestro deseo inteligente para irnos apropiando progresivamente de ella, descubriendo y construyendo las verdades y los valores que son pertinentes para comprender, criticar y vivir el contexto dinámico de la realidad del cambio de época.
            Educar para la vida también quiere decir educar para generar probabilidades emergentes de humanización en cada condición y contexto concreto. Esto implica además, la comprensión  del desarrollo de la humanidad como mezcla impura de elementos de progreso y de decadencia y la capacidad de ir reflexionando críticamente para distinguirlas.


Publicado en: Síntesis, 17/03/2006.

domingo, 20 de abril de 2014

“No busquen entre los muertos al que está vivo”: Algunas imágenes y pensamientos personales sobre la pascua.





I
“Estad siempre alegres…” repetía constantemente Don Bosco en ese libro ilustrado que en varios tomos nos daban a leer en el colegio salesiano. Esta frase sintetiza la formación en la fe que recibí en mi educación básica, no solamente en aquéllos libritos ilustrados o en los concursos sobre la vida de San Juan Bosco sino en la vida cotidiana de esa escuela en la que el padre director y los maestros convivían en los recreos con nosotros, platicaban, hacían bromas, ponían apodos y jugaban fútbol, Basket o Volley con todos los alumnos.
Esa especie de lema o imperativo se basaba en una idea Pascual. Si Jesús venció a la muerte y nos abrió las puertas de la vida eterna con su resurrección, si el Evangelio es ante todo “buena noticia”, un cristiano no puede, no debería estar triste nunca, sino comunicar con su testimonio de alegría esta experiencia de resurrección.

II
En paralelo estuvo siempre la educación familiar, la de la culpa y el sufrimiento como pasaportes de identidad católica, la de la “congoja perpetua” y el “obituario semanal” como la llama mi hermano Pablo, la del “deber sufrido y el dolor callado” como se atribuye –para mi gusto sin hacerle justicia- a la abuela Jovita.
Esta educación centrada sólo en la cruz estuvo siempre en tensión y creo que venció finalmente en mi ánimo hasta niveles subconscientes que por lo mismo han sido muy difíciles de domar y manejar en mi vida adulta en la que muy frecuentemente me revive esa sensación de que a uno no tiene porque irle bien si a tantos otros les va mal o que uno no tiene derecho a disfrutar de la vida si otros la están padeciendo.
Algo de positivo tiene esta parte también porque me ha hecho capaz de compadecerme y solidarizarme con los crucificados de este mundo injusto y en muchos aspectos cruel en que vivimos, algo de disfrute tuvo también en algunos chispazos “de colores” en la etapa de mis papás en cursillos de cristiandad que estoy casi seguro, mis hermanos menores ya no vivieron conscientemente y no recuerdan o recuerdan muy poco. A ellos les tocó el lado sufriente y les sigue tocando hoy como a mí.

III
Casi en la puerta del Centro Lonergan en la hermosa Bapts Library de Boston College una mañana de viernes del otoño de 1997, justo al terminar la sesión del seminario que durante casi cuarenta años han mantenido vivo los discípulos del filósofo canadiense estoy presente en una conversación informal en la que Sue Lawrence, la muy ejemplar y cálida esposa del profesor Fred Lawrence, en ese entonces director del Instituto Lonergan, platica de una experiencia de ejercicios espirituales ignacianos que si no recuerdo mal acababa de hacer alguna amiga suya. En esta conversación ella resalta una frase de la persona que terminó esta experiencia espiritual: “No me había dado cuenta hasta ahora que el mundo es en technicolor…” Esta era una imagen personal para describir lo que si no entiendo mal Ignacio llama: “Contemplación para alcanzar amor” y que está en la última parte de los ejercicios. Una vez que uno ha reconocido su propio ser pecador y ha identificado de manera personal a Jesús como aquél que se sometió a la muerte de cruz por esos pecados personales, cuando uno se ha podido experimentar libre de esta carga del mal gracias al amor de Cristo crucificado y vivir la invitación a la vida renovada que se nos plantea a partir de la resurrección, entonces empieza uno a ser capaz de “descubrir a Dios en todas las cosas”, a ver en la realidad toda la huella del creador que nos ama de manera personal. En ese momento puede uno caer en la cuenta de que el mundo es en “technicolor”, o para decirlo en términos actuales, en Hi Fi, en la más perfecta versión de la alta fidelidad. Cuando uno se encuentra con Jesús resucitado puede vivir esta experiencia y apreciar el brillo profundo y deslumbrante de la realidad toda.

IV
Cuando uno ha tenido que experimentar el dolor inevitable, ese dolor injusto que la vida nos presenta a todos en algunos momentos y que por ser algo común, inexplicable, no ligado a nuestras actitudes o capacidades nos une con los demás y nos hace capaces de decir: “te comprendo”. Cuando la línea entre la vida y la muerte se ha desdibujado muy cerca de nuestro corazón, tan cerca y tan dentro que nos paraliza y nos golpea hasta postrarnos en el piso como signo palpable de nuestra impotencia, cuando uno ya no entiende nada y ora sin entender, con una mezcla de ruego, rebeldía, duda, incertidumbre y aceptación, es posible llegar a mirar la cruz y lentamente, con el tiempo y esfuerzo necesarios, comprender que Jesús no nos evita ese dolor pero nos acompaña en él desde lo profundo de su propia experiencia, de su propio camino de dolor injusto pero asumido con amor y en perspectiva de eternidad.

V
Una experiencia rara, un poco fuera de lugar tal vez…Es viernes santo y pedaleo con fuerza, a un ritmo constante en un gimnasio lleno de gente que se concentra en su propia salud física –la minoría- y en su apariencia corporal –la inmensa mayoría- mientras escucha música ruidosa que según los “expertos” en esto del entrenamiento motiva y llena de energía. Mientras pedaleo tengo puestos mis audífonos y escucho en mi Ipod una obra cumbre de la humanidad: La pasión según San Mateo de Johan Sebastian Bach.
Poco a poco el ritmo constante del pedalear y la profundidad afectiva que comunica la música van creando un mundo aparte, una especie de muralla que me separa de eso que sigo mirando a mi alrededor. Cierro los ojos por momentos y hago un esfuerzo por seguir mi propio movimiento interior, voy vibrando con la música y empiezo a meditar sobre el misterio de la Cruz, de esa cruz que desgraciadamente se ha ido convirtiendo en una cultura del sufrimiento, en una legitimación del dolor y de la injusticia en el mundo pero que mirando en lo profundo y auténtico de su mensaje es más bien lo contrario, es un signo de liberación no solamente interior sino también externa, un símbolo del triunfo de la vida sobre la muerte y de la Justicia con mayúsculas que se realiza en plenitud más allá de nuestros límites humanos y sociales pero debe irse construyendo desde nuestra propia humanidad y en nuestra sociedad concreta.
Despacio y sin estruendo logro entender algo, una cosa que puede ser discursivamente muy trillada pero que no me ha sido fácil comprehender desde el fondo de mi existencia: La Cruz me invita a cambiar el foco de mi mirada, a dejar de ver todo en perspectiva de inmediatez, desde las limitaciones y preocupaciones del día a día y a adquirir una mirada trascendente, una mirada que ponga toda la existencia en clave de eternidad.
Mirar en clave de eternidad, plantear todo lo que hago en una perspectiva de futuro que me trasciende y trasciende a todos, vivir conforme a esta esperanza, a la esperanza de que la vida ha triunfado sobre la muerte y aunque vivimos con la presencia de la muerte y en una cultura de muerte, este triunfo es definitivo.

V
Ojalá los cristianos en lo personal y grupal, ojalá la iglesia en su dimensión institucional y estructural, ojalá nuestra cultura religiosa puedan cambiar el foco y asumir este triunfo de la vida sobre la muerte como el eje que ilumina los modos concretos de actuar. Ojalá el mensaje del Papa Francisco que ha insistido en este mensaje de Don Bosco diciendo que un cristiano no puede estar triste ni amargado ni derrotado, que no puede vivir padeciendo la realidad sino viendo el lado resplandeciente el mundo y comunicando la buena noticia a todos –a TODOS, no solamente a los que piensan o viven como nosotros- pueda llegar a instalarse en la mente y el corazón de la iglesia que somos todos.
Porque este mensaje si se aprehende y se vive es revolucionante y cambiaría toda nuestra existencia haciendo que dejáramos de vivir una religiosidad basada en las tres Cs que mencionaba en alguna charla Gabriel Anaya S. J.: Credo, Culto y Código; creer en ciertos dogmas sin esforzarnos siquiera en comprender las verdades profundas, practicar una serie de ritos muchas veces por convención social o costumbre más que por convencimiento nacido del corazón y obedecer ciegamente una serie de leyes y normas que llevan muchas veces a la moralina intolerante y excluyente y no a la vida que se guía en la radicalidad de los nuevos mandamientos que planteó Jesús: Ama a Dios sobre todas las cosas y ama a tu prójimo como a ti mismo.
Ojalá dejemos de buscar entre los muertos al que está vivo y presente entre nosotros.

Domingo de Pascua de 2014.


domingo, 6 de abril de 2014

¿CIEGOS GUIANDO A OTROS CIEGOS? EL PAPEL DE LOS UNIVERSITARIOS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA DEMOCRACIA.




“Y tú me llevas ciego de la mano…
como un fulgor que se congela en hacha…
como el cadalso para el condenado…”
Octavio Paz. Piedra de sol.

            Tiempos de confusión, desilusión, tensión y desencuentro parecen marcar este proceso de “eterna” transición a la democracia que vive nuestro país.
 Tiempos en los que es cada vez más difícil encontrar la lógica o la coherencia al proceso político y a la vida social, tiempos de oscuridad y cuestionamiento creciente o descrédito creciente de los líderes que toman las decisiones trascendentes en México.
            Vivimos tiempos oscuros, tiempos donde parece que un grupo de ciegos –la llamada clase política y los medios de comunicación- está guiando a otros ciegos- los ciudadanos- hacia ningún lado o al menos, no hacia donde parece estar el auténtico desarrollo de una sociedad realmente democrática y justa, plural y abierta, respetuosa de las instituciones y de la ley pero ocupada y preocupada por la equidad y el respeto a todos los mexicanos.
 Los tiempos que corren parecen apuntar a ciertos escenarios de retroceso hacia al autoritarismo que parecía ya superado más que a la consolidación de una vida democrática por la que tantos y tantas han apostado su vida.
            Ante este panorama oscuro e incierto es importante hacernos las preguntas: ¿Qué puede aportar la universidad a la construcción de la democracia? ¿Cuál es el papel de los universitarios en este proceso de construcción colectiva y estructural?
            La respuesta sobre el aporte de la universidad tiene mucho que ver con tres elementos centrales: la inteligencia, la crítica y la responsabilidad social.
            La inteligencia es un elemento fundamental para la construcción de una sociedad auténticamente democrática. La buena inteligencia, la inteligencia de calidad que trasciende el sentido común es un componente básico de la vida universitaria.
            En un momento donde el debate político está guiado por los intereses particulares y de grupo, en un país en el que la opinión pública está definida e incluso manipulada por lo que los medios de comunicación masiva de cualquier tendencia deciden que es importante, el papel de la inteligencia se vuelve un elemento fundamental que puede y debe aportar la universidad y cada uno de los universitarios.
            ¿Qué papel estamos jugando los universitarios en la promoción de análisis inteligente más allá del sentido común, para comprender la situación política actual de nuestro estado y de nuestro país? ¿Qué papel real y simbólico están jugando las universidades en el contexto de la sociedad local y regional como promotoras de comprensión y análisis desapasionado de la realidad de nuestra democracia con sus avances y sus retos?
            La ausencia de inteligencia objetiva y desapasionada sobre la realidad de nuestro proceso político está obviamente impidiendo también el ejercicio de una criticidad auténtica que trascienda la simple queja, el cuestionamiento sesgado, la destrucción visceral de todo lo que sea distinto al propio pensar.
            En un momento de confusión en el que “ciegos guían a otros ciegos”, la universidad no puede entrar al juego de la crítica fácil y sin fundamento ni matiz o de las posturas absolutas a favor o en contra de determinados personajes, grupos, partidos, procesos o tendencias mundiales.
El papel de la universidad es el de la promoción de la crítica inteligente y sustentada en análisis riguroso y evidencia sólida, es el de abrir espacios para el diálogo y el cuestionamiento que lleve a construir mejores juicios sobre la realidad de nuestra incipiente democracia y los desafíos que se le presentan.
            ¿Qué tanto estamos los universitarios ejercitando nuestra criticidad de manera real y sustentada? ¿Hasta dónde las universidades están cumpliendo su tarea como conciencia crítica de la cultura dominante desde posiciones argumentadas y sustentadas sólidamente?
Además de lo anterior, la universidad debe ser, a partir del ejercicio permanente de la inteligencia y la crítica, una promotora permanente de responsabilidad y compromiso social. En estos tiempos de confusión y descomposición social y política, la universidad debe promover una “solidaridad bien informada” y una actitud de responsabilidad hacia la reconstrucción del tejido social y de las estructuras políticas que sean adecuadas a los tiempos democráticos que nuestro país está empezando a vivir.
Ante las evidencias de descomposición política a nivel estatal y nacional, cabe preguntarnos: ¿Qué tanto estamos actuando los universitarios con verdadera responsabilidad social? ¿Qué papel están jugando nuestras universidades como promotoras de responsabilidad social a nivel de su presencia y su voz en la sociedad local y regional?  

*Publicado en el diario Síntesis, Noviembre 2004.

lunes, 31 de marzo de 2014

“Soñar con las manos”: Hacia una transformación educativa.



“Hay que soñar con los ojos abiertos,
hay que soñar con las manos
soñemos sueños activos de río buscando su cauce,
sueños de sol soñando sus mundos.”
Octavio Paz.

            El cambio de época que vivimos está exigiendo que la educación se transforme radicalmente para que como país podamos volver a soñar con las manos, a soñar sueños activos que vayan reedificando el proyecto de nación que todos queremos construir.
Para descubrir y encabezar este proyecto que es dinámico y se va construyendo con las manos de todos y con los sueños de todos, es necesario contar con líderes, pero no con cualquier tipo de líderes. Se requiere de una nueva concepción de liderazgo que se oriente desde el servicio y que se asuma desde la complejidad de los procesos educativos y desde la complejidad de la sociedad para la que hoy debemos educar a nuestros estudiantes.
 Muchos de los líderes actuales no solamente no promueven este soñar en común sino que impiden la realización de muchos de los sueños activos que los profesores, los estudiantes, los directores, vamos descubriendo con los ojos abiertos y queriendo vivir con las manos unidas.
            Por ello es urgente en nuestro país, una transformación educativa integral y profunda. Se necesitan líderes distintos para lograrla. Líderes que tengan una perspectiva de complejidad y una visión de esperanza razonable y comprometida.
            Esta transformación educativa debe empezar por las aulas, partir de cada profesor concreto y cada alumno concreto, porque en lo educativo, dice Latapí  “son las personas concretas las que determinan el éxito del sistema”, pero no puede quedarse solamente allí.
            Ciertamente es necesario promover procesos por los cuales cada docente vaya reencontrando la docencia como un camino de autorrealización a pesar de las condiciones adversas en que a veces se desarrolla y de las razones que lo hicieron llegar a ser docente. Procesos por los cuales cada docente vaya redescubriendo los desafíos sociales y su tarea como un medio privilegiado para cumplir con un compromiso social concreto de humanización.
            Pero más allá y a partir de la transformación de cada docente, es necesario ir impulsando la transformación del ordenamiento de la institución educativa y del sistema educativo en su conjunto. Para que la transformación educativa se realice tiene que haber un salto cualitativo por el cual la operación del sistema educativo y de cada uno de sus componentes se vaya volviendo cada vez más cooperación hacia un fin común.
            Esto no significa solamente una transformación de las leyes, los reglamentos o los organigramas que sin duda ayudan pero son abstractos, sino una transformación paulatina de toda la serie de ciclos de relaciones y de decisiones concretas que hacen que el sistema educativo opere tal como opera en lo cotidiano.
 Esta sería la verdadera transformación del ordenamiento educativo y tendría que hacerse a partir de una actitud de búsqueda permanente desde una Secretaría de Educación que se asumiera más como un “Ministerio del futuro” y una “instancia de generación de pensamiento sobre ese futuro” (Latapí) que como una instancia de control, administración, certificación y sanción de lo “educativo”.
            La complejidad implica un tercer paso: el cambio de nuestros significados y valores en lo educativo. Este es un tercer nivel de transformación educativa que es imprescindible para el cambio global.
Necesitamos ir paulatinamente incidiendo en el cambio de lo que se entiende por educar, de lo que significa la docencia, de lo que se considera una institución educativa, de lo que se entiende por un buen profesor, por un buen director, por un buen alumno, por un buen sistema educativo.
            Este cambio de nuestros significados y de la manera en que se valora lo que sucede cotidianamente en la escuela debe partir de los docentes,  pero debe sin duda llegar a los padres de familia, a los alumnos y a la sociedad en general. Porque esta cultura de lo educativo se transmite de generación en generación y muchas veces es la resistencia más fuerte al cambio.
Es importante incorporar la visión de calidad a este proceso de cambio cultural pero sin dejar de lado la visión de equidad que había permeado nuestra educación históricamente y estando siempre pendientes de lo que implica educar de una manera integral: ¿qué exigencias debe tener un proceso educativo para que se pueda llamar de verdad EDUCATIVO? Esta es la pregunta clave que debe ir reorientando permanentemente toda nuestra búsqueda de transformación en los tres niveles ya descritos.
            De manera que la transformación educativa es una tarea triplemente compleja porque la educación y la sociedad que nos han tocado vivir son también complejas.

*Publicado en Síntesis, 03/05/2005.

domingo, 23 de marzo de 2014

La escuela que merecen nuestros niños.




“Enseñar es mayoritariamente escuchar y
aprender es mayoritariamente hablar”.
            Deborah Meier.

            El título de este artículo está tomado de un libro publicado por el pedagogo estadounidense Alfie Kohn en el año 2000.
Aunque el libro está escrito desde la experiencia y el debate pedagógico de los Estados Unidos, nos revela que los problemas educativos que se viven en este cambio de época son bastante similares a los que estamos enfrentando en nuestro país y en muchos otros países del mundo.
El texto parte de la argumentación sobre el fracaso educativo que se está viviendo en el país más poderoso y “más desarrollado” del planeta. Ante un panorama educativo que no está mostrando resultados satisfactorios para las expectativas de la sociedad norteamericana, la tendencia social, respaldada por muchos pedagogos de la línea tradicional está siendo el reclamo por estándares más estrictos en todos los rubros del sistema educativo.
El autor plantea una postura que contrapone esta búsqueda de estándares más rígidos a la búsqueda de una mejor educación, sosteniendo que el endurecimiento de los parámetros de evaluación no solamente no lleva al mejoramiento educativo sino que resulta contraproducente desde su planteamiento.
Según Kohn, la educación estadounidense está obteniendo una motivación errónea en los estudiantes por sobreestimar los logros, está logrando una enseñanza y un aprendizaje erróneos por seguir centrando el proceso en el paradigma tradicional en que el profesor habla y el alumno  escucha y memoriza, está obteniendo procesos de evaluación también erróneos por centrarse casi exclusivamente en pruebas estandarizadas, está logrando reformas escolares incorrectas por centrar este proceso en una “arrogancia” de la coerción de “arriba hacia abajo” y en síntesis, está obteniendo un mejoramiento erróneo al confundir “más duro” con “mejor”.
La solución al reto del mejoramiento de la educación está, según el autor, en centrar los esfuerzos del cambio en todos los niveles en “el amor al aprendizaje”.
Está solución inicia sin duda en lo que señala  Meier, que son rasgos que implican una revolución “copernicana” en el planteamiento de lo que sucede en las aulas y del modo en que se hacen las reformas curriculares y escolares en los Estados Unidos, y creo yo, también en nuestros países latinoamericanos. En efecto, el paradigma establecido se sustenta en una ley no escrita que dicta que enseñar es hablar y aprender es escuchar. En la mayoría de las escuelas, todas las mañanas se realiza un ritual en el que los profesores hablan y los estudiantes escuchan sin replicar. Entre más y mejor hable un profesor, se considera un mejor profesor y entre más y mejor escuche y memorice un alumno se le considera un mejor alumno.
El planteamiento de Meier que aparece como epígrafe de este artículo está señalando justamente lo contrario: enseñar es escuchar y aprender es hablar. Entre más y mejor escuche un profesor a sus estudiantes, entre más y mejor oriente y encauce su “amor por aprender”, será un mejor profesor. Entre más y mejor “hable” (se exprese, diga su palabra) el alumno, entre más desarrolle y potencie su “amor por aprender”, será un mejor estudiante.
Si se logra este cambio fundamental, que desde luego no implica que el docente pierda su papel como profesional de la enseñanza, sino que requiere que este papel se desarrolle a partir de la visión de que enseñar no es hablar sino promover y propiciar el aprendizaje, se podrá sin duda ir avanzando hacia una mejor educación y no solamente hacia una más rígida medición de productos de la instrucción.
Lo anterior implicará sin duda un cambio en la forma de motivar a los estudiantes que serán capaces de trabajar por el “amor al aprendizaje” y el placer que el aprender produce en ellos mas que por los premios o reconocimientos que obtengan por sus pequeños logros académicos; un cambio en el modo de evaluar que será –sin excluir algunas pruebas estandarizadas- un proceso centrado en la valoración del desarrollo de los estudiantes y no en la medición de la información que han memorizado; un cambio en los procesos de reforma escolar que se hará tomando mucho más en cuenta los intereses, los procesos, las necesidades de los estudiantes y haciendo coincidir el proceso de “arriba hacia abajo” con procesos de “abajo hacia arriba” que partan de la realidad de las aulas.
Un cambio así requiere de la participación de estudiantes comprometidos, padres de familia que asuman su co-responsabilidad en la educación de sus hijos y autoridades educativas con visión de transformación. Esto significa sin duda la necesidad de una cooperación activa, de todo un movimiento, “un movimiento para demandar las escuelas que nuestros niños merecen”.

 *Artìculo publicado en Síntesis. 23/10/2006.

lunes, 17 de marzo de 2014

EDUCAR PARA UN MUNDO MEJOR.



 
“La renuncia al mejor de los mundos no es de
 ninguna manera la renuncia a un mundo mejor”.
Edgar Morin

            La educación genera a la sociedad que la genera. Esta es la idea compleja con la que hoy debemos ver la relación del sistema educativo con la realidad social si queremos comprender de manera acertada el fenómeno educativo que  es siempre al mismo tiempo un producto de la sociedad establecida y un generador de renovación social.
 Por lo tanto si se persigue la construcción de una sociedad-mundo que trascienda la crisis en que hoy vive la especie humana, es necesario trabajar por la transformación de la educación. Pero para lograr esta transformación de la educación es necesario impulsar al mismo tiempo una transformación profunda de la sociedad. 
El camino hacia esta mutua transformación requiere del compromiso de todos los actores sociales y de todos los sujetos involucrados en la educación, pero lo más complicado es que supone una moral alta para poder dinamizar el círculo virtuoso del cambio educativo para el cambio social.
Los tiempos que corren en el mundo y en nuestro país no parecen ser propicios para emprender esta tarea transformadora porque estamos en una situación de gran desmoralización en la sociedad y esta baja moral se refleja de manera inevitable en el sistema educativo.
Porque la época en que vivimos es una época sin utopías, una etapa de la historia en la que la humanidad ya no cree en la posibilidad de construir “el mejor de los mundos” y  parece por ello renunciar al reto cotidiano de construir “un mundo mejor”.
Pero la educación está intrínsecamente ligada a la esperanza. Educamos porque creemos en las posibilidades de mejoramiento del ser humano y en las posibilidades de desarrollo de la humanidad.
 Resulta por ello imprescindible que los diversos actores que intervienen en el proceso educativo –padres de familia, estudiantes, profesores, directivos, gobernantes, investigadores, formadores de maestros, etc.-  remonten la desmoralización imperante y vuelvan a asumir el desafío de transformar a la sociedad desde la trinchera educativa.
            Para poder emprender este camino es necesario dejar atrás visiones simplificadoras y destructivas como:
-La visión ingenua tradicional que ignora la orientación e influencia social, política y cultural que tiene todo conocimiento.
-La visión de la adaptación acrítica al sistema vigente en la que se plantea abiertamente la relación educación y sociedad en términos funcionales: el sistema educativo es creado para servir al sistema social por lo cual tiene que enfocarse al mantenimiento del orden establecido.
-La visión determinista de la reproducción en la que se afirma que toda educación está irremediable y absolutamente determinada por las estructuras sociales y los grupos que detentan el poder por lo que es prácticamente imposible intentar cualquier cambio.
-La visión de la liberación utópica que surge como oposición a las visiones deterministas y a las de adaptación acrítica pero cae a menudo en las miradas en blanco y negro acerca de lo social y en las posturas radicales del “todo o nada” que conducen a la impotencia o la frustración.
            Frente a estas visiones simplificadoras que impiden una trans-formación educativa acorde con el cambio de época, resulta indispensable generar una visión compleja de la relación educación-sociedad que tendría que sustentarse en:
            1.-La aceptación de que el conocimiento está unido por todas partes a la estructura de la cultura y de la organización social y que por lo tanto es imposible pensar en una educación aislada o neutral frente al fenómeno social, cultural y político.
            2.-La comprensión profunda y convencida de que esta liga irrenunciable entre conocimiento y sociedad, genera no solamente que el conocimiento sea determinado y producido por las condiciones socio-políticas y culturales sino también determinante y productor de estas condiciones.
            3.-Una toma de postura firme al carácter reproductor-liberador o liberador-reproductor de la educación frente al fenómeno social y a la necesidad de que el sistema educativo sea un actor social dinámico y responsable.
            4.-Una actitud de compromiso complejo que reconozca que la educación tiene un papel conservador y un papel revolucionante de la cultura.
            5.-Una posición de vanguardia y retaguardia que asuma que el sistema educativo tiene que ir delante y detrás del proceso social, de manera que juegue un papel de reflexión sosegada de los fenómenos sociales y también de vanguardia creativa que visualiza nuevos horizontes sociales.
6.-Una conciencia operante acerca de la realidad de que el conocimiento es poder y da poder en esta época de la “sociedad de la información”, que conduzca a una activa orientación del sistema educativo hacia la democratización del conocimiento.
            Solamente así podremos retomar el camino para regenerar el círculo virtuoso que nos conduzca a educar para un mundo mejor.

*Publicado en el diario Síntesis, el 1 de octubre de 2007.

domingo, 9 de marzo de 2014

Educación de la compasión. Una paradójica aportación para la búsqueda de la felicidad.



            De la clásica frase de Terencio: “Soy humano y nada de lo humano me es ajeno”, el mundo de nuestros días parece haber transitado hacia una versión totalmente contraria. En efecto, apoyados en la idea del respeto a la libertad de cada individuo y de la “tolerancia” y el respeto que se deben tener hacia los demás, los seres humanos de esta época de crisis-cambio-globalización parecen más bien responder a la sentencia: “Soy humano, sufro bastante como para tener que preocuparme por el dolor ajeno”.
            Nos ha tocado un tiempo tan complicado, tan lleno de realidades injustas, indignas e indignantes, dolorosas e incomprensibles, que nuestra capacidad de asombro y nuestra sensibilidad hacia el sufrimiento humano parecen haberse diluído en una cómoda indiferencia disfrazada de respeto a la vida de los demás. Mientras a mí no me afecte lo que hace y le pasa al otro y mientras yo no afecte al otro con lo que hago o me pasa, la vida puede transcurrir con total “normalidad”.
            Pero esta manera de enfrentar la vida, de defendernos inconscientemente de la crueldad de la vida, tiene al menos dos problemas evidentes que tendrían que ser considerados. En primer lugar, que es imposible, viviendo en sociedad, que a mí no me afecte el comportamiento de los demás y que a los demás no les afecte mi propio modo de proceder. En segundo lugar, que este deseo de “no ser afectados” y de “no afectar” a los demás, se convierte en una coraza que nos aísla a todos de todos y va diluyendo las redes de cohesión y de solidaridad social.
            ¿Cómo respondemos hoy a las demandas de justicia de los más afectados por una organización social regional, nacional y mundial que es excluyente, egoísta y generadora de sufrimiento humano?
            Las respuestas parecen ir desde la simple evasión que adquiere formas de racionalización de nuestro egoísmo –“los pobres, los que sufren, tienen la culpa de lo que les pasa”- o de simple estetización cómoda de la propia vida –“esa realidad no existe, no tiene nada que ver conmigo, puesto que no soy una de las víctimas de la situación”- hasta lo que Lipovetsky[i] llama el “altruismo indoloro de masas” –“yo soy bueno y apoyo a los que sufren puesto que redondeo mi cuenta del súper y llamo para donar dinero al teletón”- mediante el cual creemos colaborar con los demás, pero en el fondo estamos simplemente curando nuestra propia conciencia y haciéndonos sentir bien a nosotros mismos.
            La educación informal –la de la casa, los medios de comunicación, los amigos, la calle- y la educación formal –la de la escuela y la universidad- refuerzan esta insensibilidad hacia el dolor ajeno y van formando generaciones de personas, de hombres y mujeres, profesionistas y ciudadanos, que crecen con una visión que busca siempre ver para sí mismos y que evitan al máximo comprometerse con la búsqueda común de bienestar, porque no se sienten verdaderamente parte de una comunidad.
            Pero como decía Ortega y Gasset: “si no salvo mi circunstancia, no me salvo yo” y la educación individualista y competitiva que estamos promoviendo, lleva en el fondo, no solamente a ahondar la injusticia social sino también a generar personas que no pueden alcanzar su propio proyecto de felicidad.
            En su libro “Aprender a vivir”, José Antonio Marina[ii] plantea la necesidad de educar en la compasión, de educar la compasión como parte de una educación que capacite a las nuevas generaciones para construir su proyecto de felicidad sobre bases sólidas. Puesto que aunque parezca paradójico –puesto que la lógica simple diría, como señala este autor que “si sufro no sólo por lo que me sucede a mí, sino también por lo que les sucede a los demás, mis probabilidades de felicidad disminuyen”- la educación de la compasión genera personas más felices, puesto que los capacita para sumarse a “una lucha mancomunada contra el dolor” y hace crecer en una dinámica positiva la relación dialógica entre lo íntimo y lo social, que son los dos ámbitos fundamentales e inseparables en los que se desarrolla toda educación y toda vida humana.
            Educar la compasión, educar la capacidad de “sentirse afectado por el dolor de los demás” es un desafío importante para todos los padres de familia y profesores en este “cambio de época”. Enfrentarlo con éxito implica asumir que la compasión no es simplemente un  sentimiento sino un “hábito operativo”, un talante o estilo de ser persona, lo cual significa el desarrollo de un horizonte afectivo e intelectual completamente distinto al que está desarrrollando actualmente nuestra educación orientada hacia el éxito individual, que se sustenta muchas veces en el fracaso social.

-Artículo publicado en Síntesis, 25/03/2007.

           


[i] Lipovetsky, G.  (1994). El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos. Barcelona: Anagrama
.

[ii] Marina, J. A. (2004). Aprender a vivir. Barcelona. Ed. Ariel.

domingo, 2 de marzo de 2014

AL BUEN ENTENDEDOR...MUCHAS MATERIAS.


 
            El problema de la interpretación como el de casi toda la educación es principalmente un problema de apertura intelectual: de apertura a la comprensión por encima y antes que toda conceptualización.
            En el capítulo 3 de Método en Teología de Lonergan, se señalan tres operaciones exegéticas básicas: comprender el texto, juzgar la exactitud de la propia comprensión del texto y establecer lo que uno juzga que es la comprensión correcta del texto. Por desgracia, estas tres operaciones se dan por hecho en nuestra práctica docente cotidiana, es decir, cada profesor parte del hecho que comprende el texto (tema, materia, alumno) y que su comprensión es correcta y que esa es la única comprensión correcta.
            Cuántas cosas cambiarían en la educación si simplemente los profesores pudiésemos tener la actitud de apertura intelectual suficiente como para ejercitarnos en estas tres operaciones respecto a los diversos “textos” que nos toca revisar en clase: el texto de la materia que nos toca comunicar, el texto de la profesión en la que se está formando el estudiante, el texto personificado que es la persona del estudiante y el grupo de estudiantes.
            Entender esos textos: no memorizar o “saber” la materia sino entenderla, no dar por hecho el contexto profesional sino comprenderlo dinámicamente en toda su complejidad, no asumir al alumno como rol abstracto sin rostro sino comprenderlo cabalmente de acuerdo a su historia y momento.
            Juzgar si nuestra propia comprensión es correcta en estas tres líneas o si está fundada en prejuicios, si ya fue rebasada por nuevos avances, si no tenemos los datros suficientes, si nuestra fuente de datos es confiable, etc. Atrevernos a cuestionar nuestras comprensiones que se vuelven certezas y hábitos sin previa crítica.
            A partir de esas dos operaciones, establecer lo que uno considera que es la comprensión correcta de la materia, de la profesión, del alumno y su mundo, para poder entonces intentar una comunicación significativa sustentada en la realidad y no en fantasmas, apariencias o aún prejuicios personales, grupales, sociales o históricos.
            Ejercitando estas comprensiones básicas podremos llegar a una cabal comprensión del contenido y de cómo transmitirlo o comunicarlo a los estudiantes.
            Entender el objeto significa entonces establecer la comprensión correcta de la materia que impartimos y llegar a entender que el estudiante va a aprender algo acerca de algo que aún no conoce y que tenemos entonces que saber la manera en que podemos partir de los objetos que ya conoce para conectarlos con este nuevo aprendizaje. Tanto el estudiante como el profesor son intérpretes del conocimiento de una materia : el estudiante hace una interpretación desde su marco de referencia personal de lo que va aprendiendo y el profesor, si quiere ser buen profesor y comunicar insights debe concentrarse en hacer su propia interpretación de la materia y no contentarse simplemente con “saberla” o “dominarla” en el sentido tradicional.
            Toda materia nos enfrenta a un mundo de objetos y de signos que debemos interpretar desde una perspectiva educativa: el conocimiento que se enseña no es el conocimiento científico como tal sino un conocimiento “didáctico” o educativo, transformado para ser aprendido.
            Esto pasa por entender las palabras –las de los libros de la materia, las del alumno concreto- pero tiene que llegar también a entender al autor –al autor del libro, al autor de las palabras-estudiante – porque el “proceso autocorrectivo del aprendizaje no es solamente el modo como adquirimos nuestro propio sentido común sino  también el modo como adquirimos una intelección del sentido común de los demás”. (op.cit. p. 155)
            El proceso de una interpretación correcta en el aprendizaje es un camino que nos lleva a entendernos a nosotros mismos a través de lo que aprendemos y a través del proceso por el cual lo aprendemos si estos procesos se desarrollan de manera genuinamente conciente.
            En estos procesos de interpretación en el aula es muy importante el papel que juegan las preguntas. Habría que comenzar por hacernos las preguntas necesarias y relevantes para poder ir accediendo a la comprensión del texto y continuar preguntando hasta que ya no haya más preguntas relevantes que hacerle al tema, al texto, al estudiante, es decir, hasta el momento en que podamos afirmar con certeza la interpretación correcta del texto o los textos en cuestión.
            Habría que luchar por recuperar el papel reflexivo y de intérprete del docente en el sistema educativo que a partir del nacimiento de los especialistas, de los diseñadores curriculares, de los planificadores de la enseñanza, se ha ido convirtiendo en un simple técnico operador de un plan de estudios previamente fijado y dosificado al que no hay nada que aportarle sino simplemente "transmitirlo"”
            El profesor es un intérprete, el camino de una planeación de curso debe partir de esta convicción y hacer que cada profesor de “su materia”, haga suyo el contenido a partir de comprenderlo, juzgarlo, afirmar la correcta interpretación y crear o recrear la manera significativa que ese contenido debe comunicarse a los estudiantes para que ellos también lo interpreten y lo apropien a partir de la propia comprensión, de la reflexión sobre la propia comprensión y del establecimiento de la comprensión correcta de esa materia en concreto en el contexto de su propia circunstancia y especialidad profesional.
            Al buen entendedor, muchas materias, porque podrá realmente recrear los contenidos y hacer una obra comunicativa auténtica de su clase. Al buen entendedor muchas materias porque será capaz de vivir la docencia como “comunicación de actos de entender” y no como transmisión de conceptos.

domingo, 23 de febrero de 2014

Educar (nos) o padecer (nos).

 
 
Publicado: Síntesis Puebla, 29 de febrero de 2012
 (http://textoscirculo.blogspot.mx/2012/03/educar-nos-o-padecer-nos.html)
     Se habla hoy de la "pérdida o carencia de valores" y de la "recuperación de los valores" en la educación. La pregunta obligada es: ¿Nos encontramos en una época o en una educación sin valores? ¿Puede haber una época sin valores? ¿Puede haber una educación sin valores?
      La respuesta es no. No es posible vivir una época sin valores o tener una educación sin valores. Lo que estamos viviendo es una época de cuestionamiento radical de los valores que habían sustentado la vida personal y social y de incertidumbre acerca de cuáles serán los valores de la nueva época que parece estar emergiendo lentamente.
     Mucho de lo que hoy se habla sobre educación en valores parece responder a un reclamo válido de la sociedad respecto a la necesidad de que la escuela vuelva a dar importancia a la formación ética de las nuevas generaciones.
     Sin embargo, parece predominar en el discurso sobre los valores en la educación la idea de rescatar los valores del pasado e inculcarlos a los estudiantes. Nada más alejado de lo que hoy se requiere.
     Desde mi punto de vista el hablar de "enseñanza de valores" o de "recuperación de los valores" es muy ambiguo y equívoco en el contexto educativo en que vivimos.
     Una educación que aborde al ámbito valoral desde la consideración de la pluralidad y la incertidumbre que son los rasgos que definen el mundo de hoy, tendría que enfocarse desde la educación de la libertad de los estudiantes.
     ¿Qué significa educar la libertad? Significa más que dar respuestas o recetas para la vida, promover mediante el autodescubrimiento o introspección de los estudiantes, la exploración de su estructura moral y la capacidad para plantearse preguntas para la deliberación, valorar y tomar decisiones responsables.
     Este es un reto fundamental de una educación para el siglo XXI: Cambiar de nombre la educación en valores y avocarse a la tarea de educar a las nuevas generaciones para no tener después que padecerlas y padecernos.

domingo, 16 de febrero de 2014

Impunidad y educación





“Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices”
Proverbio de una tribu india norteamericana

            Las marchas y declaraciones en contra de la violencia que hemos vivido en los últimos tiempos en México están mostrando el alto nivel de indignación ciudadana ante la escalada del crimen organizado. En la discusión sobre el tema han surgido propuestas en la línea de endurecer las penas –cadena perpetua e incluso pena de muerte- contra los secuestradores, narcotraficantes y personas que cometan otros delitos graves.
            Sin embargo en estas mismas discusiones se ha dejado claro que el hecho de que las penas sean más duras contra los delincuentes no va a resolver el problema de la violencia, porque lo que está haciendo que esta ola de terror vaya incrementándose es la impunidad.
            En efecto, la ola de violencia se incrementa cuando un delincuente encuentra que puede cometer cualquier tipo de ilícito sin que vaya a recibir la sanción correspondiente porque la autoridad es ineficiente en el mejor de los casos o corrupta y cómplice en el peor. Esto se vuelve un incentivo perverso que hace que el delito se multiplique.
            Mientras no se solucione la impunidad en nuestro país, el problema de la descomposición social manifiesta en el delito y la violencia seguirá siendo una realidad terrible, a la que desgraciadamente –esto es más terrible aún- nos estamos acostumbrando.
            Es evidente que este incremento de la violencia no es solamente causado por decisiones individuales –la existencia de personas sin escrúpulos que cometen  delitos- sino por todo un sistema que muestra estructuras policíacas y gubernamentales en descomposición y lo más grave de todo, por una distorsión progresiva de la cultura nacional que hace que veamos como natural esta corrupción e impunidad y que pensemos que no hay modo de cambiar las cosas.
            Esta descomposición de nuestra cultura ciudadana se muestra desde los detalles más simples de la vida cotidiana y va generando un deterioro progresivo de la situación social que transmitimos a las nuevas generaciones.
            ¿Cuántos de los que marchamos para decir ¡Ya basta de violencia e impunidad! somos los primeros que agredimos con el claxon, con insultos o aún con violencia física al conductor de un auto que se nos cerró? ¿Cuántos de los que gritamos que queremos que se aplique la ley somos los que nos estacionamos en los lugares reservados para las personas con discapacidad en el estacionamiento de un centro comercial? ¿Cuántos de nosotros transitamos impunemente en sentido contrario en la calle que sea, simplemente porque no queremos molestarnos en hacer las cosas correctamente? ¿Quiénes de los que estabamos marchando en las calles para pedir que se haga realidad el “estado de derecho” somos los que estacionamos nuestros autos en doble o triple fila al llevar o recoger a nuestros hijos en su escuela?
            La educación tiene mucho que ver con la impunidad. Si mostramos a nuestros hijos que estamos en contra de que se viole la ley pero somos nosotros los primeros que la violamos con cualquier pretexto, estaremos educando en y para la impunidad. Poco efecto tendrán nuestros discursos sobre los valores si ellos nos ven actuar diariamente en sentido contrario a los principios de convivencia que decimos profesar.
            Los que trabajamos en instituciones de educación formal hemos sido testigos seguramente de más de un caso en el que los padres de familia llegan indignados a defender a sus hijos ante una sanción que se les aplicó por romper con principios de convivencia, comportarse violentamente o con indisciplina o hacer trampa en un examen. ¿No estamos entonces defendiendo la impunidad y educando en la impunidad a nuestros hijos que se sentirán siempre protegidos actúen como actúen?
            ¿Cómo podemos los educadores hablar en contra de la impunidad si se muestran cotidianamente en los medios de comunicación a grupos de profesores cerrando calles, clausurando escuelas o incluso tomando casetas de cobro en autopistas o generando destrozos y violencia? ¿Cómo podemos desde el sistema educativo atacar la impunidad si son evidentes las manipulaciones, los excesos y la riqueza inexplicable de quienes dicen representar los intereses de los profesores y buscar una educación de calidad?
            Mientras los adultos de este país, padres de familia, autoridades educativas o sindicales y maestros no hagamos conciencia de que para acabar con la impunidad tenemos que empezar por educar con el ejemplo, la descomposición social seguirá en aumento.
            Porque en efecto: Lo que hacemos habla tan fuerte, que nuestros hijos y alumnos no pueden escuchar lo que decimos.

Publicado en E-Consulta el lunes 8 de septiembre de 2008.

Tres imágenes para el día del maestro.

*De mi columna Educación personalizante. Lado B. Mayo de 2012. 1.-Preparar el futuro, “Qué lindo era el futuro...